A menudo el narrador se impone al dramaturgo

Un nivel desigual en el tomo que compila piezas de Mario Vargas Llosa.

28 Abril 2002
A pesar de la débil línea de situaciones que conforman las peripecias de la anécdota de La señorita de Tacna, obra que encabeza este tomo de Mario Vargas Llosa, de su estructura se desprende un aire de melancolía muy chejoviano.
Durante la ocupación de la ciudad peruana, después de la Guerra del Pacífico, Elvira, una joven huérfana, se enamora de Joaquín, teniente enemigo, y está a punto de casarse con él cuando descubre que la engaña con Carlota, una mujer casada. Rompe el compromiso y se refugia en la casa de Carmen y Pedro, quienes la adoptan como si fuera de la familia. Pasados los años, Elvira se vuelve casi una tía para los hijos del matrimonio que la bautizan con el sobrenombre de Mamaé. Un nieto decide ser escritor y evoca la vida de la tía postiza, un poco con sus recuerdos y otro poco con su imaginación (acto creador de toda obra literaria) y que actúa a la manera de coro, convoca a los fantasmas del pasado que se corporizan en escena. El tránsito de Mamaé de su juventud a la vejez (excelente y memorable trabajo de Norma Aleandro cuando la pieza se estrenó en Buenos Aires, a principio de la década del ochenta), como así también el descubrimiento de su negado amor por el abuelo Pedro (a raíz de una carta a su mujer, donde le confiesa sus amores con una india de la lejana hacienda de Camaná, a donde ha ido a plantar algodón) son los principales hitos de la historia.
En Kathie y el hipopótamo, segunda obra de esta colección, la heroína es una mujer rica y snob que vive en una bohardilla en París (al final se sabrá que dicha mansarda está situada en la azotea de un edificio de Lima); contrata a Santiago, un profesor y periodista, para que la ayude a escribir un libro sobre sus viajes por Africa y Asia. La estructura de la obra utiliza también el recurso de corporizar en escena los personajes que van surgiendo de la narración. Nada más que esta vez los conflictos y el hilo argumental se ven sumergidos por una catarata de palabras. Todo se cuenta y poco se actúa. Resultado: la pieza se vuelve tediosa.
En La Chunga, una mujer dura y enigmática regentea una taberna de su propiedad. Allí se reúne una banda de borrachos y vagos, llamados "Los Inconquistables". Beben cerveza y juegan a los dados desplumándose prolijamente. Una noche, Josefino, uno de los contertulios, llega a la taberna acompañado por Meche, joven a la cual ha seducido con el fin de explotarla. El chulo pierde todo su dinero en el juego y, para seguir, decide vender a la muchacha hasta el alba, para que la patrona pueda hacer con ella lo que quiera. Pero cumplido el plazo, Josefino se encuentra con que Meche ha desaparecido y nadie sabe en dónde está. En los cuadros sucesivos, cada uno de la banda se imagina lo que pudo haber ocurrido, hasta un final semiabierto. Muy bien estructurada y mejor dialogada, la pieza mantiene en vilo al lector-espectador gracias al suspenso causado por los destinos posibles de la muchacha.
En El loco de los balcones, Aldo Brunelli, un italiano profesor de arte, se dedica, en el barrio de Rimac, en Lima, a rescatar viejos balcones de madera de los siglos XVII, XVIII y XIX amenazados por la incuria y la demolición. Su hija Ileana lo ayuda en la cruzada, como así también varios seguidores. Los oponentes del profesor Brunelli son el doctor Asdrúbal Quijano, burócrata corrupto, y el empresario de la construcción, ingeniero Cánepa, cuyo hijo Diego se enamora de Ileana y se casa. En los últimos tramos de la pieza, Ileana confiesa a su padre que se casa para huir de su manía, y que en realidad está enamorada de Teófilo Huamani, un indígena pobre. Abandonado por todos, Brunelli prende fuego al depósito donde atesora sus balcones y está a punto de ahorcarse cuando un borracho lo hace reflexionar y vuelve a su manía en un final circular. La acción es lenta y los conflictos se ven demorados por largos monólogos y por diálogos, muchos de un didactismo ingenuo.
En la última pieza, Ojos bonitos, cuadros feos, Rubén Zevallos, un joven marino, visita en su departamento a Eduardo Zanelli, crítico de artes plásticas y homosexual frustrado, y le revela que su novia, pintora, no sólo ha roto su noviazgo con él sino que se ha suicidado a causa de una crítica donde Zanelli negaba a la joven todo talento.
Zevallos amenaza con matar al crítico, pero se descubre que sólo quería darle una lección. Toda la trama está adornada con largas disquisiciones sobre la función de la crítica y con pesados monólogos a cargo del fantasma de la suicida que se corporiza. Es decir que el novelista Vargas Llosa, muchas veces, se impone al dramaturgo.

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios