05 Mayo 2002 Seguir en 

Heracles, hijo de un dios y de una humana, fue un héroe mitológico griego, propietario de una fuerza descomunal. Muchos siglos después, en Lanteri, un pueblo del Chaco santafesino diezmado por "La Forestal", un indio guaraní y su esposa española le pusieron a su hijo Heraclio Catalino Rodríguez, sin sospechar que el niño heredaría de su tocayo helénico la fuerza, pero la fuerza de la tierra que iba a brotar en su canto. Como un italiano tenía dificultades para pronunciar Heraclio, lo llamaba Horacchio. De manera que este último nombre curiosamente le fue ganando la pulseada al antecesor griego y la sangre guaraní terminó imponiéndose al español Rodríguez.
Horacio Guarany es una de las figuras destacadas de nuestra música nativa. Pasó su infancia en Alto Verde, Santa Fe, y respiró la pobreza desde chico. El canto se fue asomando en su garganta tempranamente. Por una aventura de amor, que finalmente se frustró, llegó a Buenos Aires a los 17 años. Ofició de lavacopas y de mozo en La Boca. "Usted tiene buena voz pero no sabe cantar. Estudie un poco y venga a verme", le dijo un pianista en radio Prieto.
En ese ambiente de marineros, empujado por sus hermanos, se embarcó. Las aguas lo llevaron a Chile, Portugal, España, Italia, siempre con la guitarra a cuestas. Como si los ancestros le hubiesen tendido una emboscada, el paraguayo Herminio Giménez lo descubrió como cantor y lo contrató como "la nueva voz del Paraguay". De ese modo, debió aprender a cantar en guaraní.
Poco a poco, fue abriéndose paso en los escenarios. Continuó con Los Amerindios. Una cantante china que se presentó en el Teatro Colón, le interpretó la canción "Regalito" y a partir de ese momento, Guarany recibió propuestas para grabar un disco, hecho que se concretó en 1956. Los soviéticos prácticamente lo adoptaron cuando se presentó en el Festival por la Paz y la Amistad en Moscú. Años después, ya siendo una figura consagrada, la dictadura militar comenzó a perseguirlo por su adhesión confesa al comunismo en los tiempos mozos y Guarany se exilió en España.
En casi 200 páginas, el cantautor cuenta las vicisitudes de su vida, desgranando recuerdos en un tono testimonial. Desprolijo, con frecuencia desafinado, a lo largo de cinco décadas, Guarany se mantiene vigente en el gusto del público. Tal vez el secreto radica en la fuerza de su canto, que le permite tender el puente de la comunicación con la gente. Un libro entretenido que agradará a los seguidores del cantor y a los amantes del folclore. (c) LA GACETA
Horacio Guarany es una de las figuras destacadas de nuestra música nativa. Pasó su infancia en Alto Verde, Santa Fe, y respiró la pobreza desde chico. El canto se fue asomando en su garganta tempranamente. Por una aventura de amor, que finalmente se frustró, llegó a Buenos Aires a los 17 años. Ofició de lavacopas y de mozo en La Boca. "Usted tiene buena voz pero no sabe cantar. Estudie un poco y venga a verme", le dijo un pianista en radio Prieto.
En ese ambiente de marineros, empujado por sus hermanos, se embarcó. Las aguas lo llevaron a Chile, Portugal, España, Italia, siempre con la guitarra a cuestas. Como si los ancestros le hubiesen tendido una emboscada, el paraguayo Herminio Giménez lo descubrió como cantor y lo contrató como "la nueva voz del Paraguay". De ese modo, debió aprender a cantar en guaraní.
Poco a poco, fue abriéndose paso en los escenarios. Continuó con Los Amerindios. Una cantante china que se presentó en el Teatro Colón, le interpretó la canción "Regalito" y a partir de ese momento, Guarany recibió propuestas para grabar un disco, hecho que se concretó en 1956. Los soviéticos prácticamente lo adoptaron cuando se presentó en el Festival por la Paz y la Amistad en Moscú. Años después, ya siendo una figura consagrada, la dictadura militar comenzó a perseguirlo por su adhesión confesa al comunismo en los tiempos mozos y Guarany se exilió en España.
En casi 200 páginas, el cantautor cuenta las vicisitudes de su vida, desgranando recuerdos en un tono testimonial. Desprolijo, con frecuencia desafinado, a lo largo de cinco décadas, Guarany se mantiene vigente en el gusto del público. Tal vez el secreto radica en la fuerza de su canto, que le permite tender el puente de la comunicación con la gente. Un libro entretenido que agradará a los seguidores del cantor y a los amantes del folclore. (c) LA GACETA
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