18 Abril 2004 Seguir en 

El próximo 20 de abril todavía habrá individuos que en distintos puntos del planeta celebrarán el nacimiento de Adolf Hitler como si fuera un acontecimiento memorable y auspicioso para la humanidad.
En un enjundioso artículo sobre Leni Riefenstahl, publicado en LA GACETA Literaria (1), el periodista Gustavo Bernstein delineaba la personalidad de esta cineasta y su postura como una de las ideólogas más importantes del régimen nazi por haber usado el lenguaje del cine a fin de glorificar la imagen del Führer, creando así un canon estético inusual.
Pero creo que la arrolladora penetración de la ideología nazi tenía también como soporte no sólo la fuerza arrolladora de la imagen y del sonido, sino sobre todo, la sutileza lineal de la palabra. Así, en los textos de la ortodoxia hitleriana escritos por el mismo Adolf Hitler, no sólo se pretende ejercer una suerte de colonización del inconsciente sino sobre todo distorsionar la palabra, devastarla y estrangularla al punto de borrar todo rastro humano en su uso y aplicación.
En efecto, la retórica agresiva de "Mi lucha" (2) se basa constantemente en el eje valor/disvalor que se correlaciona con el par mayoría/minoría, según el cual la minoría judía pasa a ser paradójicamente poderosa y amenazante a pesar del menosprecio con que se la considera, mientras que simultáneamente se exalta la esencia patriótica de Alemania.
Es decir que si bien el problema del antisemitismo es tan viejo como el pueblo judío mismo, en el texto aludido se enfatiza la diferencia racial con el objetivo de inflamar un prejuicio basado fundamentalmente en el miedo y en el recelo al diferente. Así, la afirmación de una supuesta amenaza judía mediante la utilización de una adjetivación negativa y encadenada junto con la sorna y el desprecio relativo a todo lo judío conduce a una demonización judaica que es racial, económica e ideológica, ya que atribuye al par marxista-judío, la responsabilidad de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, considerada una tragedia nacional.Ya en el prólogo de "Mi lucha" escrito en la prisión de Landsberg en 1924, Hitler anuncia su intención de generar un escrito que exponga la doctrina racista con cierta uniformidad y se difunda con rapidez. Pero una lectura cuidada advierte que curiosamente entre sus páginas no aparece el Hitler vociferante y descontrolado que hemos visto en las películas de Leni Riefenstahl, sino que nos encontramos con una prosa que, si bien deja entrever principios filosóficos mal digeridos, no deja de ser seductora y hasta por momentos equilibrada.
Por otra parte, las historias sencillas con base mítica, por ser de fácil acceso a las mentalidades sencillas y generar fuertes modelos de identificación, constituyen la base ideal para este tipo de estrategia, ya que permiten luego, con facilidad, la imposición de otras conductas y, al igual que sucedió con la imagen de filmes costumbristas sobre el campesinado que se veían en la época de la preguerra, en "Mein Kampf" el resultado es impactante.
Esta es seguramente una de las razones por las que se toma la estructura simple de un relato autobiográfico, como si fuera una base en la que aparecen imbrincados elementos ideológicos de gran penetración. Así, la historia del pobre y marginado habitante de un pequeño pueblo que va a la gran ciudad y que luego de muchos sufrimientos triunfa, lograba las simpatías de los sectores más populares que por entonces también intentaban sobrevivir a un origen desfavorecido. Y es que Hitler tiene muy claro que "el mejor orador no es aquel que se acerca más a los auditores de la clase pensante, sino aquel que sabe conquistar el alma de la muchedumbre", tal como escribe en la pág. 145.
Por otra parte y, en el otro extremo, abordar el discurso de los sobrevivientes de la Shoá implica asomarse a un abismo en el que paradójicamente los elementos expresivos quedan huérfanos para describir un hecho para el que no hay palabras, porque realmente no las hay para referirse a tanto horror.
La lengua del nazismo ha tenido efectos devastadores, tanto en quienes la utilizaron como en quienes la sufrieron, al punto de constituir un verdadero "lenguaje magullado" cuyas proyecciones siguen siendo hoy en día motivo de debate y polémica.
Pues bien, basada en estos criterios, la retórica eufemística nazi generó una subversión léxica en la que hasta la cotidianeidad de la palabra adquirió notas terribles: "trabajo" pasó a ser "esclavitud" y "libertad" era sinónimo de muerte en el sintagma que recibía a los deportados a Auschwitz a la entrada del campo donde se leía "El trabajo libera". Y aún ahora sorprende advertir cómo los enunciados se generaban desde un mundo bizarro en el que los disvalores eran travestidos de legitimidad por un uso perverso de la lengua, para construir un andamiaje que sostenía un discurso violento y profundamente corrosivo.
Víctor Klemperer (3), un filólogo alemán, indica con justeza que la lengua de los campos era la LTI (Lingua Tertii Imperii), un dialecto ligado a un lugar y a un tiempo, casi una jerga bárbara, en el que los usos del lenguaje estaban degradados y despojados de su dimensión humana: comer se decía "fresen", un uso aplicado sólo para los animales porque nada era lo que significaba; las palabras se retorcían en su semanticidad y entonces algunas que eran aparentemente inofensivas cobraban un significado atroz en el contexto de la deportación. Y si no, veamos cómo expresiones ordinarias como "selección" o "concentración" pierden su inocencia; ni qué decir incluso de la siniestra expresión "solución final", que expresaba la omnipotencia de quien se ubica en el estadio inalcanzable de los dioses, porque creía en su poder para determinar el punto último y definitivo en el destino de todo un pueblo.
Las palabras son en su singularidad la remisión al suceso complejo en el que han sido utilizadas y vehiculizan desde lo más excelso hasta lo más repudiable, como la incitación a la violencia y a la muerte.
Hoy, cuando desde Internet se difunde ideología nazi y xenófoba, la colonización del inconsciente goza del amparo de la impunidad en un espacio donde la soberanía se desdibuja, lo cual muchas veces permite el abuso de las libertades democráticas.Afortunadamente están también aquellos artesanos de la palabra, que las pulen y moldean en la fragua de los ideales y valores positivos y que, en la batalla de los discursos, pueden alertar sobre los peligros de la incitación al odio social, para que los usos retorcidos de la lengua puedan ser borrados definitivamente de la historia de la humanidad. (c) LA GACETA
En un enjundioso artículo sobre Leni Riefenstahl, publicado en LA GACETA Literaria (1), el periodista Gustavo Bernstein delineaba la personalidad de esta cineasta y su postura como una de las ideólogas más importantes del régimen nazi por haber usado el lenguaje del cine a fin de glorificar la imagen del Führer, creando así un canon estético inusual.
Pero creo que la arrolladora penetración de la ideología nazi tenía también como soporte no sólo la fuerza arrolladora de la imagen y del sonido, sino sobre todo, la sutileza lineal de la palabra. Así, en los textos de la ortodoxia hitleriana escritos por el mismo Adolf Hitler, no sólo se pretende ejercer una suerte de colonización del inconsciente sino sobre todo distorsionar la palabra, devastarla y estrangularla al punto de borrar todo rastro humano en su uso y aplicación.
En efecto, la retórica agresiva de "Mi lucha" (2) se basa constantemente en el eje valor/disvalor que se correlaciona con el par mayoría/minoría, según el cual la minoría judía pasa a ser paradójicamente poderosa y amenazante a pesar del menosprecio con que se la considera, mientras que simultáneamente se exalta la esencia patriótica de Alemania.
Es decir que si bien el problema del antisemitismo es tan viejo como el pueblo judío mismo, en el texto aludido se enfatiza la diferencia racial con el objetivo de inflamar un prejuicio basado fundamentalmente en el miedo y en el recelo al diferente. Así, la afirmación de una supuesta amenaza judía mediante la utilización de una adjetivación negativa y encadenada junto con la sorna y el desprecio relativo a todo lo judío conduce a una demonización judaica que es racial, económica e ideológica, ya que atribuye al par marxista-judío, la responsabilidad de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, considerada una tragedia nacional.Ya en el prólogo de "Mi lucha" escrito en la prisión de Landsberg en 1924, Hitler anuncia su intención de generar un escrito que exponga la doctrina racista con cierta uniformidad y se difunda con rapidez. Pero una lectura cuidada advierte que curiosamente entre sus páginas no aparece el Hitler vociferante y descontrolado que hemos visto en las películas de Leni Riefenstahl, sino que nos encontramos con una prosa que, si bien deja entrever principios filosóficos mal digeridos, no deja de ser seductora y hasta por momentos equilibrada.
Por otra parte, las historias sencillas con base mítica, por ser de fácil acceso a las mentalidades sencillas y generar fuertes modelos de identificación, constituyen la base ideal para este tipo de estrategia, ya que permiten luego, con facilidad, la imposición de otras conductas y, al igual que sucedió con la imagen de filmes costumbristas sobre el campesinado que se veían en la época de la preguerra, en "Mein Kampf" el resultado es impactante.
Esta es seguramente una de las razones por las que se toma la estructura simple de un relato autobiográfico, como si fuera una base en la que aparecen imbrincados elementos ideológicos de gran penetración. Así, la historia del pobre y marginado habitante de un pequeño pueblo que va a la gran ciudad y que luego de muchos sufrimientos triunfa, lograba las simpatías de los sectores más populares que por entonces también intentaban sobrevivir a un origen desfavorecido. Y es que Hitler tiene muy claro que "el mejor orador no es aquel que se acerca más a los auditores de la clase pensante, sino aquel que sabe conquistar el alma de la muchedumbre", tal como escribe en la pág. 145.
Por otra parte y, en el otro extremo, abordar el discurso de los sobrevivientes de la Shoá implica asomarse a un abismo en el que paradójicamente los elementos expresivos quedan huérfanos para describir un hecho para el que no hay palabras, porque realmente no las hay para referirse a tanto horror.
La lengua del nazismo ha tenido efectos devastadores, tanto en quienes la utilizaron como en quienes la sufrieron, al punto de constituir un verdadero "lenguaje magullado" cuyas proyecciones siguen siendo hoy en día motivo de debate y polémica.
Pues bien, basada en estos criterios, la retórica eufemística nazi generó una subversión léxica en la que hasta la cotidianeidad de la palabra adquirió notas terribles: "trabajo" pasó a ser "esclavitud" y "libertad" era sinónimo de muerte en el sintagma que recibía a los deportados a Auschwitz a la entrada del campo donde se leía "El trabajo libera". Y aún ahora sorprende advertir cómo los enunciados se generaban desde un mundo bizarro en el que los disvalores eran travestidos de legitimidad por un uso perverso de la lengua, para construir un andamiaje que sostenía un discurso violento y profundamente corrosivo.
Víctor Klemperer (3), un filólogo alemán, indica con justeza que la lengua de los campos era la LTI (Lingua Tertii Imperii), un dialecto ligado a un lugar y a un tiempo, casi una jerga bárbara, en el que los usos del lenguaje estaban degradados y despojados de su dimensión humana: comer se decía "fresen", un uso aplicado sólo para los animales porque nada era lo que significaba; las palabras se retorcían en su semanticidad y entonces algunas que eran aparentemente inofensivas cobraban un significado atroz en el contexto de la deportación. Y si no, veamos cómo expresiones ordinarias como "selección" o "concentración" pierden su inocencia; ni qué decir incluso de la siniestra expresión "solución final", que expresaba la omnipotencia de quien se ubica en el estadio inalcanzable de los dioses, porque creía en su poder para determinar el punto último y definitivo en el destino de todo un pueblo.
Las palabras son en su singularidad la remisión al suceso complejo en el que han sido utilizadas y vehiculizan desde lo más excelso hasta lo más repudiable, como la incitación a la violencia y a la muerte.
Hoy, cuando desde Internet se difunde ideología nazi y xenófoba, la colonización del inconsciente goza del amparo de la impunidad en un espacio donde la soberanía se desdibuja, lo cual muchas veces permite el abuso de las libertades democráticas.Afortunadamente están también aquellos artesanos de la palabra, que las pulen y moldean en la fragua de los ideales y valores positivos y que, en la batalla de los discursos, pueden alertar sobre los peligros de la incitación al odio social, para que los usos retorcidos de la lengua puedan ser borrados definitivamente de la historia de la humanidad. (c) LA GACETA
NOTAS
1) Ver "Leni Riefenstahl y el díptico nazi", Gustavo Bernstein, LA GACETA-LITERARIA-19 de octubre de 2003, Pág. 4.
2) "Mi lucha". Talleres Gráficos Alborada, Buenos Aires, sin otros datos editoriales.
3) Klemperer, Víctor, "LTI. Notizbuch eines philologen", Leipzig, Teclam Verlag, 1993.






