El elegante taciturno

Por Eduardo Dessein.

28 Abril 2002
William Faulkner, gran forjador de mitos, incluyendo Yoknapatawpha, toda una región, de ficticio nombre piel roja, contribuyó a su propia leyenda ofreciendo datos autobiográficos contradictorios. Preguntado sobre sí mismo, aclaró: "puede que conteste, puede que no, pero aun cuando lo haga, si me preguntan lo mismo mañana, la respuesta puede ser diferente". Las enciclopedias suelen consignar datos falsos. Los que vamos a recordar son verdaderos.
No nació en Oxford, que sus lectores conocen como Jefferson, como se cree habitualmente. Vivió allí desde los cinco años pero vio la luz en New Alban, Mississippi. Tampoco su apellido originario era Faulkner; al de su familia Falkner el escritor le agregó una "u" en 1918. Según otra versión fue un error del tipógrafo que compuso "El fauno de mármol", su único libro de poesía.
Se dijo que caminaba descalzo por las calles de Oxford y destruyó el camino de entrada a su casa, para desalentar a sus visitantes. También que, enrolado en la aviación inglesa, durante la primera guerra mundial, fue herido en Francia, al ser derribados dos de los aviones que piloteaba y tenía una placa de plata en su cráneo como secuela de un accidente aéreo.
En realidad, sirvió en la aviación canadiense, estrelló un avión dentro de un hangar sin consecuencias físicas y nunca intervino en un combate aéreo porque en Canadá no los hubo. Amaba la aviación y cuando cobró derechos de autor importantes compró un biplano Waco, en el que murió Dean, el menor de sus hermanos, quien daba lecciones de aviación. Uno de sus alumnos, aterrorizado, se asió del timón provocando su caída.
Otro hermano, Murry, recuerda el día que asistieron juntos al insólito ascenso de un globo, mientras su niñera "Mammy Callie" los llamaba a gritos entre la multitud, especialmente a Bill Faulkner, el futuro escritor, por el nombre que le había puesto: "Memmie, Memmie, tu mamá dice que toitico nosotro vayamo pa casa".
"Mammie Callie" inspiró uno de los personajes más memorables de Faulkner y que él más quería, Dilsey, la criada negra de "El sonido y la furia". Cuando murió tenía más de cien años de edad y fue velada en casa de Faulkner donde cantó un grupo coral de las tres iglesias negras. Faulkner dijo: "Mammy me enseñó virtudes que no se encuentran en los colegios ni en los libros", y le dedicó su siguiente libro, "Go down Moses", expresando que "le había dado a su niñez una dedicación y un amor inmensurables".La prestancia del escritor disimulaba su poca estatura. De cabello oscuro, luego canoso, tenía frente amplia, pómulos altos y una voz agradable. Fumaba en pipa, llevaba el pañuelo en la manga del saco y jugaba bien al golf. Jinete entusiasta hasta los sesenta años, excelente cazador y carpintero hábil, llevaba la vida de un acaudalado terrateniente pero prefería a la gente sencilla y hasta analfabeta.
Tenía merecida fama de olvidadizo. Cuando viajó a Europa, su madre le cosió una moneda de oro en el forro del saco para un caso de necesidad. De regreso, contó que había pasado hambre y al preguntarle su madre si había utilizado la moneda, Faulkner la encontró aún en el forro: la había olvidado.
Regresó a casa con uniforme de teniente de la Real Fuerza Aérea Canadiense, grado que jamás tuvo, y viajó a Memphis, donde nunca habían visto ese atuendo y lo supusieron un general ruso. Habitualmente usaba sacos de Harris tweed pardo, con parches en los codos y pantalones blancos del lienzo indio llamado "sircasa", así como un trench coat muy gastado y ropa de jinete en las cacerías de zorras, con caballos y perros. Un bastoncito completaba ese atuendo poco habitual que, junto a su circunspección y su envarada prestancia, le valieron el apodo de "El conde" o, más maliciosamente, "El conde sin condado".
