Reivindicación

Para LA GACETA - Yerba Buena (Tucumán).

07 Abril 2002
Era Quiteria, además de bella, inabordable y malcriada. Hasta un grado insoportable. Y sólo ella se permitía protagonizar altercados en la vía pública sin medir dónde y con quién lo hacía. Bastaba sorprender, al pasar, una murmuración o siquiera un bisbiseo de aquellos que la mortificaban para que el donaire de la mujer más codiciada de San Miguel, estallara en palabrotas.
Un sobrenombre indecente, en verdad que la sumergía en tribulaciones al punto de confesarse ordinaria y vulgar. Tan luego ella, Quiteria, que desde su niñez adinerada, de hija única y mimada, consiguiera con perseverancia un lugar en los cumpleaños de quince entre las compañeritas del Santa Rosa, parecía obligado que sintiera como un sopapo arrastrar consigo el apellido del bisabuelo Malattesti. Herencia, había que decirlo, no de un escudo de conquistadores sino de cepa napolitana y venida del puerto.
¿Por qué el destino le mezquinaba dos apellidos que a otras regalaba y si bien, fuera mucho pedir, de sobras con uno solo se hubiera conformado? Uno solo, como el de algunas tilingas que pronunciaban el del bautismo con exasperante impertinencia. Cómo no sentirse vulnerada frente a una competencia desigual que por lejos carecía del fuste de sus caderas que en las calles eran capaces de atrapar hasta las miradas esquivas de cualquier hombre.
A tanto la obsesión descabellada de la muchacha que cada vez que abría su documento le trepaba por las espaldas un espinoso rencor. Y eso que no era pedigüeña. Pues, si venía al caso, hubiera transigido de mil amores hasta con alguno de esos de moda, recién venidos, que saturaban las fotos sociales de los diarios.
Figurones en ascenso que no eran sino el resultado de avenidos conciliábulos entre la burguesía en extinción y adinerados en timbas financieras. De haber sido agraciada con uno, uno solo de esos, Quiteria no hubiera fruncido la nariz. Su implacable odio le bloqueaba el sosiego; le impedía vivir en armonía con la gente y con ella misma. Peor todavía, desde que juró no tolerar ningún menoscabo. Viniera de donde viniese. De allí la negativa de repetir el examen de ingreso a la secundaria y en justa represalia, se cruzara de vereda toda y cada vez que transitaba frente a las rejas de las Hermanas Dominicas.
Muchísimas décadas atrás, don Cósimo había enajenado a su patrimonio la totalidad de los conventillos diseminados en La Ciudadela y con ellos, una prosperidad envidiable. Al extremo de que, luego de fallecer, una tenaz ojeriza zahirió su reputación. Se rumoreaba que los primeros billetes los acumuló vendiendo leche de burra a domicilio para los chicos convalecientes de tos convulsa. Aciagas epidemias de entonces. También, desde entonces, el mote de "leche i?burra" que, al pasar los años, humillaría a la nieta de don Malattesti. En los estertores de la agonía y en presencia de la esposa y de la hija soltera que testimoniaban su desvalimiento, reconvino en que era hora de que la familia viviera en una casa decente de la 25 de Mayo y no en la cochería de La Ciudadela.En los años apacibles de la vejez cuando el valor inmobiliario del barrio norte trepaba por las nubes, Quiteria fue maquinando la reparación. Mucho era el desdoro acumulado. No menos la saña y el estrago sin digerir del infamante "leche i?burra" heredado del napolitano. Aguardó el momento. Y no fue más oportuno que cuando ordenó se edificara la torre más empinada de la calle 25 de Mayo y en el diseño de la planta baja, el ostentoso palier de mármoles rosados. Allí, a modo de ofrenda, erigió el desquite. En el sitio preciso donde los consorcistas, tanto al subir como al bajar de los ascensores, en silencio, habrían de rendir pleitesía a una desafiante e inusitada burra de bronce. Quiteria, anciana ya, en su silla de ruedas y detrás de los cristales del palier más señorial de la ciudad, saboreó, perversa, las postreras horas de la vida.

(c) LA GACETA.

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