07 Abril 2002 Seguir en 

El vocablo que usa en inglés el autor para calificar al sujeto es ticklish, que aplicado a un problema o situación significa: dificultoso, peliagudo.
El peliagudo sujeto es el sujeto cartesiano. Dice Slavoj Zizek (pronúnciese slavoi jijek) que hoy, cuando la imputación de "subjetividad cartesiana" sirve para descalificar cualquier posición filosófica, él viene a reafirmar a Descartes, pero no en el sentido clásico del sujeto que encuentra en su pensar la inicial garantía de la verdad, sino en su reverso olvidado, en su "núcleo excedente".
El recorrido del libro tiene tres estaciones. En primer lugar, el idealismo alemán. La relectura de Lacan le permite a Zizek advertir el fracaso de Heidegger al interpretar a Kant, causado, según él, porque Heidegger se centró en la imaginación trascendental. Luego viene la filosofía política posterior a Louis Althusser (el filósofo loco que asesinó a su mujer), terreno cultivado por cuatro filósofos althusserianos, que más tarde siguieron diferentes caminos.
Uno es Alain Badiou, "lector de San Pablo". Zizek rechaza su idea de que el psicoanálisis no sirve para implementar una nueva praxis política, descubre en el francés un oculto kantismo y postula adherir a la tesis de Lacan: "La verdad tiene la estructura de una ficción". Los otros tres son Laclau, Balibar y Rancière.
La tercera y última parte es un largo análisis crítico de la obra de la feminista Judith Butler, quien toma como punto de partida la explicación de Foucault de la subjetivización entendida como práctica disciplinaria, advierte las falencias de tal tesis y trata de corregirla acudiendo a pensadores desde Hegel hasta el mencionado Althusser.
La relación entre el varón y la mujer tiene una raíz patriarcal; al retomar la célebre dialéctica hegeliana del Amo y el esclavo, Butler muestra que un extraño contrato los une: "El Esclavo dice: sé mi cuerpo para mí pero no me hagas saber que el cuerpo que tú eres es el mío". Zizek le opone la máxima lacaniana: "El deseo es siempre deseo del Otro".
El capítulo final se llama "¿Adónde va Edipo?". Dice Zizek que Lacan insistió en la historicidad del complejo edípico y concluye: nuestra elección básica reside en optar entre dos "pulsiones de muerte", una pulsión de muerte viene del superyó que pide gozar cada vez más, y la otra pulsión de muerte es la vida eterna sin muerte, el esfuerzo desesperado para no quedar atrapado en las garras del goce interminable.
Zizek presenta su libro como la cuestión quemante de formular un proyecto político de izquierda, ve en la social democracia y los intentos humanistas incluso el ecologismo y el multiculturalismo, falsos esquemas, meras ilusiones; prefiere elogiar al político conservador y al leninista, pues, dice, es auténtico político, en el sentido de asumir plenamente las consecuencias de su elección y saber "qué significa en realidad tomar el poder y ejercerlo".
¿Y el sujeto? La clave del espinoso sujeto, sostiene el autor, yace en el Dios cartesiano, un Dios voluntarista. 2+2 sería 5, escribió Descartes, si así lo hubiese querido la voluntad de Dios.
Yo me quedo con la interpretación clásica de Descartes y el "cogito", esto es, la genial tesis del "Pienso, luego existo", fe de bautismo de la filosofía moderna, filosofía de la cual seguimos viviendo todos, Zizek inclusive.
Erudito, apasionado, prolífico escritor, devoto del cine (en largos pasajes los verdaderos protagonistas del libro son filmes), Zizek nació en Ljubljana, Eslovenia, donde enseña, y da clases en París y Nueva York.
El también tiene un dios: el psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981); y vive habitado por una prosa peliaguda de extensión desmesurada, cuya estrategia radica en interpretar hechos y teorías con categorías lacanianas, esto le permite "confirmar" a cada paso el infalible saber del maestro, de tal modo su discurso, inmunizado contra toda crítica, se torna irrefutable. Y también espinoso, ahora en el sentido de que nadie puede tocarlo. Tradujo Jorge Piatigorsky.
