07 Abril 2002 Seguir en 

"Entrad, que también aquí están losdioses", dijo Heráclito de Efeso a las personas que lo hallaroncalentándose en la cocina.
La portada roja de la primera edición de Otras inquisiciones (1952) publicada por Sur en Buenos Aires (226 p.) lleva el título en blanco y un subtítulo que reza: (1937-1952). Una franja también blanca envolvía el libro con una pregunta formulada en París por Dominique Aury: "¿Quién puede, hoy día, ignorar a Borges?".
Gallimard acababa de publicar en Francia la traducción de sus Ficciones (1941) y la resonancia de la misma había sido vasta e inquietante, comenzando por el reconocimiento de Maurice Blanchot.
¿De dónde había surgido semejante obra? De los 15 años que ahora este libro recopilaba. Otras inquisiciones es, sin lugar a dudas, la más grata, confortable y hospitalaria de las antesalas para ingresar al hogar verbal de Borges.Notas y ensayos, perfiles y reseñas bibliográficas, necrologías y conferencias se sucedían en estas páginas y la concisa brevedad de sus aciertos volvía el libro un cosmos inagotable.
Era, si se quiere, un libro filosófico, con su nueva refutación del tiempo y ese final espléndido que siempre se cita y que, por supuesto, no dejaremos de hacerlo: "El tiempo es la substancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges".O un libro religioso, que trata de Buda y del nombre de Cristo.
Matemático, al seguir, una vez más, la incesante carrera de Aquiles y la tortuga. Político, al repudiar con energía el nazismo y dedicar uno de sus trabajos a uno de sus ascendientes, Juan Crisóstomo Lafinur, "que trata de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras teológicas. Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir".
Podría ser un libro de historia, siempre trascendida por el saber de lo épico. Allí donde el vencido vuelve perdurable la imagen del vencedor. O un libro sobre el lenguaje y sobre el libro mismo. O uno de los capítulos que se le olvidaron en el viejo arte de injuriar con su envenenada diatriba contra el doctor Américo Castro.
Podría ser también, quién lo duda, el libro de un erudito incorregible que fatiga enciclopedias chinas y padres de la Iglesia, sin olvidar los versos de algunos rufianes argentinos. Como no ser iconoclasta. Como no ser cosmopolita. En él conviven, en armónico deleite, el latín y el lunfardo.
Era, en definitiva, un libro que sólo Borges podría escribir. Para usar también palabras fatales: un clásico. Allí donde se unen el rigor y el capricho. La norma y lo imprevisto. ¿No eran acaso "los espejos velados" el comienzo atroz de un nuevo e insomne relato del otro (aparentemente) Borges?¿Erudición o ficción? No importa.
Ambas dan valiosos frutos. Y se despliega, en todo caso, la jubilosa galería de sus admiraciones. Hay notas certeras sobre sus amados ingleses, llámense Keats o Coleridge, Chesterton o Wells, Bernard Shaw o Bertrand Rusell. O el traductor, como lo fue su padre, de los versos de Omar Khayyam: Edward Fitzgerald.
Arbitrario breviario de literatura, cualquier página incita a mirar con otros ojos. A subvertir la rutina.Oscar Wilde, un hombre inocente, cuya lectura depara felicidad, y que casi siempre tiene razón. Nada podría parecer más alejado de las convencionales versiones cinematográficas sobre el decadente encarcelado por homosexual.
Pero Borges, ¡helas!, también casi siempre tiene la razón.
Al morir Paul Valéry redacta un breve obituario. Gracias a él Valéry empieza una nueva, vigorosa existencia:
"Proponer a los hombres la lucidez en una era bajamente romántica, en la era melancólica del nazismo y del materialismo dialéctico, de los augures de la secta de Freud y de los comerciantes del surrealismo, tal es la emérita misión que desempeñó (que sigue desempeñando) Valéry".
Pero no sólo Valéry, Whitman o Carriego, el Quijote y Dante, la esfera de Pascal y Kafka. Al repasarlo, una vez más descubrimos cómo el libro propende, al azar de su caprichosa elaboración, en la búsqueda de aquel momento antológico "en que el hombre sabe para siempre quién es", los hechos desembocan en la única metáfora que les dé razón de ser.
¿Por qué Quevedo, literato para literatos, no tiene la gloria que a su parecer merece? No se creó a sí mismo. No se convirtió en símbolo, como Cervantes, Shakespeare, o el propio Borges, al armar, con magias parciales y logros fulgurantes, toda una literatura que es también un hombre. Un simple libro que nos dé acceso al universo íntegro. Esa revelación inminente, que al nunca producirse, nos mantiene despiertos.
Una poética que es una política, oponiéndose a esa tarea común de los príncipes de "quemar libros y erigir fortificaciones", reivindicando el solitario individualismo como válido antídoto contra la intromisión del Estado.
El más deleitable, feliz e incitante de los libros de y sobre literatura se ha convertido en un decálogo de valor civil y libertad espiritual.La distancia recorrida desde sus primeras Inquisiciones (1925) donde ya trajinaba con Quevedo y con Omar Khayyam, es ahora la plena madurez de estas Otras inquisiciones que siempre traen consigo algo para leer y releer. El cambio lo vio muy bien Raimundo Lida:
"Aquel estilo suyo, tajante y pendenciero, se ha llenado de señorío, aplomo y gracia. Hoy escribe Borges una prosa densa pero clarísima en que los dones menores de la sutileza y la exquisitez arraigan sobre solidísimas virtudes elementales.
Entre estas, y en primer lugar, una profunda capacidad filosófica de conmoción ante la grandeza y la miseria del hombre, ante lo que en ellas hay de asombroso y paradójico".
En esta soleada mañana bogotana, este es mi libro preferido.
(c) LA GACETA.
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