07 Abril 2002 Seguir en 

Al abrir este libro, el lector se encuentra con una vieja fotografía, donde se ve a una señora de negro, sentada, de rostro casi varonil y cuerpo robusto, y a su lado, de pie, una niña vestida de blanco, con medias tres cuarto, cara y complexión gráciles y un aire serio, de personita observadora y reconcentrada. La niña se llamaba María Iordanidu. La mujer de negro era su abuela, Loxandra.
Loxandra es la primera novela de María Iordanidu, escritora de lengua griega nacida en Estambul en 1897 y muerta en Atenas en 1985. Tenía sesenta y tres años cuando la escribió. No es indiferente el dato.
La novela acuerda una serena sapiencia vital, densa de experiencia y sutil de ironía, con una frescura casi infantil, como si la autora, rememorando a Loxandra, recuperara también la mirada de la niña que en la fotografía se toma del brazo de su abuela. "Dichoso aquel que vive en mansión heredada, / oye cantar los tordos que escuchó cuando niño", decía Arturo Marasso.
Dichoso aquel que revive en la mansión de su memoria -podríamos parafrasear aquí- las voces más queridas que escuchó de chico. Dichoso aquel que tuvo, además, una abuela como Loxandra.
Como eso de vivir "en mansión heredada", la historia de Loxandra no pertenece a nuestro tiempo. Transcurre en Constantinopla, en las últimas décadas del siglo XIX, y concluye en 1914, con la muerte de la protagonista. Está claro que con ella, ese año, quedó sepultada también una época.
Conmueve pensar en la infinidad de gestos, de usos y costumbres que los tiempos necesariamente van anonadando (Vladimir Holan soñaba un paraíso donde se escuchara el crujido del molinillo del café, como el que oía en las mañanas de su infancia), así como estremece imaginar al último hombre que habló un idioma, y se llevó consigo ese tesoro al fondo de la inexistencia (otro poeta ha recordado al mortal que dijo las postreras palabras de la lengua dálmata). En esta novela se pinta, sobre el trazo ocre de la sinopia del recuerdo, un fresco vívido y entrañable de la existencia familiar y la cultura doméstica de los griegos de Constantinopla. La traductora, Selma Ancira, apunta: "Desentrañamos significados de palabras que han estado en desuso hace casi cien años, penetramos en la lengua griega del Asia Menor, averiguamos recetas de guisos constantinopolitanos de los que no queda sino el recuerdo...".
No sé si al feminismo profesional podrán molestarle afirmaciones del tipo de "el hombre debe comer y beber exclusivamente de las manos de su mujer", pero hay que decir que el texto rezuma una feminidad profunda, hecha de detalles que sería demasiado prolijo enumerar. Sin duda una mujer podría descubrir en la novela mayor riqueza que este mero hombre que ahora la comenta.
Aunque Loxandra, como decía, pertenece a un pasado para siempre perdido, me ha parecido reconocer en sus rasgos los de algunas mujeres que conocí en los años vividos en el sur de Italia, reliquias de esa cultura campesina cuya desaparición Pasolini lamentaba. Podían quedarse de pie junto a la mesa donde i maschi comían, pero al lado de ellas los hombres parecían niños, o bien figuras decorativas. Cierta concordancia con las fuerzas elementales de la vida, cierta sensatez y ciencia perspicaz de lo terreno, solían conjugarse natural- mente con su ignorancia aldeana (me acuerdo que una me preguntó, en dialecto, dónde había estado antes de irme a vivir ahí; le respondí que en Florencia, y escuché que me decía: "Y allá, ¿en qué lengua se habla?"). Tampoco Loxandra tiene muy en claro dónde queda Europa, pero a su hijastro Theodorokós, empresario exitoso, que razona con las teorías del capitalismo colonial decimonónico ("el fuerte prospera, el débil se hunde", "el pez grande se come al chico", etc.), Loxandra le responde: "Sí, hijito, ¿pero acaso somos peces?".
Una sabiduría muy mediterránea, moldeada de minuciosa fruición sensitiva y de adhesión al destino, y una vitalidad arrolladora, hacen de Loxandra una figura emblemática. Su vozarrón, sus maldiciones, su franqueza imprudente, su entereza y su ternura, la vuelven, además, simpatiquísima. Por el hilo fuerte de esa vida, nos llega también la trama de los hechos de su familia y el tapiz de la Constantinopla finisecular, una ciudad de ciudades donde convivían turcos, griegos, armenios, kurdos...
Cada vez que la historia mete su cola en el relato, deja una marca sangrienta, tal como en la matanza de los armenios. Loxandra, griega ortodoxa, llama a los turcos "perros de Agar", lo cual no le impide invitar a tomar café todas las mañanas al sereno Alí, ni socorrer al vendedor de huevos Mustafá. La llaneza desprejuiciada, levemente socarrona, con que la autora presenta las contradicciones de su abuela y su ciudad natal, es otro de los múltiples encantos del libro.
