Vivos colores, seres de paso, fugaces objetos

Por Pablo Anadón

18 Abril 2004
Abigarrado de vivos colores, formas difusas, seres de paso y fugaces objetos, como el óleo de Claudio Samos que ilustra la tapa y la contratapa, es este nuevo libro del poeta Néstor Groppa. El lector atento de LA GACETA Literaria sin duda reconocerá sobradamente su firma, pero tal vez no estorbe recordar algunos hechos y obras de su trayectoria vital y literaria. Nació en Laborde (Córdoba), en 1928; hizo estudios de Bellas Artes en Buenos Aires y desde 1952 su destino ha quedado ligado al Noroeste argentino, donde puede decirse que ha cumplido una sarmientina tarea de expansión y acendramiento cultural en los distintos ámbitos en los que ha trabajado: ha sido cuatro años maestro de escuela en la Quebrada de Humahuaca; bibliotecario durante treinta y tres años en un colegio de San Salvador de Jujuy; cofundador y codirector de la célebre revista "Tarja" (1955) y fundador y director de "Pliegos del Noroeste" (1967); iniciador y colaborador por cuarenta y un años del suplemento cultural del diario Pregón; creador de la Editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, casa de altos estudios de la que ha sido nombrado profesor extraordinario honorario, así como fundador de su propio sello editorial "Buenamontaña", y desde 1996 miembro correspondiente en Jujuy de la Academia Argentina de Letras. A partir de 1954, cuando aparece su primer libro, Taller de muestras, ha publicado una veintena de títulos.
Tal como el olvidado Don Carlos Jiménez Placer, archivero jefe de la Casa de Indias en Sevilla, de quien recuerda Néstor Groppa su "bella rúbrica" reproducida sobre "cartas, ordenanzas, / cédulas y consultas" que amarillearán en cartapacios perdidos en algún estante, así el poeta se propone hacer un recuento fidedigno y casi notarial de la vida en su ciudad adoptiva, dejando "testimonios de Jujuy desde el jueves 2 de febrero de 1978 hasta el domingo 8 de enero de 1980", según se lee en el singular colofón. El propósito de esta obra, pues, es de una humildad infinita y de una infinita ambición: aprehender en sus ínfimos detalles y en un estilo voluntariamente llano la innumerable variedad del mundo concentrada en una ciudad de provincia norteña en un determinado período de tiempo. (Carlos Argentino Daneri intentó algo parecido, pero con la tierra toda y en versos con regusto a Lugones, a Barbieri, tal vez a una especie de anti-Dante, como sostenía el crítico italiano Roberto Paoli).
Así Groppa nos habla de "la piadosa lluvia" el jueves 2 de febrero de 1978; de la luna que "entra al molino / de la calle Necochea" el jueves 16 del mismo mes; del "bar y posada en barrio estación" el jueves 24 de agosto del mismo año; del "parque infantil en la placita Epopeya" el jueves 14 de septiembre, otro jueves (todos los textos están fechados misteriosamente en jueves o en domingo, quizás el día libre del poeta).
Es cierto que uno de los serios peligros de tal programa poético es justamente el mero inventario, el registro que redobla verbalmente lo que llamamos realidad, pero no la rescata de su condena -el tiempo "sin alma". Uno recuerda aquel poema de Antonio Machado, donde el poeta, andaluz de nacimiento pero castellano por destino, de regreso en su tierra natal luego de la muerte de Leonor, se da cuenta de que no puede cantar aunque quisiera hacerlo, y se dice: "Tengo recuerdos de mi infancia, tengo / imágenes de luz y de palmeras, / y en una gloria de oro / de lueñes campanarios con cigüeñas, / [...] mas falta el hilo que el recuerdo anuda / al corazón, el ancla a su ribera, / o estas memorias no son alma...".
En el caso de los poemas y las prosas que Néstor Groppa colecciona en sus Anuarios hay un hilo que suele anudar el inventario de la vida de su ciudad al corazón: la piedad por todo lo que está destinado a desaparecer. Es esa honda piedad sin lástima, esa congoja de las "cosas que no son tristes pero dan tristeza" la que lo lleva a historiar las visitas de los parques de diversiones a los pueblos, el galpón del molino en ruinas donde sólo entra el grano de la luna, la linotipia de la vieja imprenta, la "gente que se muda / de casa o de oficio", los oficios en extinción (el afilador, la acomodadora del cine, los cocheros frente a la estación de trenes...), los negocios que cambian de ramo y de dueño, las casas que se convierten en baldíos, los baldíos que se levantan en monobloques de cemento... Tal vez por eso también el poeta ama las obras en construcción, y las ferreterías repletas de utensilios para apuntalar la vida, y asiste a la conmovedora escena del chico en su hamaca de la placita Epopeya (quizá el mejor poema del libro) que sube hasta tocar la noche con los pies y luego baja hasta tocar la tierra, como quien asiste a la representación del misterio de la existencia misma.
En "Siempre el viento", el poeta exclama: "¡cómo el viento se lleva tantas cosas!". Ojalá, nos decimos al cerrar el libro, no se apure a llevarse estas páginas de Néstor Groppa, para que en ellas haya siempre "alguien / mirando los domingos", esos días en que se remansa el tiempo en "un metro de eternidad", los domingos pasados, los presentes y también aquellos que nunca existieron ni existirán. (c) LA GACETA

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