Con rigor argumentativo y lenguaje llano

El autor cumple acabadamente su propósito de incitar a la filosofía.

28 Abril 2002
Por varios caminos, el autor cumple acabadamente con su propósito de incitar a la filosofía. En primer lugar, mostrando que las preguntas que constituyen esa disciplina no se reducen a tópicos de academia, sino que, más tarde o más temprano, inquietan a todas las personas. En segundo lugar, exponiendo la continuidad que liga aquellas preguntas con las que nos formulamos en la vida cotidiana, a la hora de adoptar decisiones morales o políticas.
En tercer lugar, arguyendo convincentemente que, aunque no hubiera aplicaciones prácticas de la filosofía, esta valdría por sí misma, por la dilatación del espíritu que su cultivo puede deparar, no menos que el de las letras y las artes, cuya "inutilidad" no mengua su valor.
Aunando el rigor argumentativo y el lenguaje llano propio de la buena filosofía, el autor desarrolla las cuestiones relativas a los asuntos que componen la materia filosófica: el conocimiento, la mente, la libertad, el yo, Dios, el razonar, el mundo, el obrar humano. En este desarrollo acude a menudo al pensamiento de los grandes filósofos, de cuyos textos cita pasajes breves pero siempre iluminadores. Este recurso manifiesta no poca pericia, porque es difícil conducirse como un erudito sin aburrir ni ser pedante.El autor se presenta como un ingeniero de conceptos: "El filósofo estudia la estructura del pensamiento del mismo modo en que el ingeniero estudia la estructura de los objetos materiales".A Simon Blackburn se debe The Oxford Dictionary of Philosophy (1994), además de otras obras de gran calidad filosófica. Fue editor de la revista Mind entre 1984 y 1990. Actualmente es profesor en la Universidad de Carolina del Norte.

(c) LA GACETA

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