25 Abril 2004 Seguir en 

El teorema de Pitágoras y un banco de plaza municipal son accesibles a cualquiera, pero mientras el primero lo es mediante un acto de cierta intensidad, el segundo puede ser ocupado distraídamente. Poseer el teorema de Pitágoras exige ejecutar determinadas operaciones que no se cumplen de suyo -a diferencia, digamos, de la de respirar-, sino mediante un esfuerzo cuyo resultado puede lograrse en algunos casos de buenas a primeras, pero que en otros es capaz de requerir más de un intento. Aunque los catetos y la hipotenusa de un triángulo rectángulo estén, como se dice, dados -y sean por eso "datos"-, la relación que los vincula nunca está dada: hay que producirla en la inteligencia. De otra manera no se puede comprender el antiguo teorema.Por lo contrario, un banco de plaza municipal está enteramente dado: poseerlo se reduce a sentarse en él. Lo único que puede obstar a ese propósito es que el banco se halle ocupado por otras personas, en cuyo caso cabe buscar uno que no lo esté, o esperar hasta que alguno de los ocupantes se retire.Nótese que, por su parte, el teorema de Pitágoras puede ser pensado por una persona determinada sin que importe cuántas otras se hallen pensándolo en el momento del caso. Quienes lo poseen, entonces, y a diferencia de lo que ocurre con el banco, no lo ocupan.
Tanto el teorema cuanto el banco son, entonces, respecto de su accesibilidad, entidades generales; están libradas a cualquiera, salvo que aposentarse en la primera significa un trabajo mientras que posarse en la segunda no lo significa, y hasta puede significar precisamente lo contrario, es decir, un descanso. A esa disparidad debe sumarse esta otra: que la apropiación de la primera no es excluyente, en tanto que la de la segunda sí lo es.
La una y la otra representan modos del ser general en lo que concierne a su accesibilidad. Llamaré universal a lo que posee una generalidad como la del teorema de Pitágoras; llamaré público a lo que posee una generalidad como la de un banco de plaza municipal.
El esplendor de la Vía Láctea, el sabor de un durazno en su sazón, la sonora arquitectura de cristales que ascienden en una fuga de Bach, el gozo en que se baña la comunión de los cuerpos, la pena que conlleva la muerte de quien se ama, pero también el padecimiento elemental causado por un mero dolor de muelas, son todos hechos universales. Las noticias que comunican los periódicos, los palcos que rodean la sala de sesiones de la Cámara de Diputados, un ómnibus perteneciente al sistema de transporte colectivo de pasajeros, un orinal dispuesto para uso común en un sitio muy concurrido, son todos hechos públicos.
Ahora bien, una de las mayores dificultades que contrarían la buena inteligencia de los asuntos humanos resulta de la confusión de lo universal con lo público.
En efecto, un esfuerzo de siglos destinado a cancelar diferencias injustas estableció que todos los hombres son iguales. Hoy la igualdad de los hombres es un postulado, pero cuando se luchaba por instituirlo hubo de argüirse en su favor. Y el principal argumento que con ese propósito se adujo fue el de que la entidad humana existe referida por naturaleza a realidades universales, las que constituyen, así, un dominio común, en el seno del cual todas las diferencias -debidas por cierto no a la naturaleza sino a contingencias particulares- se extinguen. Ni el color de la piel, ni el idioma que a cada cual le ha tocado en suerte, ni la religión en que ha sido educado, ni su estado patrimonial impiden a nadie comprender el teorema de Pitágoras, ni lo fuerzan a comprenderlo en un sentido diferente del que posee para todos los que lo comprenden. Lo mismo vale para las demás verdades matemáticas, como para las leyes físicas, las buenas acciones y los espectáculos bellos: materias cuya textura -por decir así- es la misma de que está informada la razón del hombre, conformidad que obra entonces -a modo de una conexión directa- de garantía sobre el carácter universal de la Verdad, el Bien y la Belleza, a la vez que explica la esencial igualdad de las personas.
