13 Junio 2004 Seguir en 
No puede aludirse a la novela de Rabanal sin apelar a una evocación musical. Porque ese es en rigor el fuerte de la novela: su precisión estilística, su construcción sonora. Uno entra en una suerte de sopor melódico y se deja llevar por la música, se deja fluir en la armonía del texto. Fluye como un río calmo, sin estridencias, sin alardes, sin ingeniosos retruécanos, con la sobriedad de un clásico. Porque Rabanal es un estilista de los mejores. Ostenta un instrumento afinado, un diapasón propio, una prosa severa que no se detiene en ociosos arabescos.
Minuciosamente cincela cada párrafo. Y va labrando su cadencia hasta que la historia asume el persistente rumor de un eco.
Estamos, podría decirse, ante una novela escrita en pentagrama. Un drama lírico cuya resonancia impacta más por sonido que por sentido. He ahí el logro más notable: la tremenda potencia sonora del texto. Como si se hubiera propuesto trasladar los atributos del registro poético al ámbito de la novela y fundir su trama en una armoniosa composición sonora, Rabanal ensaya una melodía minimalista que se reitera, con tenues variaciones, casi monocromática, y que gira en torno de un único tema: la fugacidad del amor y el desamor. De esa inmaterial sustancia está hecha La mujer rusa.
Es cierto que por momentos casi no importa lo que narra; importa deleitarse con el tono, con el fluir de las maneras, con ese refinamiento estético en el decir, con esa especie de aristocracia natural en el uso del lenguaje: nunca el axioma directo, brusco. Nunca un gesto excesivo. Nunca una mueca de más. Las frases fluyen sin ampulosidad, sin teatralidad, sin falsos estertores. Priman la elegancia, la sugerencia, la insinuación. Rabanal es, en ese sentido, una suerte de baqueano de la nobleza.
Aunque hay, desde luego, una historia, en el sentido más convencional: la de un periodista apático, cansado y algo irónico que decide instalarse en la Ciudad Blanca (un balneario de ribetes aristocráticos que podría parangonarse al Punta del Este donde habita el autor), con la intención de hurgar en la vida de un antiguo cónsul inglés. Pero la aparición de una misteriosa mujer rusa y el fugaz amorío entre ambos impacta en el vacío de su vida gris y queda anquilosado en su memoria: esos 17 días de escarceo amoroso se vuelven inolvidables y persisten fatalmente en su ser.
Toda la novela adquiere entonces el tono de una evocación amorosa. Pero apuesta a la memoria como redención, a que esa fugacidad se vea redimida precisamente en el recuerdo. Y entonces esa evocación de la dicha pasada adquiere un doble sentido: es melancólica y triste como un adagio, pero a la vez pareciera regocijar para siempre la vida del personaje con los retazos que sigue irradiando una efímera felicidad.
El libro puede leerse también, valga el parangón, como un juego de muñecas rusas, una dentro de otra. Porque, si bien hay una mujer rusa con quien el protagonista se deleita, hay dentro de ella otras tantas mujeres que afloran de su interior y se ven desfloradas por un amorío fugaz. Aunque en rigor, no son mamushkas, son más bien damas de refinada estirpe. Y una de ellas es la historia de Ana Ajmatova y el joven Isaiah Berlin, una noche de 1945, en una San Petersburgo prácticamente destrozada por el asedio nazi. También ahí un amor fugaz, pero que perduraría para siempre en los versos de la poeta rusa. Y también un enroque de parejas, en tanto no puede eludirse la analogía entre el caballero británico Isaiah Berlin, educado en Oxford, y la flema británica, sobria, templada, del protagonista, que relata su fugaz amorío con la mujer rusa en Ciudad Blanca. Un sobriedad, dicho sea de paso, para nada puritana en tanto no le impide narrar, entre otras cosas, con suma elegancia, una serie de variadas felaciones; entre estas, una escena de sexo oral entre Stalin y su secretaria privada, quien sumisamente se entrega a la descarga seminal del tirano como si extrajera en ese acto el estigma brutal de la Rusia blanca.
Hay, como se dijo, otras mujeres rusas (adictas paradójicamente al beso francés) que, aunque ficcionadas, operan del mismo modo: todas llegan de distintos naufragios y se sumergen en un instante pasajero de amor expuesto a los desafíos de la memoria. Ese es, al fin y al cabo, todo el tema de la novela. Porque al margen del variado entramado argumental -que el narrador enlaza además con los avatares de una Ciudad Blanca poblada por una clase alta en decadencia que vive de los restos de antiguas fortunas (quizás análoga a la San Petersburgo banal y decadente que muestra el film El arca rusa)- el arpegio que vibra en todo el texto de Rabanal es el la muerte del amor que busca su resurrección en el recuerdo. Y de ahí la referencia ineludible al alma rusa: un pueblo signado por la nostalgia. Y de ahí, sobre todo, la no gratuidad de su voluntad musical: la del réquiem, acaso, como una forma de redención. c) LA GACETA
Minuciosamente cincela cada párrafo. Y va labrando su cadencia hasta que la historia asume el persistente rumor de un eco.
