25 Abril 2004 Seguir en 

Como dijo Maurice Barrés en "El viaje en Esparta", "Grecia es un árbol muerto, después de haber producido algunos espíritus a los que les debemos los principios de nuestra civilización". En efecto, desde hace muchos siglos ni siquiera figura entre los principales países de Europa. Hoy es otra raza de hombres la que habita en su territorio. Ya se ha perdido el perfil griego, de frente y nariz en una misma línea recta, que caracterizó a aquellos hombres que realizaron el milagro griego. Y digo milagro porque tanto la civilización egipcia como las grandes civilizaciones del Cercano y del Lejano Oriente desarrollaron gobiernos omnímodos en los que sus habitantes eran prácticamente esclavos del monarca, de modo que estas culturas expresaron una concepción metafísica totalmente extraña a nosotros, los occidentales, la que se muestra en la sombría majestad de las pirámides de Egipto y de las tumbas reales, y otros grandes monumentos orientales. Esos hombres, adoradores de sus monarcas-dioses y carentes de libertad, no hicieron ningún aporte de gran peso a nuestra cultura. La Cultura Occidental, por el contrario, aparece en los comienzos de la historia griega como fruto de la libertad individual y como una nueva visión valorizadora del hombre muy próxima a la idea difundida más tarde por el Cristianismo sobre el valor trascendente del alma humana, creada a imagen y semejanza de Dios y de carácter inmortal. Todo el sustrato filosófico que vertebra nuestra cultura es hijo de la libertad de pensamiento cuya cuna es, indudablemente, Grecia.
La grandeza y el eclipse de la Grecia Clásica me han llevado a expresar las consideraciones que vienen a continuación sobre nuestra querida Argentina: sobre sus altos niveles de progreso a principios del siglo pasado, y sobre su proceso de desculturización y decadencia que comenzó a mediados de ese siglo.
A principios del siglo XX muchos argentinos creían que estábamos predestinados a progresar permanentemente; que por la sola inercia de nuestra Historia estábamos inevitablemente impulsados a marchar hacia adelante. Partiendo de la anarquía del caudillismo, en pocas décadas nos habíamos convertido en uno de los pueblos más avanzados y promisorios de la Tierra, y creímos que ese era nuestro destino. No habíamos aprendido todavía que el destino de los pueblos es el que cada uno es capaz de forjarse tesoneramente, y que no existen predestinados. El eclipse milenario de la Grecia de Pericles nada nos había enseñado.La Argentina progresista estuvo conducida por elites lúcidas que la proyectaron hacia arriba, pero también existen las conducciones bastardas. En la década de 1940 nuestro pueblo optó por un nuevo liderazgo, y como las mayorías también se equivocan, la Argentina entró en un cono de sombra del que todavía no hemos logrado salir. Hubo hombres que, aunque sin mayor éxito, hicieron esfuerzos meritorios por lograrlo. También hubo salidas virtuales; salidas en las que creímos sin duda alguna y que los hechos se encargaron de desmoronar o desmentir.
Todo empezó con la destrucción premeditada de nuestra educación y de nuestra cultura. Eran los tiempos de "alpargatas sí, libros no". Desechamos la tradición sarmientina y, so pretexto de la justicia social, nos hemos convertido en un país con alarmantes niveles de desocupación y pobreza; en un país que, habiendo sido granero del mundo y siendo un fuerte exportador de alimentos, hoy tiene vastos sectores de su población subalimentados.
Hemos destruido nuestra educación pública primaria y secundaria, de lo que da cuenta la bochornosa proporción de aplazos en los exámenes de ingreso a las universidades. Hemos destruido las universidades estatales a punto tal que sus egresados difícilmente encuentran trabajo, excepto en la burocracia de la administración pública. Los muy buenos niveles académicos hay que buscarlos hoy en algunas pocas universidades privadas que trabajan con gran calidad de enseñanza y mucha exigencia a los alumnos. Esta enseñanza pública catastrófica genera legiones de profesionales fracasados y, por ende, resentidos.
El resentimiento ha fracturado a nuestra sociedad y la ha tornado violenta; una sociedad de piqueteros analfabetos y agresivos. Una sociedad que en estas condiciones no tiene otro futuro que vivir marginada del mundo civilizado y no poder progresar, porque en semejante medio se hace muy difícil invertir para mejorar.
Es así que la democracia se convirtió en clientelismo político, y la seguridad jurídica es un ausente con presunción de fallecimiento.Nuestra cultura ha dejado de ser grecorromana para convertirse en una subcultura latinoamericana. Eramos europeos, y hoy somos comunes y vulgares "sudacas".
Si es que pretendemos curarnos de nuestra larga y profunda dolencia es menester que empecemos por reconocer que estamos gravemente enfermos, porque negarlo es la mejor manera de no curarnos nunca.