La disposición de los negocios humanos que resulta de haberse establecido la igualdad de las personas conlleva que sus diferencias -ciertamente harto numerosas- sean relegadas al dominio de lo privado. Pero lo general, en cuanto se opone a lo privado, no es ya lo universal sino lo público. Lo público es lo que resta de lo general después de la retirada puertas adentro de lo privado. Así, la calle es vía pública mientras el hogar es ámbito privado; el gobierno del cuerpo colectivo es cosa pública, mientras que la conducta del cuerpo individual es cosa privada.
Nótese que, aunque opuestos, lo público y lo privado son homogéneos y se hallan a la misma altura; por eso variaciones circunstanciales pueden alterar la posición del hito que los separa. Un déspota puede apropiarse de la cosa pública y conducirla como asunto privado; un filántropo, al contrario, puede ceder un fundo privado para uso público. La oposición de lo público y lo privado es, en fin, complementaria; donde empieza lo uno termina lo otro.Lo universal, en cambio, no se opone a lo privado, o, si se le opone, lo hace de muy otra manera.
En efecto, el reconocimiento de que algo puede encerrar verdad, bien o belleza es una experiencia íntima, semejante a la percepción de un síntoma procedente del cuerpo propio; asimismo es recoleto el ademán que responde a ese llamado, y que puede empero conducir a la posesión plena del objeto exterior que es su fuente: un teorema, una rosa o un acto de justicia.
La privacidad, entonces, es el suelo en que arraiga la posibilidad de acceso a lo universal. Esta posibilidad, por definición, no le es negada a nadie, pero con todo, para que fructifique es necesario acogerla, guardarla y dispensarle unas labores de hortelano, unos cuidados a los que pocos están dispuestos. Por eso lo universal, aunque en principio accesible a todo el mundo, es sólo alcanzado por algunos; a diferencia de lo público, sus usuarios -llamémosles así- no son nunca multitud.
Lo público se opone a lo privado en tanto lo privado es excluyente; lo universal sólo puede oponérsele en tanto lo privado es un origen, como la desplegada flor se opone a la prieta y oscura semilla de la que será, llegado el momento, luminosa transfiguración.
Si lo privado y lo público, opuestos, obran no obstante en el mismo plano, lo privado y lo universal pertenecen en cambio a planos diferentes. La verdad, el bien y la belleza llaman desde lo alto; la capacidad de oír ese llamado y hasta de experimentar por su virtud una suerte de levitación es lo que constituye a los individuos privados en personas.
Y bien, o los individuos no poseen todos esa capacidad en la misma medida, o, poseyéndola, no la cultivan en idéntico grado; como quiera que sea, resulta que su vínculo con lo universal no los constituye en personas iguales; esto es, viene a revelarse falaz el argumento que cimentó el ideal de la igualdad.
La falacia del caso radica, como ya dijimos, en haberse confundido lo universal con lo público.
Lo que tornó posible esa confusión es, por una parte, el hecho de que así lo uno como lo otro son dimensiones inherentes a la condición humana, y, por otra parte, la creencia de que es posible proyectar sin deformación lo universal en lo público. Pero se trata de una creencia errónea, porque es propio de lo universal un rasgo de profundidad que se pierde irremisiblemente cuando es vertido en el terreno público.
En efecto, el terreno público es una superficie y no una hondura; es -antes que nada- la superficie sobre la que se extienden la arena del foro y el mercado. Su materia es de naturaleza política, por lo que no resulta apta para edificar en altura.
Por lo tanto, lo universal sólo puede padecer una esencial degradación al ser transcripto en términos públicos.
Una tal transcripción fue ejecutada cuando se fundó, modernamente, la democracia. Esta no es un sistema político entre otros; es el más político de todos los sistemas, porque inviste al poder de un carácter público. Los individuos, iguales ante la ley y en principio igualmente capaces de acceder a los cargos de gobierno, se constituyen en ciudadanos. La ciudadanía es, entonces, el aspecto público de la existencia individual. Junto a él habita el aspecto privado, en el que se recogen y se toleran todas las diferencias expulsadas del ámbito cívico.La democracia no sólo es el más político de los sistemas de poder, sino también el mejor, porque reduce al mínimo la gravitación, en los negocios generales, de las diferencias arbitrarias.
