Sándor Márai o la justicia póstuma

Por Gustavo Bernstein.

28 Abril 2002
En su breve texto "De la salvación por las obras", Borges refiere la historia de un concilio de divinidades reunidas con el fin de dictaminar la condena o el sobreseimiento de los hombres. Luego de una vasta enumeración de atrocidades de toda laya cometidas por las sucesivas generaciones, cuando la inminente sentencia ya parece desahuciar el destino humano, uno de los dioses reclama la palabra. Su alegato apela a la poesía. Pese a que no puede dejar de coincidir con todo lo endilgado, sugiere: "pero también han cometido esto", y declama apenas tres versos contenidos en diecisiete sílabas. "Así, por obra de un haiku, la civilización se salvó", concluye el narrador.
El relato viene a colación de un pequeño hallazgo literario que quizá pueda salvar también la sucesión de ingratas noticias que últimamente nos prodiga el ámbito editorial. Se trata del reciente desembarco en el país de La herencia de Eszter y El último encuentro, dos novelas capitales en la obra del escritor húngaro Sándor Márai, condenadas al ostracismo durante más de cincuenta años y rescatadas del olvido apenas un par de años atrás. Se trata de la vindicación póstuma de uno de los mayores escritores centroeuropeos del último siglo.
Márai había nacido el 11 de abril de 1900 en Kassa, ciudad del Imperio Austrohúngaro (que, rebautizada Kosice, pasaría a formar parte de Checoslovaquia y en la posterior partición de 1993 quedaría dentro de las fronteras eslovacas), en el seno de una familia de la burguesía de origen sajón. Su vida fue una diáspora perpetua. Siendo estudiante de leyes en Budapest, con la ascensión del régimen de Horthy en los años 20, pasó un período de exilio voluntario en Alemania y en 1923 se casó con Lola Malzner, también oriunda de su ciudad natal, y se trasladó seis años a París. De regreso a la capital húngara gozó de un breve período de reconocimiento hasta que la ascensión del nazismo lo obligó a vivir recluido en una suerte de exilio interno que remataría en la ocupación soviética de posguerra, obligándolo a emigrar definitivamente, primero hacia Suiza e Italia y finalmente hacia los Estados Unidos, donde se radicó a partir de 1979.
En la línea de la mejor tradición literaria de la Mitteleuropa, quizá a la altura de autores consagrados como Musil, Joseph Roth, Sweig o Svevo, o incluso de Mann y Kafka (como sostienen algunos críticos alemanes), su obra, compuesta por más de 50 textos, donde incursiona con igual suerte en casi todos los géneros (novela, ensayo, poesía, dramaturgia y el tópico ineludible de una literatura evocativa: las memorias), quedó confinada a un incomprensible olvido. Ni siquiera la proscripción estalinista puede explicar semejante fenómeno, siendo que autores mucho menos relevantes y bastante más literales en su crítica del régimen (quizá precisamente por eso) lograron una difusión notable en la contraparte occidental del mundo.
Recién después de la caída del Muro de Berlín, la literatura de Márai fue desempolvada y redescubierta como una obra mayor en su propia patria. El gobierno húngaro le otorgó la máxima distinción artística de su país: el premio Kossath. Una década después la editorial italiana Adelphi decidía relanzarlo internacionalmente; obtuvo la inesperada resonancia actual y motivó una campaña de traducción a más de veinte idiomas.
Infortunadamente este súbito reconocimiento llegaría en forma póstuma. El 28 de febrero de 1989, a los 89 años, en San Diego (California), enfermo y moralmente devastado tras la muerte de su mujer y su hijo, Márai decidía dar fin a su vida.
El auspicioso desembarco del binomio novelístico por estos lares puede bien oficiar como una muestra indudable en su talento literario y, a la vez, como una excelente oportunidad para quienes deseen adentrarse en su obra por la puerta grande.
En lo formal, ambas novelas presentan curiosas similitudes, tanto en su estructura dramática y su tensión narrativa, como en la refinada prosa y la hondura con que exploran el enigma de la existencia. Ambas, además, parten de la inminencia y la consumación de un reencuentro crepuscular entre dos personajes vinculados otrora por una pasión que el tiempo no ha logrado marchitar.
