Novelas cortas que su autor considera "secas pero sólidas"

Rivera, gran figura de su generación.

05 Mayo 2002
El cineasta Eisenstein, es probable, no habría llevado a la pantalla estas nouvelles. Como la obra de John Dos Passos, las habría juzgado demasiado cinematográficas, fenómeno que el director reserva para sí.
En la historia del doctor Miller, el burgués protagonista de Apuestas, las imágenes se fijan con repeticiones frase tras frase, intensificando el anhelo por conocer los lazos entre los personajes y arribar a conclusiones parciales. Desgranando alguna que otra mordacidad al fantasma de Sarmiento (aunque en dosis menos crueles que en "El amigo de Baudelaire"), ese anhelo va increscendo hasta escuchar la cinta que su hijo Eduardo le envía desde París.
En Cita (1ª edición, 1966), la economía de gestos y palabras del ambiente fabril del tejedor Rivera y el recuerdo de las asambleas de obreros a las que asistía llevado por su padre, se reeditan en los sueños de los trabajadores rurales, en los encuentros en el bar Adriático de Rosario, en el coraje de Miguel Sepúlveda, en la constatación del cuchillo (clásico leitmotiv de Rivera) como arma de los excluidos y los olvidados.
Guido relata la historia de Guido Fioravanti, un dirigente de la construcción a quien se le aplicó la ley de Residencia entregándolo a la policía mussoliniana en la isla de Lipari. Rivera, que habla de los suburbios caminados, tampoco se priva de destilar acidez para con los argentinos que hoy buscan nuevos horizontes en Europa. Hemingway, con Dos Passos y Faulkner, otro de sus referentes, es mencionado a modo de homenaje.
En Para ellos, el Paraíso (conocida como "Los vencedores no dudan", 1989) así como el guionista norteamericano Dalton Trumbo supo meterse en la piel de un oficial alemán para historizar el nazismo desde adentro, Rivera hace lo propio (lo hizo en "El farmer" con Rosas) narrando desde el lugar de la mujer de un torturador que adquiere identidad en el instante de la muerte. Como en otras novelas ("La sierva", y "Cita", de la presente tetralogía), aquí también el sexo dramatiza la asimetría del poder.
Estas novelas cortas -"secas pero sólidas", observa Rivera-, cuyos personajes son expresión de la economía de gestos y palabras mamadas de sus experiencias de vida, y a las que desea figuren entre "las que dibujan el presente cuando hablan del pasado", no necesitan del genio de la pantalla: alcanza que el lector porte su propia cámara con la complicidad de uno de los más conspicuos exponentes de la generación del 55.
(c) LA GACETA

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