13 Junio 2004 Seguir en 
El general Justo José de Urquiza (1801-1870) está entre los hombres públicos argentinos más retratados de la época en que le tocó actuar. Pinturas, dibujos, grabados, piezas numismáticas, daguerrotipos y fotografías registraron incansablemente la imagen del vencedor de Caseros y primer presidente de la Confederación Argentina, tanto en atuendo militar como civil.
En Memorias de un viejo, Vicente Quesada describe al personaje, cuando lo conoció en Paraná, en sus tiempos de presidente (1854-60). "Era -narra- de estatura regular, fuerte y vigoroso de músculos. Tenía anchas las espaldas y levantado el pecho: su aspecto revelaba fuerza física, valor, audacia. Vestía entonces siempre de frac, unas veces azul con botones de metal amarillo, chaleco blanco y pantalón claro; otras, todo de negro. Calzaba botas de charol; el pie era pequeño como la mano. En su mirada penetrante había algo de fascinador, su cara era imponente. Cuando estaba en calma y sereno podía adivinarse que tenía un alma susceptible de fierezas y borrascas. Tenía poco pelo y cuidadosamente ocultaba la calvicie con el peinado. Era pulcro en su aspecto. Aparecía empero autoritario, no era muy afectuoso.
En ese tiempo tenía siempre en la mano un latiguillo muy delgado, con el cual jugueteaba sin cesar. Sus labios eran delgados, sobre todo el superior, que se contraía fácilmente y empalidecía. El movimiento nervioso de sus fosas nasales era síntoma de emoción moral profunda: el ojo se hacía entonces brillante y tenía los fulgores del relámpago".
La obra que comentamos, inédita hasta ahora, fue fruto de la laboriosa investigación de Eduardo de Urquiza (1893-1968), sobrino nieto del general. Contiene un total de 106 imágenes de diverso tipo ejecutadas en vida de Urquiza (retratos la gran mayoría, pero también composiciones en grupo), ordenadas cronológicamente, con una minuciosa descripción de los detalles de cada una: factura y soporte, fecha, autor, medidas, archivo donde se conserva, referencias bibliográficas y documentales, etcétera.
El tomo se abre con un rostro, dibujo o pintura de autor anónimo ejecutado en plena juventud del general, entre 1823 y 1826, y concluye con la mascarilla mortuoria que tomó el arquitecto Enrique Delor cuando se velaba el cadáver, el 12 de abril de 1870, un día después del asesinato. Como apéndice, se agrega una veintena de imágenes o documentos no compilados por el autor.
Se trata por cierto de un trabajo sumamente valioso, revelador de la dedicación que puso Eduardo de Urquiza para confeccionarlo, y para sustentar cada pieza con la máxima cantidad de referencias. Sus páginas pueden ser recorridas, tanto por los especialistas en estos temas como por los profanos, con idéntico interés. Apuntemos, como paréntesis para tucumanos, que personalidades de larga actuación en Tucumán -Guillermo y Augusto Daniel Aráoz- tomaron, en su época de estudiantes en Concepción del Uruguay, un par de fotografías de Urquiza sobre papel: una de frente, en vida, y otra, impresionante, de su cadáver con torso descubierto y la marca de la puñalada fatal que le asestó "Nico" Coronel. Ambas están reproducidas en el libro, y se indica como fuente la edición de LA GACETA del 18 de octubre de 1941, donde al parecer se publicaron por primera vez.
El libro, de formato apaisado y con un total de 156 páginas, tiene una excelente tapa y está impreso en buen papel. Lástima que no se haya cuidado, en todos los casos, el logro de una impecable reproducción de los originales, lo que sin duda constituye un fuerte reparo en un obra de este tipo.
También es de lamentar que no exista un índice, lo que obliga a recorrer todo el tomo cada vez que se busca una pieza. Pero, de todas maneras, no puede negarse la importancia que la publicación tiene. Es un señalado aporte para el conocimiento físico de Justo José de Urquiza y para pulsar el clima de su época, además de las vertientes de interés que abre para los estudiosos de las artes plásticas y de la vestimenta.
