18 Abril 2004 Seguir en 

Para quienes conocen al autor no es novedad cuanto sigue (hay una "Sociedad P. K. Dick" en la Argentina), pero deben de existir lectores que no lo conocen, y era mi caso hasta que recibí este volumen. Philip Kendred Dick, nacido en Chicago en 1928, llevó una agitada vida de talento y desmesura, de adicción a las drogas y esquizofrenia.
Murió en Santa Ana, California, a los 53 años, dejando una prolífica obra de ciencia ficción -según no pocos críticos, de las mejores que se hayan producido- y sin alcanzar a ver la versión cinematográfica de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, filmada bajo el título de Blade Runner, a juicio de David Lyon, el filme posmoderno por excelencia.
Pero su libro decisivo parece ser Ubik (1965), novela alucinante donde los muertos hablan con los vivos pero no se sabe quién está muerto y quién vivo.
Aunque La penúltima verdad (1964) es una obra en cierto modo menor, laten en ella la temática y las virtudes del autor. Corre el año 2025. Los habitantes del tanque ven en la inmensa pantalla proyectarse los montículos calcinados de lo que fue una ciudad, y una voz informa: "Esto era Detroit el 19 de mayo del Año del Señor de 2025".
¿Qué ha sucedido? El tanque es una de las tantas ciudades subterráneas donde vive la mayoría de los estadounidenses, pues la superficie terrestre es un terreno yermo sembrado de restos radiactivos. Ciudades enteras desaparecen en cuestión de minutos.Y en esa superficie se libra una guerra implacable entre Estados Unidos y la Unión Soviética (llamados en la novela la Wes-Dem y el Pac-Peop), guerra que había estallado en el mundo colonial instalado por terrestres en el planeta Marte.
Durante el primer año de lucha, la población terrestre pudo refugiarse bajo tierra y allí permanecen desde hace quince años; cuentan con calefacción, cocinas automáticas, alfombras de tela sintética, televisión tridimensional y robots para la limpieza doméstica y otras tareas. ¿Y la guerra, entonces? La guerra la hacen en la superficie miles y miles de robots. La tarea de los habitantes de los tanques es justamente fabricar robots.
Pero en la superficie las cosas no son como los habitantes de los tanques están convencidos de que son: hay parques admirables, extensos campos florecidos, pocas ciudades altamente confortables también atendidas por robots, lujosas residencias, pequeñas máquinas (llamadas "voladores") para ir en pocos minutos desde San Francisco a Nueva York o a Moscú, posibilidad de reponer artificialmente cualquier órgano humano, excepto el cerebro...
Es la lógica de las cosas, razona uno de los personajes, las masas lanzaron a sus dirigentes a la guerra, pero la guerra fue muy breve. Cuando esas mismas masas fueron quitadas de en medio y metidas en los tanques, las minorías dirigentes del Este y del Oeste tuvieron las manos libres para hacer la paz.
Y a quienes viven bajo tierra les narran y muestran una guerra inexistente, para así poder disfrutar ellos de un mundo sin la amenaza de la población en crecimiento exponencial.
¿Es esta, pues, la verdad? No. Es la penúltima verdad. ¿Pero y la última? "Escribí novelas -dijo cierta vez Dick- para plantear la pregunta ¿qué es real? y he ido proponiendo respuestas, hasta que alguien me escribió para exhortarme a que conteste el interrogante, esto es señalar de una buena vez cuáles cosas son auténticamente reales. Tiene razón, plantear siempre la misma pregunta se torna monótono".
Los estudiosos de Dick mencionan su preferencia por citar a Heráclito, el filósofo presocrático del siglo VI a.C., uno de cuyos fragmentos dice: "A la naturaleza le place ocultarse"; entiéndase: la auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta.
Dick presenta siempre un personaje que descubre que el mundo donde creía vivir es un simulacro, una apariencia engañosa... ¿quizás un sueño? Y esos comentaristas sugieren que Dick ha escrito siempre la misma novela, como, agrego yo, Bergson decía que todo filósofo ha dicho en el fondo una sola tesis; mejor todavía, se ha esforzado por decirla.
Por eso quienes sólo ven en La penúltima verdad una ácida crítica a la democracia capitalista, en rigor yerran el blanco, se quedan en la superficie, porque la política también es una verdad penúltima.