(c) LA GACETA.
El peliagudo sujeto es el sujeto cartesiano. Dice Slavoj Zizek (pronúnciese slavoi jijek) que hoy, cuando la imputación de "subjetividad cartesiana" sirve para descalificar cualquier posición filosófica, él viene a reafirmar a Descartes, pero no en el sentido clásico del sujeto que encuentra en su pensar la inicial garantía de la verdad, sino en su reverso olvidado, en su "núcleo excedente".
El recorrido del libro tiene tres estaciones. En primer lugar, el idealismo alemán. La relectura de Lacan le permite a Zizek advertir el fracaso de Heidegger al interpretar a Kant, causado, según él, porque Heidegger se centró en la imaginación trascendental. Luego viene la filosofía política posterior a Louis Althusser (el filósofo loco que asesinó a su mujer), terreno cultivado por cuatro filósofos althusserianos, que más tarde siguieron diferentes caminos.
Uno es Alain Badiou, "lector de San Pablo". Zizek rechaza su idea de que el psicoanálisis no sirve para implementar una nueva praxis política, descubre en el francés un oculto kantismo y postula adherir a la tesis de Lacan: "La verdad tiene la estructura de una ficción". Los otros tres son Laclau, Balibar y Rancière.
La tercera y última parte es un largo análisis crítico de la obra de la feminista Judith Butler, quien toma como punto de partida la explicación de Foucault de la subjetivización entendida como práctica disciplinaria, advierte las falencias de tal tesis y trata de corregirla acudiendo a pensadores desde Hegel hasta el mencionado Althusser.
La relación entre el varón y la mujer tiene una raíz patriarcal; al retomar la célebre dialéctica hegeliana del Amo y el esclavo, Butler muestra que un extraño contrato los une: "El Esclavo dice: sé mi cuerpo para mí pero no me hagas saber que el cuerpo que tú eres es el mío". Zizek le opone la máxima lacaniana: "El deseo es siempre deseo del Otro".
El capítulo final se llama "¿Adónde va Edipo?". Dice Zizek que Lacan insistió en la historicidad del complejo edípico y concluye: nuestra elección básica reside en optar entre dos "pulsiones de muerte", una pulsión de muerte viene del superyó que pide gozar cada vez más, y la otra pulsión de muerte es la vida eterna sin muerte, el esfuerzo desesperado para no quedar atrapado en las garras del goce interminable.
Zizek presenta su libro como la cuestión quemante de formular un proyecto político de izquierda, ve en la social democracia y los intentos humanistas incluso el ecologismo y el multiculturalismo, falsos esquemas, meras ilusiones; prefiere elogiar al político conservador y al leninista, pues, dice, es auténtico político, en el sentido de asumir plenamente las consecuencias de su elección y saber "qué significa en realidad tomar el poder y ejercerlo".
¿Y el sujeto? La clave del espinoso sujeto, sostiene el autor, yace en el Dios cartesiano, un Dios voluntarista. 2+2 sería 5, escribió Descartes, si así lo hubiese querido la voluntad de Dios.
Yo me quedo con la interpretación clásica de Descartes y el "cogito", esto es, la genial tesis del "Pienso, luego existo", fe de bautismo de la filosofía moderna, filosofía de la cual seguimos viviendo todos, Zizek inclusive.
Erudito, apasionado, prolífico escritor, devoto del cine (en largos pasajes los verdaderos protagonistas del libro son filmes), Zizek nació en Ljubljana, Eslovenia, donde enseña, y da clases en París y Nueva York.
El también tiene un dios: el psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981); y vive habitado por una prosa peliaguda de extensión desmesurada, cuya estrategia radica en interpretar hechos y teorías con categorías lacanianas, esto le permite "confirmar" a cada paso el infalible saber del maestro, de tal modo su discurso, inmunizado contra toda crítica, se torna irrefutable. Y también espinoso, ahora en el sentido de que nadie puede tocarlo. Tradujo Jorge Piatigorsky.
(c) LA GACETA.
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