Pero precisamente esas virtudes de la democracia alientan la dificultad a la que nos referíamos al principio, relativa a la buena inteligencia de los asuntos humanos. Ello es así porque al definir lo universal como lo público, la democracia permite creer que ha establecido su vigencia, que ha otorgado realidad a unos valores en sí mismos demasiado -digamos- "espirituales", que nunca hubieran sido capaces de cobrar existencia efectiva de no haber mediado una decisión soberana del Estado. Pero con ello no puede sino conducir a la decepción de las personas en que late el anhelo de universalidad, porque esta, convertida en publicidad, desvanece el lugar en que el llamado de lo universal podía acogerse, laborarse y responderse. La traducción política de ese lugar es de muy otra calidad; es un puesto en el que se discute entre conciudadanos sobre lo que mejor conviene a los intereses generales, y en el que cada cual ha de probar que su palabra no esconde una defensa de su interés privado, cosa siempre posible en semejante terreno, el que será por eso inevitablemente abonado de sospechas. Aquellos que permanecen sensibles a lo que llama desde lo alto han de enmudecer, forzados a elegir, caso de "hacer uso de la palabra", entre la cháchara menuda del mercado y la parla huera del foro. Pero al decir, como dijimos, "aquellos que permanecen sensibles a lo que llama desde lo alto", arriesgamos incurrir en un malentendido, a saber: el de sugerir que todos son alcanzados sin diferencias por el influjo de lo universal, y que, al desvirtuarse lo universal en lo público, sólo unos pocos conservan su recuerdo. Pero la verdad es que desde el principio, aunque lo universal esté abierto a todos, sus señales sólo llegan a unos pocos. La universalidad no es democrática: por obra suya, la población humana queda repartida en dos clases: la de los mejores -que son los menos- y la de los vulgares -que son los más-. (Nótese que en ningún idioma, el adjetivo "vulgar" es elogioso).
Es claro que no se trata de clases sociales sino de clases -por así decir- metafísicas. Tanto la nobleza como la vulgaridad pueden hallarse así en los palacios cuanto en las casuchas.
Sin embargo, fuerza es reconocer que lo público es más afín a lo vulgar que a lo noble; por eso es más vulnerable a su asedio, mientras se conduce con indiferencia ante lo universal. Por eso, con frecuencia, huele mal; se desprende de los lugares públicos un hedor de estadio de fútbol, el más popular de todos los lugares. (c) LA GACETA
Tanto el teorema cuanto el banco son, entonces, respecto de su accesibilidad, entidades generales; están libradas a cualquiera, salvo que aposentarse en la primera significa un trabajo mientras que posarse en la segunda no lo significa, y hasta puede significar precisamente lo contrario, es decir, un descanso. A esa disparidad debe sumarse esta otra: que la apropiación de la primera no es excluyente, en tanto que la de la segunda sí lo es.
La una y la otra representan modos del ser general en lo que concierne a su accesibilidad. Llamaré universal a lo que posee una generalidad como la del teorema de Pitágoras; llamaré público a lo que posee una generalidad como la de un banco de plaza municipal.
El esplendor de la Vía Láctea, el sabor de un durazno en su sazón, la sonora arquitectura de cristales que ascienden en una fuga de Bach, el gozo en que se baña la comunión de los cuerpos, la pena que conlleva la muerte de quien se ama, pero también el padecimiento elemental causado por un mero dolor de muelas, son todos hechos universales. Las noticias que comunican los periódicos, los palcos que rodean la sala de sesiones de la Cámara de Diputados, un ómnibus perteneciente al sistema de transporte colectivo de pasajeros, un orinal dispuesto para uso común en un sitio muy concurrido, son todos hechos públicos.
