Disidencias con la crítica de Federico Abel

Por Carlos Gazzera

25 Abril 2004
"Sin espejismos. Versiones, rumores y controversias de la historia argentina", de Ema Cibotti, es un libro verdaderamente provocador. Produce sorpresa, promueve la polémica, interpela al lector, incomoda. Lo que ocurre es que Ema Cibotti sabe dónde tocar para que el imaginario de los argentinos se conmueva. Sabe que hay "versiones" de la historia nacional que se han convertido en mitos que hay que desmitificar. Sabe que hay "rumores" sobre algunos de los protagonistas de nuestra historia que tienen tintes oscuros y que fueron forjados malintencionadamente. Sabe, en definitiva, que la historia argentina, tanto sea la configurada en el panteón "liberal" como la pintada en el mausoleo "revisionista", está plagada de "controversias" que no hacen sino ocultar y obturar el verdadero significado de la historia.
El recorrido de la autora en este libro abarca toda la historia argentina, desde las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 hasta la llegada del presidente Kirchner al poder el año pasado, tras la crisis institucional de diciembre de 2001. Dividida en seis grandes períodos ("La Revolución y su crepúsculo", "Odios patrios: Unitarios y Federales", "Una Nación para hombres de buena voluntad", "Las promesas del poder", "A la vuelta del siglo XX" y "La Argentina en vértigo") que contienen 42 capítulos, esta contra-historia es verdaderamente un antídoto contra los malos entendidos, los lugares comunes y los personajes fácilmente queridos o fácilmente detestados de nuestra historia nacional.
Ahora bien, hay que tener en claro que a este libro de Ema Cibotti no se le puede pedir el rigor de un manual documental de la historia. Su mayor logro es tomar una serie de versiones que de algún modo están en circulación a la hora de pensar los lados más "opacos" de los personajes que integran nuestro panteón histórico. Todo ello, empero, no autoriza a que sea leído como una compilación de chismes. En ningún momento la autora deja de apelar a las fuentes que nutren sus palabras. Si bien los capítulos son breves y están escritos con una prosa amena y ligera, hay en cada uno de esos microrrelatos un uso profuso de las citas, y el lector puede ir a ellas a profundizar alguna de las páginas puestas en cuestión. En esas citas, en la bibliografía que trabaja, se puede pulsar la erudición de una autora que está preocupada en difundir una versión de la historia que nos permita reconstruir nuestro pasado a partir de una mayor transparencia.Hasta aquí queda claro que nuestra lectura de este libro de Ema Cibotti no es coincidente con la que sostuvo en estas páginas Federico Abel el pasado domingo 11 de abril. No se trata de una disidencia radical ni de posturas irreductibles. De algún modo, "creemos", compartimos el interés por este tipo de libros, por este tipo de modos de divulgación. Lo que ocurre es que en este tipo de libros resulta fácil descentrarse del pacto de lectura que impone el texto. En estos casos, la exégesis se vuelve un problema clave en la resolución del sentido. Problema, como diría Paul Ricoeur, que exige pensar que el "doble sentido" es básicamente el nudo de todos los conflictos de la interpretación: "las diferencias de técnica remiten a diferencias de proyecto que conciernen a la función de la interpretación" (Cf. P. Ricoeur El conflicto de las interpretaciones. Ensayos de hermenéutica, pág. 63). Y aquí el punto es que, al parecer, Federico Abel le pide al libro algo que en sí mismo el texto no puede dar, ya que su objetivo está montado en una escala micro desde donde se pretende hurgar en lo intersticial. El ejercicio de Cibotti es despejar de obstáculos el campo de visión que empañan la nitidez de ciertos relatos. Esos relatos que se confrontan y tensionan en el seno de los imaginarios sociales y en los cuales el historiador interviene con todo su poder. Por eso, cuando Cibotti nos explica de qué modo se construyó el mito del afeminamiento de Belgrano, no sólo nos está relatando un mecanismo que devela la historia de ese particular sino que nos sugiere un modo de cómo ese mito fue registrado y constituye una forma de hacer política. Por cierto, un modo que por muy federal que haya sido en el siglo XIX bien se conservó en el siglo XX en manos de otras fuerzas y agrupaciones políticas que también la utilizaron para hacer política. Lo mismo cuando nos recuerda el caso del texto de María Elena Walsh y de cómo la doxa se ha olvidado de leer allí un remoto antecedente de la teoría de los dos demonios plasmada por Ernesto Sábato. En fin. Cambios de escala que conllevan al centro conflictual de toda interpretación.

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