28 Abril 2002 Seguir en 

En cierta ocasión (antes de escribir este libro) en que los autores integraron un panel, el moderador señaló: "Y ahora los dejo con el Dr. Fracaso y el Dr. Abatimiento". En sus escritos, estos dos estadounidenses profesores de Economía Política decían que la reestructuración de la industria llevaba a su país a ser una nación polarizada y, por ende, de fuerte inequidad socioeconómica.
Merecíamos la ironía -dice Bluestone-, pero cuando comenzamos a escribir Prosperidad, en 1995, la situación era diferente porque había signos del retroceso de la inequidad. Sin embargo, en el lustro que faltaba para completar el siglo y el milenio otra vez el fantasma de la desigualdad se haría presente, y esto es así porque se aplicó el modelo Wall Street (WS).
El modelo WS tiene su gran teórico en Dale Jorgensen y su custodio en Alan Greenspan, un funcionario excepcional. La idea central es esta: hay crecimiento económico sólo si es baja la inflación (tiende a cero) y es alto el ahorro público y privado.
Es innegable el éxito de este modelo y, para sorpresa de algunos dirigentes demócratas, el Presidente Clinton y el entonces Secretario del Tesoro Robert Rubin se erigieron en sus grandes artífices y eliminaron el déficit. Bluestone y Harrison no ignoran todo esto, pero formulan una observación incómoda para los partidarios del modelo: a largo plazo el crecimiento es escaso y la desigualdad es demasiada.
Si por su prodigioso trabajo Jorgensen es un posible candidato a Premio Nobel, otro candidato relevante es Paul Romer, profesor en la Universidad de Stanford. ¿Quién es Romer? El abanderado, junto a Richard Nelson y otros, de una teoría diferente, que Bluestone y Harrison llaman el modelo Main Street (MS), por el conocido Centro dedicado al desarrollo económico, y porque el vocablo Mainstream alude a la gravitación de los valores centrales de la sociedad estadounidense.
El modelo WS se centra en la economía de los rendimientos decrecientes, tan esencial desde Marx hasta el propio Jorgensen, pero no tiene una tesis específica sobre la tecnología.
La innovación tecnológica, decía Robert Solow, es exógena al desarrollo, acontece a través del tiempo y, en la mayoría de los casos, por descubrimientos casuales. Jorgensen y su equipo toman esta tesis y simplemente la añaden al capital humano y físico, pero entonces el modelo WS carece de una explicación sobre cómo evoluciona la tecnología y cómo se la puede acelerar.
El aporte de Romer, y de otros estudiosos, consiste en tomar la innovación tecnológica y volverla endógena, mostrando su relación esencial con las instituciones y la economía.
El modelo MS acepta varias premisas: 1) El cambio tecnológico es el núcleo del crecimiento. 2) El progreso técnico depende de la realimentación (feedback), los factores no son solitarios sino complementarios, p. ej., al aumentar la acumulación de capital también se acelera el ritmo de innovación, y esto modifica la vida de las organizaciones. 3) El crecimiento no es lineal sino discontinuo: la máquina de vapor y el motor eléctrico producen primero un retroceso y luego empiezan a rendir fruto. 4) El cambio tecnológico surge de las acciones intencionales de individuos y empresas, responde a desafíos del contexto y no sólo al mero placer de descubrir.
Y 5) la tecnología es esencialmente diferente de otros bienes, una vez obtenido el producto puede repetirse como una receta a bajo costo, lo que se conoce como la "capacidad de derrame".
Dos conclusiones se infieren. Por un lado, la competencia "perfecta" ya no es lo ideal; por el contrario, es indispensable la competencia entre monopolios (por ende, competencia "imperfecta"), como apuntaba en los años 30 el célebre Joseph Schumpeter.
Y por otro lado, no hace falta ser keynesiano para percibir que el aumento del compromiso del Estado en inversiones sustanciales es prioritario antes que el "control cuasi religioso" de sus gastos. Si el déficit baja en tanto proporción del PBI, "vamos por el buen camino", pero ello no es sólo una cuestión económica, implica una decisión política. Se trata, pues, de cambiar el paradigma, para usar el vocablo tan caro al epistemólogo Thomas Kuhn.
Aunque reiterativo en varios pasajes, este libro, centrado en la economía norteamericana, es realmente interesante. Los autores -que se definen como progresistas- no pretenden ahorcar a banqueros y conservadores, claros militantes del modelo opuesto, sino que abordan el asunto con herramientas lógicas y por ende sus aserciones quedan sujetas al análisis racional.