Ahora bien, una de las mayores dificultades que contrarían la buena inteligencia de los asuntos humanos resulta de la confusión de lo universal con lo público.
En efecto, un esfuerzo de siglos destinado a cancelar diferencias injustas estableció que todos los hombres son iguales. Hoy la igualdad de los hombres es un postulado, pero cuando se luchaba por instituirlo hubo de argüirse en su favor. Y el principal argumento que con ese propósito se adujo fue el de que la entidad humana existe referida por naturaleza a realidades universales, las que constituyen, así, un dominio común, en el seno del cual todas las diferencias -debidas por cierto no a la naturaleza sino a contingencias particulares- se extinguen. Ni el color de la piel, ni el idioma que a cada cual le ha tocado en suerte, ni la religión en que ha sido educado, ni su estado patrimonial impiden a nadie comprender el teorema de Pitágoras, ni lo fuerzan a comprenderlo en un sentido diferente del que posee para todos los que lo comprenden. Lo mismo vale para las demás verdades matemáticas, como para las leyes físicas, las buenas acciones y los espectáculos bellos: materias cuya textura -por decir así- es la misma de que está informada la razón del hombre, conformidad que obra entonces -a modo de una conexión directa- de garantía sobre el carácter universal de la Verdad, el Bien y la Belleza, a la vez que explica la esencial igualdad de las personas.
La disposición de los negocios humanos que resulta de haberse establecido la igualdad de las personas conlleva que sus diferencias -ciertamente harto numerosas- sean relegadas al dominio de lo privado. Pero lo general, en cuanto se opone a lo privado, no es ya lo universal sino lo público. Lo público es lo que resta de lo general después de la retirada puertas adentro de lo privado. Así, la calle es vía pública mientras el hogar es ámbito privado; el gobierno del cuerpo colectivo es cosa pública, mientras que la conducta del cuerpo individual es cosa privada.
Nótese que, aunque opuestos, lo público y lo privado son homogéneos y se hallan a la misma altura; por eso variaciones circunstanciales pueden alterar la posición del hito que los separa. Un déspota puede apropiarse de la cosa pública y conducirla como asunto privado; un filántropo, al contrario, puede ceder un fundo privado para uso público. La oposición de lo público y lo privado es, en fin, complementaria; donde empieza lo uno termina lo otro.Lo universal, en cambio, no se opone a lo privado, o, si se le opone, lo hace de muy otra manera.
En efecto, el reconocimiento de que algo puede encerrar verdad, bien o belleza es una experiencia íntima, semejante a la percepción de un síntoma procedente del cuerpo propio; asimismo es recoleto el ademán que responde a ese llamado, y que puede empero conducir a la posesión plena del objeto exterior que es su fuente: un teorema, una rosa o un acto de justicia.
La privacidad, entonces, es el suelo en que arraiga la posibilidad de acceso a lo universal. Esta posibilidad, por definición, no le es negada a nadie, pero con todo, para que fructifique es necesario acogerla, guardarla y dispensarle unas labores de hortelano, unos cuidados a los que pocos están dispuestos. Por eso lo universal, aunque en principio accesible a todo el mundo, es sólo alcanzado por algunos; a diferencia de lo público, sus usuarios -llamémosles así- no son nunca multitud.
Lo público se opone a lo privado en tanto lo privado es excluyente; lo universal sólo puede oponérsele en tanto lo privado es un origen, como la desplegada flor se opone a la prieta y oscura semilla de la que será, llegado el momento, luminosa transfiguración.
Si lo privado y lo público, opuestos, obran no obstante en el mismo plano, lo privado y lo universal pertenecen en cambio a planos diferentes. La verdad, el bien y la belleza llaman desde lo alto; la capacidad de oír ese llamado y hasta de experimentar por su virtud una suerte de levitación es lo que constituye a los individuos privados en personas.
Y bien, o los individuos no poseen todos esa capacidad en la misma medida, o, poseyéndola, no la cultivan en idéntico grado; como quiera que sea, resulta que su vínculo con lo universal no los constituye en personas iguales; esto es, viene a revelarse falaz el argumento que cimentó el ideal de la igualdad.