En Memorias de un viejo, Vicente Quesada describe al personaje, cuando lo conoció en Paraná, en sus tiempos de presidente (1854-60). "Era -narra- de estatura regular, fuerte y vigoroso de músculos. Tenía anchas las espaldas y levantado el pecho: su aspecto revelaba fuerza física, valor, audacia. Vestía entonces siempre de frac, unas veces azul con botones de metal amarillo, chaleco blanco y pantalón claro; otras, todo de negro. Calzaba botas de charol; el pie era pequeño como la mano. En su mirada penetrante había algo de fascinador, su cara era imponente. Cuando estaba en calma y sereno podía adivinarse que tenía un alma susceptible de fierezas y borrascas. Tenía poco pelo y cuidadosamente ocultaba la calvicie con el peinado. Era pulcro en su aspecto. Aparecía empero autoritario, no era muy afectuoso.
En ese tiempo tenía siempre en la mano un latiguillo muy delgado, con el cual jugueteaba sin cesar. Sus labios eran delgados, sobre todo el superior, que se contraía fácilmente y empalidecía. El movimiento nervioso de sus fosas nasales era síntoma de emoción moral profunda: el ojo se hacía entonces brillante y tenía los fulgores del relámpago".
La obra que comentamos, inédita hasta ahora, fue fruto de la laboriosa investigación de Eduardo de Urquiza (1893-1968), sobrino nieto del general. Contiene un total de 106 imágenes de diverso tipo ejecutadas en vida de Urquiza (retratos la gran mayoría, pero también composiciones en grupo), ordenadas cronológicamente, con una minuciosa descripción de los detalles de cada una: factura y soporte, fecha, autor, medidas, archivo donde se conserva, referencias bibliográficas y documentales, etcétera.
El tomo se abre con un rostro, dibujo o pintura de autor anónimo ejecutado en plena juventud del general, entre 1823 y 1826, y concluye con la mascarilla mortuoria que tomó el arquitecto Enrique Delor cuando se velaba el cadáver, el 12 de abril de 1870, un día después del asesinato. Como apéndice, se agrega una veintena de imágenes o documentos no compilados por el autor.
Se trata por cierto de un trabajo sumamente valioso, revelador de la dedicación que puso Eduardo de Urquiza para confeccionarlo, y para sustentar cada pieza con la máxima cantidad de referencias. Sus páginas pueden ser recorridas, tanto por los especialistas en estos temas como por los profanos, con idéntico interés. Apuntemos, como paréntesis para tucumanos, que personalidades de larga actuación en Tucumán -Guillermo y Augusto Daniel Aráoz- tomaron, en su época de estudiantes en Concepción del Uruguay, un par de fotografías de Urquiza sobre papel: una de frente, en vida, y otra, impresionante, de su cadáver con torso descubierto y la marca de la puñalada fatal que le asestó "Nico" Coronel. Ambas están reproducidas en el libro, y se indica como fuente la edición de LA GACETA del 18 de octubre de 1941, donde al parecer se publicaron por primera vez.
El libro, de formato apaisado y con un total de 156 páginas, tiene una excelente tapa y está impreso en buen papel. Lástima que no se haya cuidado, en todos los casos, el logro de una impecable reproducción de los originales, lo que sin duda constituye un fuerte reparo en un obra de este tipo.
También es de lamentar que no exista un índice, lo que obliga a recorrer todo el tomo cada vez que se busca una pieza. Pero, de todas maneras, no puede negarse la importancia que la publicación tiene. Es un señalado aporte para el conocimiento físico de Justo José de Urquiza y para pulsar el clima de su época, además de las vertientes de interés que abre para los estudiosos de las artes plásticas y de la vestimenta.