Aguda lección. Muchos dirigentes argentinos, prisioneros de concepciones anacrónicas (populismo, capitalismo salvaje, anticapitalismo de opereta), harían bien en asimilarla. Tradujo Cristina Sardoy.
(c) LA GACETA
Merecíamos la ironía -dice Bluestone-, pero cuando comenzamos a escribir Prosperidad, en 1995, la situación era diferente porque había signos del retroceso de la inequidad. Sin embargo, en el lustro que faltaba para completar el siglo y el milenio otra vez el fantasma de la desigualdad se haría presente, y esto es así porque se aplicó el modelo Wall Street (WS).
El modelo WS tiene su gran teórico en Dale Jorgensen y su custodio en Alan Greenspan, un funcionario excepcional. La idea central es esta: hay crecimiento económico sólo si es baja la inflación (tiende a cero) y es alto el ahorro público y privado.
Es innegable el éxito de este modelo y, para sorpresa de algunos dirigentes demócratas, el Presidente Clinton y el entonces Secretario del Tesoro Robert Rubin se erigieron en sus grandes artífices y eliminaron el déficit. Bluestone y Harrison no ignoran todo esto, pero formulan una observación incómoda para los partidarios del modelo: a largo plazo el crecimiento es escaso y la desigualdad es demasiada.
Si por su prodigioso trabajo Jorgensen es un posible candidato a Premio Nobel, otro candidato relevante es Paul Romer, profesor en la Universidad de Stanford. ¿Quién es Romer? El abanderado, junto a Richard Nelson y otros, de una teoría diferente, que Bluestone y Harrison llaman el modelo Main Street (MS), por el conocido Centro dedicado al desarrollo económico, y porque el vocablo Mainstream alude a la gravitación de los valores centrales de la sociedad estadounidense.
El modelo WS se centra en la economía de los rendimientos decrecientes, tan esencial desde Marx hasta el propio Jorgensen, pero no tiene una tesis específica sobre la tecnología.
La innovación tecnológica, decía Robert Solow, es exógena al desarrollo, acontece a través del tiempo y, en la mayoría de los casos, por descubrimientos casuales. Jorgensen y su equipo toman esta tesis y simplemente la añaden al capital humano y físico, pero entonces el modelo WS carece de una explicación sobre cómo evoluciona la tecnología y cómo se la puede acelerar.
El aporte de Romer, y de otros estudiosos, consiste en tomar la innovación tecnológica y volverla endógena, mostrando su relación esencial con las instituciones y la economía.
El modelo MS acepta varias premisas: 1) El cambio tecnológico es el núcleo del crecimiento. 2) El progreso técnico depende de la realimentación (feedback), los factores no son solitarios sino complementarios, p. ej., al aumentar la acumulación de capital también se acelera el ritmo de innovación, y esto modifica la vida de las organizaciones. 3) El crecimiento no es lineal sino discontinuo: la máquina de vapor y el motor eléctrico producen primero un retroceso y luego empiezan a rendir fruto. 4) El cambio tecnológico surge de las acciones intencionales de individuos y empresas, responde a desafíos del contexto y no sólo al mero placer de descubrir.
Y 5) la tecnología es esencialmente diferente de otros bienes, una vez obtenido el producto puede repetirse como una receta a bajo costo, lo que se conoce como la "capacidad de derrame".
Dos conclusiones se infieren. Por un lado, la competencia "perfecta" ya no es lo ideal; por el contrario, es indispensable la competencia entre monopolios (por ende, competencia "imperfecta"), como apuntaba en los años 30 el célebre Joseph Schumpeter.
Y por otro lado, no hace falta ser keynesiano para percibir que el aumento del compromiso del Estado en inversiones sustanciales es prioritario antes que el "control cuasi religioso" de sus gastos. Si el déficit baja en tanto proporción del PBI, "vamos por el buen camino", pero ello no es sólo una cuestión económica, implica una decisión política. Se trata, pues, de cambiar el paradigma, para usar el vocablo tan caro al epistemólogo Thomas Kuhn.
Aunque reiterativo en varios pasajes, este libro, centrado en la economía norteamericana, es realmente interesante. Los autores -que se definen como progresistas- no pretenden ahorcar a banqueros y conservadores, claros militantes del modelo opuesto, sino que abordan el asunto con herramientas lógicas y por ende sus aserciones quedan sujetas al análisis racional.
Aguda lección. Muchos dirigentes argentinos, prisioneros de concepciones anacrónicas (populismo, capitalismo salvaje, anticapitalismo de opereta), harían bien en asimilarla. Tradujo Cristina Sardoy.
(c) LA GACETA
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