Además, necesitamos un buen médico y no un curandero de los que tanto abundan.
Estamos en un doloroso Purgatorio y los diferentes gobiernos nos prometen el Paraíso. Creemos, pero luego viene el desencanto porque eligen caminos equivocados; priorizan la ideología en desmedro de las soluciones razonables y posibles. Continuamos hundiéndonos con la bandera de la ideología al tope, por no reconocer que no existe otro camino viable que el que nos señala la mezquina realidad.Nuestro presidente, el doctor Néstor Kirchner, también nos anuncia la Tierra Prometida, pero nos advierte que el camino es difícil y penoso. En esto tiene razón. Obremos y recemos para que Dios lo ilumine y lo ayude en esta ímproba misión. (c) LA GACETA
La grandeza y el eclipse de la Grecia Clásica me han llevado a expresar las consideraciones que vienen a continuación sobre nuestra querida Argentina: sobre sus altos niveles de progreso a principios del siglo pasado, y sobre su proceso de desculturización y decadencia que comenzó a mediados de ese siglo.
A principios del siglo XX muchos argentinos creían que estábamos predestinados a progresar permanentemente; que por la sola inercia de nuestra Historia estábamos inevitablemente impulsados a marchar hacia adelante. Partiendo de la anarquía del caudillismo, en pocas décadas nos habíamos convertido en uno de los pueblos más avanzados y promisorios de la Tierra, y creímos que ese era nuestro destino. No habíamos aprendido todavía que el destino de los pueblos es el que cada uno es capaz de forjarse tesoneramente, y que no existen predestinados. El eclipse milenario de la Grecia de Pericles nada nos había enseñado.La Argentina progresista estuvo conducida por elites lúcidas que la proyectaron hacia arriba, pero también existen las conducciones bastardas. En la década de 1940 nuestro pueblo optó por un nuevo liderazgo, y como las mayorías también se equivocan, la Argentina entró en un cono de sombra del que todavía no hemos logrado salir. Hubo hombres que, aunque sin mayor éxito, hicieron esfuerzos meritorios por lograrlo. También hubo salidas virtuales; salidas en las que creímos sin duda alguna y que los hechos se encargaron de desmoronar o desmentir.
Todo empezó con la destrucción premeditada de nuestra educación y de nuestra cultura. Eran los tiempos de "alpargatas sí, libros no". Desechamos la tradición sarmientina y, so pretexto de la justicia social, nos hemos convertido en un país con alarmantes niveles de desocupación y pobreza; en un país que, habiendo sido granero del mundo y siendo un fuerte exportador de alimentos, hoy tiene vastos sectores de su población subalimentados.
Hemos destruido nuestra educación pública primaria y secundaria, de lo que da cuenta la bochornosa proporción de aplazos en los exámenes de ingreso a las universidades. Hemos destruido las universidades estatales a punto tal que sus egresados difícilmente encuentran trabajo, excepto en la burocracia de la administración pública. Los muy buenos niveles académicos hay que buscarlos hoy en algunas pocas universidades privadas que trabajan con gran calidad de enseñanza y mucha exigencia a los alumnos. Esta enseñanza pública catastrófica genera legiones de profesionales fracasados y, por ende, resentidos.
El resentimiento ha fracturado a nuestra sociedad y la ha tornado violenta; una sociedad de piqueteros analfabetos y agresivos. Una sociedad que en estas condiciones no tiene otro futuro que vivir marginada del mundo civilizado y no poder progresar, porque en semejante medio se hace muy difícil invertir para mejorar.
Es así que la democracia se convirtió en clientelismo político, y la seguridad jurídica es un ausente con presunción de fallecimiento.Nuestra cultura ha dejado de ser grecorromana para convertirse en una subcultura latinoamericana. Eramos europeos, y hoy somos comunes y vulgares "sudacas".
Si es que pretendemos curarnos de nuestra larga y profunda dolencia es menester que empecemos por reconocer que estamos gravemente enfermos, porque negarlo es la mejor manera de no curarnos nunca.
Además, necesitamos un buen médico y no un curandero de los que tanto abundan.
Estamos en un doloroso Purgatorio y los diferentes gobiernos nos prometen el Paraíso. Creemos, pero luego viene el desencanto porque eligen caminos equivocados; priorizan la ideología en desmedro de las soluciones razonables y posibles. Continuamos hundiéndonos con la bandera de la ideología al tope, por no reconocer que no existe otro camino viable que el que nos señala la mezquina realidad.Nuestro presidente, el doctor Néstor Kirchner, también nos anuncia la Tierra Prometida, pero nos advierte que el camino es difícil y penoso. En esto tiene razón. Obremos y recemos para que Dios lo ilumine y lo ayude en esta ímproba misión. (c) LA GACETA