(c) LA GACETA.
Loxandra es la primera novela de María Iordanidu, escritora de lengua griega nacida en Estambul en 1897 y muerta en Atenas en 1985. Tenía sesenta y tres años cuando la escribió. No es indiferente el dato.
La novela acuerda una serena sapiencia vital, densa de experiencia y sutil de ironía, con una frescura casi infantil, como si la autora, rememorando a Loxandra, recuperara también la mirada de la niña que en la fotografía se toma del brazo de su abuela. "Dichoso aquel que vive en mansión heredada, / oye cantar los tordos que escuchó cuando niño", decía Arturo Marasso.
Dichoso aquel que revive en la mansión de su memoria -podríamos parafrasear aquí- las voces más queridas que escuchó de chico. Dichoso aquel que tuvo, además, una abuela como Loxandra.
Como eso de vivir "en mansión heredada", la historia de Loxandra no pertenece a nuestro tiempo. Transcurre en Constantinopla, en las últimas décadas del siglo XIX, y concluye en 1914, con la muerte de la protagonista. Está claro que con ella, ese año, quedó sepultada también una época.
Conmueve pensar en la infinidad de gestos, de usos y costumbres que los tiempos necesariamente van anonadando (Vladimir Holan soñaba un paraíso donde se escuchara el crujido del molinillo del café, como el que oía en las mañanas de su infancia), así como estremece imaginar al último hombre que habló un idioma, y se llevó consigo ese tesoro al fondo de la inexistencia (otro poeta ha recordado al mortal que dijo las postreras palabras de la lengua dálmata). En esta novela se pinta, sobre el trazo ocre de la sinopia del recuerdo, un fresco vívido y entrañable de la existencia familiar y la cultura doméstica de los griegos de Constantinopla. La traductora, Selma Ancira, apunta: "Desentrañamos significados de palabras que han estado en desuso hace casi cien años, penetramos en la lengua griega del Asia Menor, averiguamos recetas de guisos constantinopolitanos de los que no queda sino el recuerdo...".
No sé si al feminismo profesional podrán molestarle afirmaciones del tipo de "el hombre debe comer y beber exclusivamente de las manos de su mujer", pero hay que decir que el texto rezuma una feminidad profunda, hecha de detalles que sería demasiado prolijo enumerar. Sin duda una mujer podría descubrir en la novela mayor riqueza que este mero hombre que ahora la comenta.
Aunque Loxandra, como decía, pertenece a un pasado para siempre perdido, me ha parecido reconocer en sus rasgos los de algunas mujeres que conocí en los años vividos en el sur de Italia, reliquias de esa cultura campesina cuya desaparición Pasolini lamentaba. Podían quedarse de pie junto a la mesa donde i maschi comían, pero al lado de ellas los hombres parecían niños, o bien figuras decorativas. Cierta concordancia con las fuerzas elementales de la vida, cierta sensatez y ciencia perspicaz de lo terreno, solían conjugarse natural- mente con su ignorancia aldeana (me acuerdo que una me preguntó, en dialecto, dónde había estado antes de irme a vivir ahí; le respondí que en Florencia, y escuché que me decía: "Y allá, ¿en qué lengua se habla?"). Tampoco Loxandra tiene muy en claro dónde queda Europa, pero a su hijastro Theodorokós, empresario exitoso, que razona con las teorías del capitalismo colonial decimonónico ("el fuerte prospera, el débil se hunde", "el pez grande se come al chico", etc.), Loxandra le responde: "Sí, hijito, ¿pero acaso somos peces?".
Una sabiduría muy mediterránea, moldeada de minuciosa fruición sensitiva y de adhesión al destino, y una vitalidad arrolladora, hacen de Loxandra una figura emblemática. Su vozarrón, sus maldiciones, su franqueza imprudente, su entereza y su ternura, la vuelven, además, simpatiquísima. Por el hilo fuerte de esa vida, nos llega también la trama de los hechos de su familia y el tapiz de la Constantinopla finisecular, una ciudad de ciudades donde convivían turcos, griegos, armenios, kurdos...
Cada vez que la historia mete su cola en el relato, deja una marca sangrienta, tal como en la matanza de los armenios. Loxandra, griega ortodoxa, llama a los turcos "perros de Agar", lo cual no le impide invitar a tomar café todas las mañanas al sereno Alí, ni socorrer al vendedor de huevos Mustafá. La llaneza desprejuiciada, levemente socarrona, con que la autora presenta las contradicciones de su abuela y su ciudad natal, es otro de los múltiples encantos del libro.
(c) LA GACETA.
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