El Señor de los Anillos, marihuana , incienso y teología

Para LA GACETA TUCUMAN

25 Abril 2004
Una obra clásica y disputada
No podíamos haber conocido a dos personas más distintas entre sí. Una era un áspero anarquista español que la vida había arrojado por estos confines sudamericanos. La otra un viejo patriarca de criollo y orgulloso abolengo. Nada hubiera podido semejarlos sino la empecinada afición que tenían ambos por El Quijote, de Miguel de Cervantes, hasta el punto de convivir con el mundo de aquella novela que les empapaba todo el decir, sentenciar y reír cotidianos. En efecto, hay obras literarias capaces de fascinar, por un mágico misterio, a lectores con las personalidades y mentalidades más diversas y aun opuestas por lo que, pensamos, semejante fenómeno es el indicio seguro de encontrarnos ante un clásico.
Cosa semejante nos ha vuelto a ocurrir con la obra sobre la cual queremos ocuparnos aquí. Hemos llegado a ver alguna vez un ajado ejemplar de El Señor de los Anillos, de JRR. Tolkien, a orillas del lago navegable más alto del planeta, el Titicaca, en la mochila de un hippie supérstite peregrinando a las fuentes de la América precolombina, mientras que otros ejemplares mejor cuidados y menos hojeados se nos aparecían decorando la escenografía bibliotecaria de algunos serios tradicionalistas. Esta verdadera y hasta para algunos chocantes universalidad contemporánea del libro en cuestión es la que nos convence, a casi medio siglo de su primera edición inglesa, de que se ha convertido definitivamente en una obra clásica.
Pero, sin embargo, el mismo fastidio que algunos sienten cuando deben compartir espacios comunes con grupos heterogéneos es el que parece incomodar a muchos de sus lectores. Varias parcialidades, por mirar sólo a sus propios árboles, se han encontrado impedidas de ver el bosque y aceptar, en consecuencia, que cualquier libro eterno no quiere ser de nadie porque se pertenece a la humanidad toda, en toda su posible variedad. En estas últimas décadas, en efecto, la obra de Tolkien ha sido disputada como trofeo excluyente de las mentalidades más variopintas y se la ha calificado con intención favorable o desfavorable de neopagana, neognóstica, adscripta con un acre olor de marihuana a los movimientos hippies o aromándose de incienso en las divagaciones de la New Age (1) como también considerada criptofascista, o reaccionaria, o católica.

Entre sombras anticipatorias
En internet las referencias al libro en cuestión abarcan, sólo en inglés y en castellano, unos cientos de miles de páginas. De los muchísimos estudios en torno de la obra nos interesa detenernos particularmente en uno de los realizados aquí en nuestro país, por las sugerentes consecuencias que nos parece suscitar y que nos sirven para salir de la confusión de esas polémicas. Se trata de una tesis doctoral debida a Jorge N. Ferro, buen conocedor de la literatura católica inglesa (G.K. Chesterton, C. S. Lewis, etcétera), posteriormente reelaborada para un libro de divulgación (2).
Previamente aclaremos que el hecho de escudriñar y tal vez desentrañar el propósito y el sentido resultantes de una obra como El Señor de los Anillos no invalida ni tampoco es condición necesaria para su disfrute directo, simple y llano. Es solamente tras ese limpio gozo en la obra de arte que la inteligencia quiere reflexionar sobre ella, y lo hace para analizar otros aspectos distintos al del puro deleite estético, por lo que si alguien se basta con ello bien puede interrumpir aquí la lectura de estas líneas pues no habrá de perderse nada atinente al libro en sí mismo.
Pero vayamos nosotros a exponer brevemente y en líneas gruesas el estudio de Ferro, para intentar nuestras propias conclusiones. Hay que partir del hecho inequívoco de que JRR. Tolkien era un hombre de convicciones tan decididamente católicas como su propia vida, en perfecta coherencia con su fe. Y a la vez, advertir que esa correspondencia también se hacía efectiva en su misma tarea literaria, con la indudable seguridad que lo llevaría a manifestar en alguna ocasión que El Señor de los Anillos era "fundamentalmente una obra religiosa y católica". Pero sería de preguntarse dónde está la supuesta religiosidad de esta creación que parece no tener siquiera alusiones al respecto y donde la presencia de la divinidad está tan ausente como cualquier rastro aun indirecto sobre su posible existencia. Para comprenderlo tendremos que dar un obligado pero muy necesario rodeo, cuya complejidad allanamos en atención al lector no especializado.
Jorge N. Ferro recurre a los estudiosos de las interpretaciones bíblicas (Henri de Lubac, Jean Daniélou) encontrando en las exégesis patrísticas y medioevales y sus fundamentos neotestamentarios, una feliz clave para El Señor de los Anillos. Según esa idea elaborada por la más pura Teología, la Biblia recoge en sus narraciones las gestas de Dios para la salvación de los hombres, que se cumple efectiva y definitiva con el advenimiento de Jesús, quien, sólo latente en el Viejo Testamento, se hace por fin patente en el Nuevo. Así todo el Antiguo Testamento estaría preñado con anticipaciones de la redención cristiana, las que -al decir repetido del apóstol Pablo- no serían sino sombras de esa realidad futura. Un ejemplo para aclararlo: Dios salva a la humanidad en Noé de las aguas del diluvio como lo hará luego con su Pueblo al cruzar el mar en la huida de Egipto, pero estas eran sombras de la realidad de Jesús que al surgir victorioso tras su inmersión en la muerte trae la Vida para todos los que sacramentalmente pasen por las aguas del Bautismo. Notemos que las prefiguraciones no sólo acontecieron en el Pueblo elegido y a partir de Abraham, sino en los oscuros tiempos anteriores del mundo pagano, los que bíblicamente van desde Noé hasta Abraham. Pero todavía fuera de las Escrituras y en la literatura misma de ese ámbito pagano, los Padres de la Iglesia, recordando por ejemplo a Ulises atado al mástil de su embarcación para no ceder al canto tentador y fatal de las sirenas, decían ver allí una sombra anticipatoria del Cristo crucificado; una imagen de la que llegó a encantarse y apropiarse nuestro Leopoldo Marechal mismo.