En suma, una muy buena novela. La presente es reedición de la correcta versión española de Antonio Ribera, publicada en otra editorial en 1976. (c) LA GACETA
Murió en Santa Ana, California, a los 53 años, dejando una prolífica obra de ciencia ficción -según no pocos críticos, de las mejores que se hayan producido- y sin alcanzar a ver la versión cinematográfica de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, filmada bajo el título de Blade Runner, a juicio de David Lyon, el filme posmoderno por excelencia.
Pero su libro decisivo parece ser Ubik (1965), novela alucinante donde los muertos hablan con los vivos pero no se sabe quién está muerto y quién vivo.
Aunque La penúltima verdad (1964) es una obra en cierto modo menor, laten en ella la temática y las virtudes del autor. Corre el año 2025. Los habitantes del tanque ven en la inmensa pantalla proyectarse los montículos calcinados de lo que fue una ciudad, y una voz informa: "Esto era Detroit el 19 de mayo del Año del Señor de 2025".
¿Qué ha sucedido? El tanque es una de las tantas ciudades subterráneas donde vive la mayoría de los estadounidenses, pues la superficie terrestre es un terreno yermo sembrado de restos radiactivos. Ciudades enteras desaparecen en cuestión de minutos.Y en esa superficie se libra una guerra implacable entre Estados Unidos y la Unión Soviética (llamados en la novela la Wes-Dem y el Pac-Peop), guerra que había estallado en el mundo colonial instalado por terrestres en el planeta Marte.
Durante el primer año de lucha, la población terrestre pudo refugiarse bajo tierra y allí permanecen desde hace quince años; cuentan con calefacción, cocinas automáticas, alfombras de tela sintética, televisión tridimensional y robots para la limpieza doméstica y otras tareas. ¿Y la guerra, entonces? La guerra la hacen en la superficie miles y miles de robots. La tarea de los habitantes de los tanques es justamente fabricar robots.
Pero en la superficie las cosas no son como los habitantes de los tanques están convencidos de que son: hay parques admirables, extensos campos florecidos, pocas ciudades altamente confortables también atendidas por robots, lujosas residencias, pequeñas máquinas (llamadas "voladores") para ir en pocos minutos desde San Francisco a Nueva York o a Moscú, posibilidad de reponer artificialmente cualquier órgano humano, excepto el cerebro...
Es la lógica de las cosas, razona uno de los personajes, las masas lanzaron a sus dirigentes a la guerra, pero la guerra fue muy breve. Cuando esas mismas masas fueron quitadas de en medio y metidas en los tanques, las minorías dirigentes del Este y del Oeste tuvieron las manos libres para hacer la paz.
Y a quienes viven bajo tierra les narran y muestran una guerra inexistente, para así poder disfrutar ellos de un mundo sin la amenaza de la población en crecimiento exponencial.
¿Es esta, pues, la verdad? No. Es la penúltima verdad. ¿Pero y la última? "Escribí novelas -dijo cierta vez Dick- para plantear la pregunta ¿qué es real? y he ido proponiendo respuestas, hasta que alguien me escribió para exhortarme a que conteste el interrogante, esto es señalar de una buena vez cuáles cosas son auténticamente reales. Tiene razón, plantear siempre la misma pregunta se torna monótono".
Los estudiosos de Dick mencionan su preferencia por citar a Heráclito, el filósofo presocrático del siglo VI a.C., uno de cuyos fragmentos dice: "A la naturaleza le place ocultarse"; entiéndase: la auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta.
Dick presenta siempre un personaje que descubre que el mundo donde creía vivir es un simulacro, una apariencia engañosa... ¿quizás un sueño? Y esos comentaristas sugieren que Dick ha escrito siempre la misma novela, como, agrego yo, Bergson decía que todo filósofo ha dicho en el fondo una sola tesis; mejor todavía, se ha esforzado por decirla.
Por eso quienes sólo ven en La penúltima verdad una ácida crítica a la democracia capitalista, en rigor yerran el blanco, se quedan en la superficie, porque la política también es una verdad penúltima.
En suma, una muy buena novela. La presente es reedición de la correcta versión española de Antonio Ribera, publicada en otra editorial en 1976. (c) LA GACETA






