07 Abril 2002 Seguir en 

Fue en París donde Oscar Wilde (1854-1900) vio por primera vez los dibujos que Aubrey Beardsley (1872-1898) había diseñado para La morte D?Arthur, del escritor renacentista inglés Sir Thomas Malory.
Entusiasmado, Wilde contrató a Beardsley para ilustrar la versión inglesa de su Salomé, cuya primera edición había sido francesa.
Wilde no quedó conforme con el trabajo del joven de veinte años, y no hubo amistad entre ellos, pero la asociación perduraría a través de las ediciones del sensual, intenso drama en el que el autor de La importancia de llamarse Ernesto reescribe el episodio bíblico de la muerte de Juan el Bautista.
El talento de estos dos victorianos irreverentes, brillantes y trágicos, se evidencia otra vez en esta edición en la que Salomé de Wilde y Bajo el monte, de Beardsley están ilustrados con el minucioso desborde del hábil plumín del segundo de ellos. Ediciones Abraxas completa esta publicación con atinadas notas de Jorge Sánchez, quien, además, traduce con eficacia.
La edición incluye el artículo de Rubén Darío publicado en La Nación de Buenos Aires el 10 de octubre de 1910, en el que elogia el arte de Beardsley, llamándolo "el Puck del dibujo", sin duda por su imaginación, su habilidad y por ese espíritu travieso que juega en los detalles, en esa celebración de la tinta china con que desarrolla sus escenas.
El libro resulta así una excelente lección de lo que se llamó "decadentismo". Los "decadentes", recordemos, sostenían que el arte es superior a la naturaleza y que la belleza más alta es la de aquello que está en su decadencia o cercano a la muerte.
Su ingenio, que no fue escaso, sirvió para atacar la rígida moral de la época.
Wilde teatraliza la historia de Salomé convirtiendo a la narración bíblica en un drama de venganza por un amor no correspondido, en un lenguaje tan poético en su dicción como en su ritmo y su poder evocativo. Le dice Salomé a la cabeza ya cercenada del Bautista: "¿Por qué no me miras, Juan? Si me hubieras mirado, me habrías amado. Sé que me hubieras amado, y el misterio del Amor es más grande que el misterio de la Muerte."
Sensible a la fuerza del texto, Richard Strauss lo usaría como libreto para su ópera Salomé, cuya "Danza de los siete velos" es tan conocida (o lo era, cuando la música clásica frecuentaba nuestra radiofonía).
Bajo el monte, suponemos que por estar inconcluso, no llega a contrastar la sensualidad pagana con la propuesta cristiana del amor puro, según la leyenda de Tannhäuser, que Richard Wagner convirtió en ópera.
Lo que pudo escribir Beardsley sobre la visita de Tannhäuser al palacio de Venus, en mi opinión, no pasa de ser un bello ejercicio retórico en el arte de la descripción.
Tal vez la temprana muerte del artista, a los veinticinco años, nos privó de las mejores páginas. Esta prosa habla de formas y colores, de texturas, de música sublime, de olores y sabores subyugantes, pero la única emoción que se atisba es la del placer sensual, y el único argumento, la satisfacción del deseo de los sentidos.
En un toque de refinado humor, vemos al protagonista escuchando a Wagner. ¿Caracterización? ¿qué es eso? la belleza, único fin del arte según Wilde, está presente, pero, si se me permite el oxímoron, con una profunda superficialidad.
Independientemente de nuestra reacción ante estos textos, el irlandés Wilde y el inglés Beardsley, válvulas de escape del recato victoriano, tienen mucho para decir a los nuevos públicos acerca de la insobornable libertad del artista.
(c) LA GACETA.
Entusiasmado, Wilde contrató a Beardsley para ilustrar la versión inglesa de su Salomé, cuya primera edición había sido francesa.
Wilde no quedó conforme con el trabajo del joven de veinte años, y no hubo amistad entre ellos, pero la asociación perduraría a través de las ediciones del sensual, intenso drama en el que el autor de La importancia de llamarse Ernesto reescribe el episodio bíblico de la muerte de Juan el Bautista.
El talento de estos dos victorianos irreverentes, brillantes y trágicos, se evidencia otra vez en esta edición en la que Salomé de Wilde y Bajo el monte, de Beardsley están ilustrados con el minucioso desborde del hábil plumín del segundo de ellos. Ediciones Abraxas completa esta publicación con atinadas notas de Jorge Sánchez, quien, además, traduce con eficacia.
La edición incluye el artículo de Rubén Darío publicado en La Nación de Buenos Aires el 10 de octubre de 1910, en el que elogia el arte de Beardsley, llamándolo "el Puck del dibujo", sin duda por su imaginación, su habilidad y por ese espíritu travieso que juega en los detalles, en esa celebración de la tinta china con que desarrolla sus escenas.
El libro resulta así una excelente lección de lo que se llamó "decadentismo". Los "decadentes", recordemos, sostenían que el arte es superior a la naturaleza y que la belleza más alta es la de aquello que está en su decadencia o cercano a la muerte.
Su ingenio, que no fue escaso, sirvió para atacar la rígida moral de la época.
Wilde teatraliza la historia de Salomé convirtiendo a la narración bíblica en un drama de venganza por un amor no correspondido, en un lenguaje tan poético en su dicción como en su ritmo y su poder evocativo. Le dice Salomé a la cabeza ya cercenada del Bautista: "¿Por qué no me miras, Juan? Si me hubieras mirado, me habrías amado. Sé que me hubieras amado, y el misterio del Amor es más grande que el misterio de la Muerte."
Sensible a la fuerza del texto, Richard Strauss lo usaría como libreto para su ópera Salomé, cuya "Danza de los siete velos" es tan conocida (o lo era, cuando la música clásica frecuentaba nuestra radiofonía).
Bajo el monte, suponemos que por estar inconcluso, no llega a contrastar la sensualidad pagana con la propuesta cristiana del amor puro, según la leyenda de Tannhäuser, que Richard Wagner convirtió en ópera.
Lo que pudo escribir Beardsley sobre la visita de Tannhäuser al palacio de Venus, en mi opinión, no pasa de ser un bello ejercicio retórico en el arte de la descripción.
Tal vez la temprana muerte del artista, a los veinticinco años, nos privó de las mejores páginas. Esta prosa habla de formas y colores, de texturas, de música sublime, de olores y sabores subyugantes, pero la única emoción que se atisba es la del placer sensual, y el único argumento, la satisfacción del deseo de los sentidos.
En un toque de refinado humor, vemos al protagonista escuchando a Wagner. ¿Caracterización? ¿qué es eso? la belleza, único fin del arte según Wilde, está presente, pero, si se me permite el oxímoron, con una profunda superficialidad.
Independientemente de nuestra reacción ante estos textos, el irlandés Wilde y el inglés Beardsley, válvulas de escape del recato victoriano, tienen mucho para decir a los nuevos públicos acerca de la insobornable libertad del artista.
(c) LA GACETA.
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