Estamos, podría decirse, ante una novela escrita en pentagrama. Un drama lírico cuya resonancia impacta más por sonido que por sentido. He ahí el logro más notable: la tremenda potencia sonora del texto. Como si se hubiera propuesto trasladar los atributos del registro poético al ámbito de la novela y fundir su trama en una armoniosa composición sonora, Rabanal ensaya una melodía minimalista que se reitera, con tenues variaciones, casi monocromática, y que gira en torno de un único tema: la fugacidad del amor y el desamor. De esa inmaterial sustancia está hecha La mujer rusa.
Es cierto que por momentos casi no importa lo que narra; importa deleitarse con el tono, con el fluir de las maneras, con ese refinamiento estético en el decir, con esa especie de aristocracia natural en el uso del lenguaje: nunca el axioma directo, brusco. Nunca un gesto excesivo. Nunca una mueca de más. Las frases fluyen sin ampulosidad, sin teatralidad, sin falsos estertores. Priman la elegancia, la sugerencia, la insinuación. Rabanal es, en ese sentido, una suerte de baqueano de la nobleza.
Aunque hay, desde luego, una historia, en el sentido más convencional: la de un periodista apático, cansado y algo irónico que decide instalarse en la Ciudad Blanca (un balneario de ribetes aristocráticos que podría parangonarse al Punta del Este donde habita el autor), con la intención de hurgar en la vida de un antiguo cónsul inglés. Pero la aparición de una misteriosa mujer rusa y el fugaz amorío entre ambos impacta en el vacío de su vida gris y queda anquilosado en su memoria: esos 17 días de escarceo amoroso se vuelven inolvidables y persisten fatalmente en su ser.
Toda la novela adquiere entonces el tono de una evocación amorosa. Pero apuesta a la memoria como redención, a que esa fugacidad se vea redimida precisamente en el recuerdo. Y entonces esa evocación de la dicha pasada adquiere un doble sentido: es melancólica y triste como un adagio, pero a la vez pareciera regocijar para siempre la vida del personaje con los retazos que sigue irradiando una efímera felicidad.
El libro puede leerse también, valga el parangón, como un juego de muñecas rusas, una dentro de otra. Porque, si bien hay una mujer rusa con quien el protagonista se deleita, hay dentro de ella otras tantas mujeres que afloran de su interior y se ven desfloradas por un amorío fugaz. Aunque en rigor, no son mamushkas, son más bien damas de refinada estirpe. Y una de ellas es la historia de Ana Ajmatova y el joven Isaiah Berlin, una noche de 1945, en una San Petersburgo prácticamente destrozada por el asedio nazi. También ahí un amor fugaz, pero que perduraría para siempre en los versos de la poeta rusa. Y también un enroque de parejas, en tanto no puede eludirse la analogía entre el caballero británico Isaiah Berlin, educado en Oxford, y la flema británica, sobria, templada, del protagonista, que relata su fugaz amorío con la mujer rusa en Ciudad Blanca. Un sobriedad, dicho sea de paso, para nada puritana en tanto no le impide narrar, entre otras cosas, con suma elegancia, una serie de variadas felaciones; entre estas, una escena de sexo oral entre Stalin y su secretaria privada, quien sumisamente se entrega a la descarga seminal del tirano como si extrajera en ese acto el estigma brutal de la Rusia blanca.
Hay, como se dijo, otras mujeres rusas (adictas paradójicamente al beso francés) que, aunque ficcionadas, operan del mismo modo: todas llegan de distintos naufragios y se sumergen en un instante pasajero de amor expuesto a los desafíos de la memoria. Ese es, al fin y al cabo, todo el tema de la novela. Porque al margen del variado entramado argumental -que el narrador enlaza además con los avatares de una Ciudad Blanca poblada por una clase alta en decadencia que vive de los restos de antiguas fortunas (quizás análoga a la San Petersburgo banal y decadente que muestra el film El arca rusa)- el arpegio que vibra en todo el texto de Rabanal es el la muerte del amor que busca su resurrección en el recuerdo. Y de ahí la referencia ineludible al alma rusa: un pueblo signado por la nostalgia. Y de ahí, sobre todo, la no gratuidad de su voluntad musical: la del réquiem, acaso, como una forma de redención. c) LA GACETA