A un estudiante que mencionó que había trabajado con él en el campo de golf de la Universidad de Mississippi le contestó con una neutra mirada y a otro que trató de conversar lo congeló diciendo: "No lo conozco". Y al sastre que medía su cintura y trató de comentar un cuento suyo le preguntó bruscamente: "¿Qué número de cinturón necesito?".Estas expresiones de mal genio creen algunos que ocultaban una aterradora timidez. No quería hablar de sus libros ni de él mismo y muchas veces no saludaba a sus mejores amigos en la calle y luego se disculpaba. La mayoría de sus vecinos, sin embargo, se enorgullece de haberlo sido según el libro "William Faulkner de Oxford", de J. Webb y A. Wigfall, que recoge los testimonios de quienes lo conocieron.
Uno de ellos, sin embargo, dudaba que tuviera algún amigo íntimo; otro, en cambio, dice que "con su inclinación de Torre de Pisa y todo, fue siempre un excelente bailarín y sobre todo, un caballero, que podía soportar la bebida".
Insistía en resguardar su intimidad y esa reticencia propició la leyenda. "Espero" dijo Faulkner una vez "ser el único individuo libre de regimentación y sin historial escrito que quede en todo el mundo". A un fotógrafo que insistía en que le aprobara unas fotos que le había sacado le dijo: "no necesito ver sus fotos. He visto esa cara muchas veces, de hecho cada vez que me afeito".
A veces, sus negativas eran francamente descorteses, como cuando Kennedy lo invitó a una comida con los otros premios Nobel, y Faulkner, que se hallaba en Virginia, declinó la invitación diciendo: "Washington queda a cien millas. Es un viaje muy largo sólo para ir a comer".
¿Había sólo timidez en Faulkner al tratar mal a la gente, cuando los protagonistas de sus novelas o al menos muchos de ellos, son amables y corteses al viejo estilo sureño? En una de las entrevistas del libro mencionado, Thomas D. Clark opina acremente: "amaba a sus semejantes en una forma esporádica y colectiva, mientras, considerados como individuos, le inspiraban absoluta indiferencia". Sin embargo, la mayoría de quienes lo trataron lo consideraban un extraordinario anfitrión, bondadoso con los niños, a los que les contaba cuentos, y con los jóvenes, a quienes, como jefe de boy scouts, enseñaba a construir embarcaciones y a reparar escopetas. Fue obligado a renunciar a ese cargo "por razones morales", probablemente ebriedad.
Tenía un exagerado sentido de la honradez. Una vez, estando ausente, cayó granizo sobre la capota de su viejo jeep, y la inutilizó. Alguien reclamó al seguro, que envió un cheque de indemnización, que Faulkner trató insistentemente de devolver, alegando que la capota ya estaba muy deteriorada.
Faulkner trabajó en Hollywood como guionista y recordaba con afecto a Humphrey Bogart, con quien coincidió en "Tener y no tener" y "Al borde del abismo". Al terminar el contrato volvió a Oxford, donde recibió un cheque mensual durante casi un año, sin hacer nada. Es probable que haya pedido trabajar "en casa" sin aclarar que esta estaba muy lejos de Los Angeles.
Otros episodios consolidaron el mito exasperante del escritor, como actuar desaprensivamente como Jefe de Correos de la Universidad, leyendo la mayor parte del tiempo o jugando a las cartas, por lo que fue obligado a renunciar.
Preguntado sobre cuál sería el mejor ambiente para un escritor, contestó: "El mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. Ese es el mejor ambiente en el que un artista puede trabajar. Goza de libertad económica, un techo sobre la cabeza y no tiene nada que hacer". ¿Esta respuesta es una "boutade"? Nunca mencionó que durante un tiempo trabajó en la central eléctrica de la universidad, paleando carbón para alimentar una caldera, lo que le permitía escribir.
Estas nimias anécdotas no deben tomarse como una impresión totalizadora de Faulkner, a quien debemos perpetuo reconocimiento por sus libros, que narran desde el oscuro fondo del tiempo, una admirable historia de pasión, fatalidad, vanidad y tragedia.

(c) LA GACETA

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