En los tiempos de la Tierra Media
Y es en esa dimensión pagana, ya bíblica o literaria, donde Tolkien viene a situar los acontecimientos de la Tierra Media y la Tercera Edad. De este modo el cristianismo católico del autor elaboró un clima de evasivas sugerencias en multitud de sombras cambiantes que anticipan en esperanza la realidad cristiana sin nunca entregarla, pues cualquier explicitación hubiera sido un crimen literario. No hay entonces en el libro significaciones alegóricas de ajustadas correspondencias y equivalencias, como lo aclaró rotundamente el mismo Tolkien, quien no buscaba crear una obra de propaganda católica ni caer en didactismos evangelizadores. El relato, al contrario, tiene la fuerza y la rica ambigüedad de los mitos y a ellos se remite. Jorge N. Ferro alcanza a ver en Frodo una imagen del Redentor sufriente; en Aragorn, del rey Mesías triunfante; o en Gandalf, la función sacerdotal del Cristo puente entre cielo y tierra; pero nos parece que proferirlo ya es en cierto modo desencantar el relato.
Pensamos que el secreto mayúsculo de El Señor de los Anillos reside en ese intento de Tolkien por recomenzar desde los mitos una narración sobre la búsqueda amorosa de Dios por los hombres en aproximaciones sucesivas, dado el estado de los tiempos actuales, cuando el lenguaje cristiano explícito pareciera vaciado de contenido y de vida, apenas una superstición para vender en el mercado televisivo. Como en aquellos tiempos de la Tercera Edad, Dios es hoy un ausente innominado. Por eso es muy posible que la atracción por la obra que nos ocupa, más allá de modas y entusiasmos pandémicos o gigantescas promociones comerciales para su última versión cinematográfica, consista en que la mayoría de sus lectores ya nacidos en un horizonte no cristiano se sienten provocados por la intuición, todo lo remota que se quiera, de una Promesa que les llega oscura pero no menos ciertamente, pese a sus mutilaciones o deformidades culturales. Esto es lo que los arrebata entusiasmados con dicha historia recogiendo semillas que de seguro han de germinar fecundas para el espíritu.La imagen de aquel hippie releyendo ritualmente su grueso ejemplar de El Señor de los Anillos en los techos del mundo sudamericano, nos hace pensar que tal vez no estamos tan descaminados. (c) LA GACETA

NOTAS1) Agradecemos a Alfredo L. Simón, quien tuvo la gentileza de compartir con nosotros una trabajosa selección de todo el material al respecto.
2) Leyendo a Tolkien, Vórtice-Gladius, Buenos Aires, 1996.

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