28 Abril 2002 Seguir en 

Siempre es con profundo regocijo que celebro la traducción de algún libro brasileño a nuestro idioma. Y no sólo porque, en el caso de este mismo continente (en realidad cada vez más balcanizado, acaso por nuestras propias carencias pero también, qué duda cabe, por quienes siguen prefiriendo dividir para reinar), resulte indudablemente absurdo que una mitad continúe ignorando olímpicamente a la otra. Sino también porque es muy grande y rica, original y fecundísima, la gran literatura que se sigue produciendo en nuestro hermano Brasil.
Para quien no conozca el lugar, decir que João Ubaldo Ribeiro (1941) es un bahiano nacido en la isla de Itaparica, tal vez resulta tan sólo un dato geográfico. Pero Bahía es en realidad uno de los polos culturales más fecundos de los muchos con que cuenta el Brasil, cuyo pueblo desempeña un papel muy activo en ese deslumbrante florecimiento (del cual la música y la poesía de su inagotable cancionero popular resulta apenas una de las grandes manifestaciones, pero qué sintomática) y que sería muy difícil intentar definir mejor que como lo hizo su propio hijo Jorge Amado, quien la definió (honda y lúcidamente) como "Roma negra".
Esta nueva novela del autor de Sargento Getúlio (1981) y Viva el pueblo brasileño (1984), dos éxitos tan rotundos que merecieron ser llevados al cine, no frustrará a quienes esperen saborear aquí una digna versión local del maravilloso realismo mágico, que en Brasil tiene y no tiene lazos con el caribeño.
Claro que a la exuberante vitalidad de la naturaleza y de los seres vivos, de la lengua y del gesto, de la fantasía desbordante y de los ancestros africanos e indígenas que se llevan en la sangre, felizmente mestiza, se agrega en este caso una parábola agudamente significativa, y quizás tan digna del humor negro como de las inquietudes sociopolíticas que siguen conmoviendo a la sociedad brasileña desde sus fundamentos.
Porque en pleno siglo XVIII, cuando Brasil continúa todavía dominado por Portugal y padece el siniestro poder de una omnipotente Inquisición, una isla hechizada y hechicera se convierte en el ámbito de un inimaginable experimento libertario, donde blancos, negros e indios, milagrosamente iguales, luchan por el poder pero también enfrentan juntos maleficios y acechanzas, ejerciendo una convivencia tan premonitoria como la libertad con que todos usufructúan los beneficios del trabajo en libertad. Una fábula con moraleja, entonces, quizás en el espíritu de ese desopilante crítico social que supo llegar a ser el inefable autor de Gulliver, el impar e incisivo Jonathan Swift.
(c) LA GACETA
Para quien no conozca el lugar, decir que João Ubaldo Ribeiro (1941) es un bahiano nacido en la isla de Itaparica, tal vez resulta tan sólo un dato geográfico. Pero Bahía es en realidad uno de los polos culturales más fecundos de los muchos con que cuenta el Brasil, cuyo pueblo desempeña un papel muy activo en ese deslumbrante florecimiento (del cual la música y la poesía de su inagotable cancionero popular resulta apenas una de las grandes manifestaciones, pero qué sintomática) y que sería muy difícil intentar definir mejor que como lo hizo su propio hijo Jorge Amado, quien la definió (honda y lúcidamente) como "Roma negra".
Esta nueva novela del autor de Sargento Getúlio (1981) y Viva el pueblo brasileño (1984), dos éxitos tan rotundos que merecieron ser llevados al cine, no frustrará a quienes esperen saborear aquí una digna versión local del maravilloso realismo mágico, que en Brasil tiene y no tiene lazos con el caribeño.
Claro que a la exuberante vitalidad de la naturaleza y de los seres vivos, de la lengua y del gesto, de la fantasía desbordante y de los ancestros africanos e indígenas que se llevan en la sangre, felizmente mestiza, se agrega en este caso una parábola agudamente significativa, y quizás tan digna del humor negro como de las inquietudes sociopolíticas que siguen conmoviendo a la sociedad brasileña desde sus fundamentos.
Porque en pleno siglo XVIII, cuando Brasil continúa todavía dominado por Portugal y padece el siniestro poder de una omnipotente Inquisición, una isla hechizada y hechicera se convierte en el ámbito de un inimaginable experimento libertario, donde blancos, negros e indios, milagrosamente iguales, luchan por el poder pero también enfrentan juntos maleficios y acechanzas, ejerciendo una convivencia tan premonitoria como la libertad con que todos usufructúan los beneficios del trabajo en libertad. Una fábula con moraleja, entonces, quizás en el espíritu de ese desopilante crítico social que supo llegar a ser el inefable autor de Gulliver, el impar e incisivo Jonathan Swift.
(c) LA GACETA
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