18 Abril 2004 Seguir en 

Cuando tenía cuatro años murió de meningitis mi tía Vicenta. Yo era su mimado: me bañaba, me vestía, me peinaba, me ponía agua de Colonia y me sacaba a pasear en las tibias tardecitas de verano. Recuerdo que otra de mis tías me levantó en brazos para que viera por última vez a mi tía "Vicha" a través de los vidrios de la ventana de su cuarto, donde el cura párroco, don Jaime Roig Riera rezaba, y mis abuelos y tíos lloraban en silencio.
Luego me llevaron a casa de una parienta lejana. Allí permanecí varios días. Cuando volví, todas las mujeres de mi familia vestían de negro.
Cuando pregunté por mi tía Vicenta, me contestaban que se había ido al cielo.
Entonces me la pasaba escudriñando las nubles para ver si descubría allá arriba y a lo lejos a la ausente. Cuando me cansé, comprendí que la muerte era eso: no estar más, no poder ver más a una persona querida.
Al lado de la casa de mis abuelos, en Monteros, vivía don Francisco Quesada, con cuyo hijo "Paquito" yo jugaba todas las tardes en la vereda.
El señor Quesada no hablaba como nosotros porque era de las Islas Canarias, y era compañero de mi padre en el Banco de la Nación Argentina. Nunca supe por qué había llegado a la Argentina y mucho menos a Tucumán, pero sí que tenía una gran pasión en su vida: el teatro. Adonde iba formaba un conjunto de los entonces llamados filodramáticos, y él se hacía cargo del papel central. Así fue formando conjuntos vocacionales por todo el país. La última vez que lo vi, en Buenos Aires, a comienzos de la década del 50, trabajaba con un grupo independiente dirigido por Pedro Escudero, cuya "damita joven" era María Elena Sagreras: hacía un papel de viejo o "barba" en una pieza de Arthur Schnitzler.
Al año siguiente de la muerte de mi tía "Vicha", don Paco Quesada ya había formado su conjunto de filodramáticos integrado por damas y jóvenes de la sociedad de Monteros. No recuerdo el nombre de la obra pero era un melodrama, tan común en esa época, en cuyo reparto se había reservado el papel principal, es decir aquel que le permitiría lucir a fondo sus dotes histriónicas.
El estreno tuvo lugar en el salón de actos de la Sociedad y Biblioteca Mitre, y a él asistió "lo mejor" de Monteros. Como en esa época no había piezas de teatro "prohibidas" o "inconvenientes para menores", mis tíos me llevaron al estreno para que viera al "papá de Paquito".
Se apagaron las luces y se levantó el telón, y todo anduvo bien hasta el final, en que el personaje de don Paco Quesada caía fulminado por un ataque al corazón y moría pronunciando un largo discurso. Antes de que estallaran los aplausos y de que cayera el telón yo lancé un grito desesperado: "¡Se ha muerto el papá de Paquito!", y mis berridos y sollozos paralizaron al público. Sólo dejé de gritar cuando mis parientes me llevaron a los camarines donde, para mi sorpresa, don Paco estaba vivo, me tomaba en sus brazos y con sus besos trataba de consolarme.Mucho más tarde aprendí que el actor y el personaje son diferentes, y que el espectador, mediante un recurso un tanto esquizoide, logra separar en forma inconsciente al uno del otro. Tal como lo analizan varios semiólogos cuando abordan la Teoría de la recepción. (c) LA GACETA
Luego me llevaron a casa de una parienta lejana. Allí permanecí varios días. Cuando volví, todas las mujeres de mi familia vestían de negro.
Cuando pregunté por mi tía Vicenta, me contestaban que se había ido al cielo.
Entonces me la pasaba escudriñando las nubles para ver si descubría allá arriba y a lo lejos a la ausente. Cuando me cansé, comprendí que la muerte era eso: no estar más, no poder ver más a una persona querida.
Al lado de la casa de mis abuelos, en Monteros, vivía don Francisco Quesada, con cuyo hijo "Paquito" yo jugaba todas las tardes en la vereda.
El señor Quesada no hablaba como nosotros porque era de las Islas Canarias, y era compañero de mi padre en el Banco de la Nación Argentina. Nunca supe por qué había llegado a la Argentina y mucho menos a Tucumán, pero sí que tenía una gran pasión en su vida: el teatro. Adonde iba formaba un conjunto de los entonces llamados filodramáticos, y él se hacía cargo del papel central. Así fue formando conjuntos vocacionales por todo el país. La última vez que lo vi, en Buenos Aires, a comienzos de la década del 50, trabajaba con un grupo independiente dirigido por Pedro Escudero, cuya "damita joven" era María Elena Sagreras: hacía un papel de viejo o "barba" en una pieza de Arthur Schnitzler.
Al año siguiente de la muerte de mi tía "Vicha", don Paco Quesada ya había formado su conjunto de filodramáticos integrado por damas y jóvenes de la sociedad de Monteros. No recuerdo el nombre de la obra pero era un melodrama, tan común en esa época, en cuyo reparto se había reservado el papel principal, es decir aquel que le permitiría lucir a fondo sus dotes histriónicas.
El estreno tuvo lugar en el salón de actos de la Sociedad y Biblioteca Mitre, y a él asistió "lo mejor" de Monteros. Como en esa época no había piezas de teatro "prohibidas" o "inconvenientes para menores", mis tíos me llevaron al estreno para que viera al "papá de Paquito".
Se apagaron las luces y se levantó el telón, y todo anduvo bien hasta el final, en que el personaje de don Paco Quesada caía fulminado por un ataque al corazón y moría pronunciando un largo discurso. Antes de que estallaran los aplausos y de que cayera el telón yo lancé un grito desesperado: "¡Se ha muerto el papá de Paquito!", y mis berridos y sollozos paralizaron al público. Sólo dejé de gritar cuando mis parientes me llevaron a los camarines donde, para mi sorpresa, don Paco estaba vivo, me tomaba en sus brazos y con sus besos trataba de consolarme.Mucho más tarde aprendí que el actor y el personaje son diferentes, y que el espectador, mediante un recurso un tanto esquizoide, logra separar en forma inconsciente al uno del otro. Tal como lo analizan varios semiólogos cuando abordan la Teoría de la recepción. (c) LA GACETA