La falacia del caso radica, como ya dijimos, en haberse confundido lo universal con lo público.
Lo que tornó posible esa confusión es, por una parte, el hecho de que así lo uno como lo otro son dimensiones inherentes a la condición humana, y, por otra parte, la creencia de que es posible proyectar sin deformación lo universal en lo público. Pero se trata de una creencia errónea, porque es propio de lo universal un rasgo de profundidad que se pierde irremisiblemente cuando es vertido en el terreno público.
En efecto, el terreno público es una superficie y no una hondura; es -antes que nada- la superficie sobre la que se extienden la arena del foro y el mercado. Su materia es de naturaleza política, por lo que no resulta apta para edificar en altura.
Por lo tanto, lo universal sólo puede padecer una esencial degradación al ser transcripto en términos públicos.
Una tal transcripción fue ejecutada cuando se fundó, modernamente, la democracia. Esta no es un sistema político entre otros; es el más político de todos los sistemas, porque inviste al poder de un carácter público. Los individuos, iguales ante la ley y en principio igualmente capaces de acceder a los cargos de gobierno, se constituyen en ciudadanos. La ciudadanía es, entonces, el aspecto público de la existencia individual. Junto a él habita el aspecto privado, en el que se recogen y se toleran todas las diferencias expulsadas del ámbito cívico.La democracia no sólo es el más político de los sistemas de poder, sino también el mejor, porque reduce al mínimo la gravitación, en los negocios generales, de las diferencias arbitrarias.
Pero precisamente esas virtudes de la democracia alientan la dificultad a la que nos referíamos al principio, relativa a la buena inteligencia de los asuntos humanos. Ello es así porque al definir lo universal como lo público, la democracia permite creer que ha establecido su vigencia, que ha otorgado realidad a unos valores en sí mismos demasiado -digamos- "espirituales", que nunca hubieran sido capaces de cobrar existencia efectiva de no haber mediado una decisión soberana del Estado. Pero con ello no puede sino conducir a la decepción de las personas en que late el anhelo de universalidad, porque esta, convertida en publicidad, desvanece el lugar en que el llamado de lo universal podía acogerse, laborarse y responderse. La traducción política de ese lugar es de muy otra calidad; es un puesto en el que se discute entre conciudadanos sobre lo que mejor conviene a los intereses generales, y en el que cada cual ha de probar que su palabra no esconde una defensa de su interés privado, cosa siempre posible en semejante terreno, el que será por eso inevitablemente abonado de sospechas. Aquellos que permanecen sensibles a lo que llama desde lo alto han de enmudecer, forzados a elegir, caso de "hacer uso de la palabra", entre la cháchara menuda del mercado y la parla huera del foro. Pero al decir, como dijimos, "aquellos que permanecen sensibles a lo que llama desde lo alto", arriesgamos incurrir en un malentendido, a saber: el de sugerir que todos son alcanzados sin diferencias por el influjo de lo universal, y que, al desvirtuarse lo universal en lo público, sólo unos pocos conservan su recuerdo. Pero la verdad es que desde el principio, aunque lo universal esté abierto a todos, sus señales sólo llegan a unos pocos. La universalidad no es democrática: por obra suya, la población humana queda repartida en dos clases: la de los mejores -que son los menos- y la de los vulgares -que son los más-. (Nótese que en ningún idioma, el adjetivo "vulgar" es elogioso).
Es claro que no se trata de clases sociales sino de clases -por así decir- metafísicas. Tanto la nobleza como la vulgaridad pueden hallarse así en los palacios cuanto en las casuchas.
Sin embargo, fuerza es reconocer que lo público es más afín a lo vulgar que a lo noble; por eso es más vulnerable a su asedio, mientras se conduce con indiferencia ante lo universal. Por eso, con frecuencia, huele mal; se desprende de los lugares públicos un hedor de estadio de fútbol, el más popular de todos los lugares. (c) LA GACETA