En La herencia de Eszter, publicada originalmente en 1939, la protagonista es una mujer madura que vive con placidez junto a una pariente más anciana aún, resignada a lo que la vida le ha deparado, pero cuya serena soledad se ve de pronto irrumpida por el telegrama de un tal Lajos, el hombre de su vida, anunciando su retorno luego de veinte años de ausencia. La sorpresiva epístola no sólo turba su paz sino que acciona en ella un torbellino de sentimientos contradictorios. Porque Lajos es un canalla encantador e inescrupuloso que había ingresado en la familia de Eszter de la mano de su hermano Laci y, con su carisma, sus artimañas y sus magníficas dotes histriónicas había logrado fascinar y embaucar a cada uno de sus integrantes, para acabar saqueando bienes y almas por igual. Quedan esa casa y ese jardín, último refugio familiar, donde cobran vida las ambigüedades emotivas de Eszter, quien se debate entre sus fantasmas y sus anhelos, y donde se activa, a la manera chejoviana, una dinámica de relaciones detenidas en el tiempo que incluye a su hermano Laci, a los hombres que la desearon y a su hermana muerta (todos víctimas pasadas también de los embustes de Lajos), instalados en una trama donde sobrevuelan la soledad, el miedo, los celos, la resignación y el odio sordo.
La dosificación de los oscuros propósitos que traen a este impostor de vuelta a los restos de la mansión, el modo en que se va urdiendo lo sórdido y la lucha de los personajes contra las pasiones que reviven le otorgan a la novela su crescendo dramático, alumbrando finalmente en la protagonista esa sutil frontera interior que vincula el riesgo y la felicidad. Sobre todo, porque además de un embaucador y un embustero, este Lajos es también un vendaval de vitalidad y pasión por la vida, cuya mera presencia pone ya en contradicción las convenciones morales más arraigadas.
Escrita tres años después, El último encuentro, como lo sugiere el título, aborda otro cónclave de personajes: el de dos hombres otoñales, amigos inseparables de juventud, compañeros de armas, quienes se citan luego de cuarenta y un años para afrontar y desentrañar el secreto que bramaba en sus silencios. Fueron en su lozanía dos temperamentos opuestos y complementarios que supieron funcionar como una simbiótica hermandad: Henrik, el muchacho de alcurnia, rico y magnánimo, extravertido y seductor, volcado con fluidez a los deleites sensoriales de la vida; y Konrad, humilde y reservado, escalando sus objetivos vitales con un sudoroso esfuerzo.
Pero aquel ápice de sus vidas que suscitó el distanciamiento promovió a la vez una suerte de enroque temperamental. Konrad renunció a su rango y ciudadanía, y se arrojó a desandar el vértigo de una cultura lejana en los trópicos del Extremo Oriente; y el General, por el contrario, decidió permanecer aislado, exiliado en el abismo de su propia soledad, entre las paredes de su castillo: una mansión al pie de los Cárpatos donde otrora se celebraron elegantes veladas pero cuyo esplendor ha mutado en una suma de áulicos espacios poblados por fantasmas del pasado. Ahí es la cita. Konrad llega en su carruaje y el General ordena disponer todo como antaño, reeditando la última cena compartida cuatro décadas atrás en aquel mismo salón. Sólo se destaca una ausencia: Krisztina.
He ahí la clave de la historia: el recuerdo imborrable de una mujer que marcó sus vidas y que perdieron; uno por orgullo y otro por cobardía.
En el crepúsculo de sus vidas estos hombres se reencuentran para afrontar la verdad que los desunió; y con esa búsqueda como liberadora, como soporte ético imprescindible para dar sentido a sus vidas, comienza un diálogo sublime donde Márai va desgranando interrogantes, creando atmósferas, construyendo imágenes meticulosamente descritas, regodeándose en la narración del detalle, en la exactitud de una prosa apenas atemperada con un barniz de refinada melancolía.Matices evocativos en los que subyace también una tensión atrapante, línea tras línea, hurgando hasta los más recónditos rincones de sus almas, donde las verdades descubiertas provocan tanto un insoslayable dolor como un incontenible impulso vital. Todo converge al fin en un duelo sin armas, una eximia contienda verbal, que es a la vez una profunda meditación sobre la amistad, la lealtad, la traición, la culpa y su expiación.
Podrá decirse, de manera peyorativa, que estamos ante dos tramas simples y remanidas: la primera, una anécdota de neto corte folletinesco donde toda una familia acaba sometida por los cínicos embustes de un psicópata; la segunda, una típica fratría vulnerada por los encantos de una mujer. Y quizás allí radique la grandeza de Márai, en consignar de un modo elocuente, con la prosa de un orfebre y un estilo de una riqueza exuberante, que en la literatura el argumento es una mera excusa para el despliegue formal, que la forma lo es todo. Porque con sus dotes de prestidigitador nos va sumiendo en la perplejidad más extrema hasta dejarnos exhaustos, en un vacío desgarrador acuciado por más enigmas que certezas.
No obstante, surge algo inequívoco: ambas novelas se leen sin duda como una sucesión de iluminaciones. Y ambas, por fortuna, comienzan a saldar en el país una cuenta literaria: acabar con el destierro de un autor de fuste injustamente olvidado.

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios