28 Abril 2002 Seguir en 

La obra de Jan Vermeer (1632-1675) ha sido valorada sólo en el último siglo. Nacido en Delft, donde siempre vivió, de familia católica e hijo de un comerciante, se casó muy joven, tuvo once hijos y murió pobre. Dejó unos treinta y seis cuadros, hoy dispersos en varios museos. Pintó durante unos veinte años; era un perfeccionista a quien no conseguían urgir los marchands de su ciudad. Sólo dos de sus cuadros ("Vista de Delft" y "Calle de Delft") reflejan el paisaje exterior. Los demás muestran un mundo íntimo y doméstico, de rica tradición en Holanda a partir de Van Eick. Si las primeras obras traslucen la influencia naturalista con el lujo de las telas y los poblados interiores, alcanzada la madurez situó a sus figuras en el despojado ambiente de su estudio. Así se aprecia en la "Sirvienta vertiendo leche" o en la celebérrima encajera del Louvre ("La dantellière").
A esta última línea pertenece la "Cabeza de muchacha", exhibida en el Museo Mauritshuis de La Haya, cuya gestación da motivo a la segunda novela de la norteamericana Tracy Chevalier, quien sin duda se documentó bien acerca del pintor, su familia y el ambiente que lo rodeó; también en cuanto a lo que era Delft a fines del siglo XVII, las costumbres de sus gentes, sus barrios (en particular el mercado), los problemas y recursos familiares, el rechazo por los "papistas", etc.La historia es sencilla. Griet, una joven de diecisiete años, semianalfabeta, abandona la casa paterna para servir en la del pintor. Su padre, experto en azulejos, quedó ciego, y la familia tiene apenas recursos. En su nuevo empleo se gana la protección de María Thins, suegra del pintor, pero sufre el mal carácter de Catalina, holgazana mujer de aquel (agobiada además por los embarazos) y el odio de Cornelia, una de sus hijas. A las agotadoras tareas domésticas debe añadir las que poco a poco le encomienda Vermeer: asear su estudio sin variar un ápice la ubicación de los objetos, preparar sus colores, por fin posar para el cuadro que da nombre al libro. Tal acceso a su intimidad (vedado a todos los demás), el aprecio del pintor que fía en su ojo certero y el hecho de compartir un secreto desencadenan con el tiempo un drama familiar. La rescata Pieter, un carnicero próspero, con quien se casa. Diez años después, al morir el pintor, es llamada a presencia de Catalina y de Van Leeuwenhock, albacea de aquel.
Se entera entonces de que Vermeer le dejó los aros de perlas (que usaba su mujer), uno de las cuales luce en la oreja izquierda del retrato.
La trama, focalizada en Griet, está bien presentada, pero lo más cautivante de la novela reside en la forma como llegan al lector la gestación y el desarrollo del proceso artístico, desde la concepción original, pasando por las sucesivas rectificaciones (mediante el auxilio de la famosa cámara oscura), hasta el momento en que el artista consideró satisfactoria su obra. La autora consigue unir a la reserva de un obsesivo como Vermeer la intuición de una criadita capaz sin embargo de indicarle lo que sobra o lo que falta en sus cuadros.
Ante ese hecho, que supone la eterna persecución del ideal artístico, quedan opacados el egoísmo y la lejanía afectiva del creador, no sólo respecto de su familia, sino también para con la joven, quizá enamorada sin saberlo. Esta soporta fatigas, dolores y desprecios, a cambio de hacer posible el proceso creador. Como tantas veces, el arte pasa por encima de sus criaturas; tal es lo que insinúa una novela que a todos interesará, aunque particularmente a los devotos de Vermeer.
(c) LA GACETA
A esta última línea pertenece la "Cabeza de muchacha", exhibida en el Museo Mauritshuis de La Haya, cuya gestación da motivo a la segunda novela de la norteamericana Tracy Chevalier, quien sin duda se documentó bien acerca del pintor, su familia y el ambiente que lo rodeó; también en cuanto a lo que era Delft a fines del siglo XVII, las costumbres de sus gentes, sus barrios (en particular el mercado), los problemas y recursos familiares, el rechazo por los "papistas", etc.La historia es sencilla. Griet, una joven de diecisiete años, semianalfabeta, abandona la casa paterna para servir en la del pintor. Su padre, experto en azulejos, quedó ciego, y la familia tiene apenas recursos. En su nuevo empleo se gana la protección de María Thins, suegra del pintor, pero sufre el mal carácter de Catalina, holgazana mujer de aquel (agobiada además por los embarazos) y el odio de Cornelia, una de sus hijas. A las agotadoras tareas domésticas debe añadir las que poco a poco le encomienda Vermeer: asear su estudio sin variar un ápice la ubicación de los objetos, preparar sus colores, por fin posar para el cuadro que da nombre al libro. Tal acceso a su intimidad (vedado a todos los demás), el aprecio del pintor que fía en su ojo certero y el hecho de compartir un secreto desencadenan con el tiempo un drama familiar. La rescata Pieter, un carnicero próspero, con quien se casa. Diez años después, al morir el pintor, es llamada a presencia de Catalina y de Van Leeuwenhock, albacea de aquel.
Se entera entonces de que Vermeer le dejó los aros de perlas (que usaba su mujer), uno de las cuales luce en la oreja izquierda del retrato.
La trama, focalizada en Griet, está bien presentada, pero lo más cautivante de la novela reside en la forma como llegan al lector la gestación y el desarrollo del proceso artístico, desde la concepción original, pasando por las sucesivas rectificaciones (mediante el auxilio de la famosa cámara oscura), hasta el momento en que el artista consideró satisfactoria su obra. La autora consigue unir a la reserva de un obsesivo como Vermeer la intuición de una criadita capaz sin embargo de indicarle lo que sobra o lo que falta en sus cuadros.
Ante ese hecho, que supone la eterna persecución del ideal artístico, quedan opacados el egoísmo y la lejanía afectiva del creador, no sólo respecto de su familia, sino también para con la joven, quizá enamorada sin saberlo. Esta soporta fatigas, dolores y desprecios, a cambio de hacer posible el proceso creador. Como tantas veces, el arte pasa por encima de sus criaturas; tal es lo que insinúa una novela que a todos interesará, aunque particularmente a los devotos de Vermeer.
(c) LA GACETA
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