Máximo Etchecopar

Pensador, diplomático, caballero y amigo.

31 Marzo 2002
El día en que murió Juan B. Terán, en el verano de 1938, Ricardo de Lafuente Machain salió a la calle lleno de dolor por la triste noticia. Y narra que, cuando se abría paso entre la gente bulliciosa y despreocupada, ignorante de lo que la muerte acababa de arrebatar al país, sentía impulsos de detenerla para que se enterasen de que había concluido una vida de excepción.
Algo similar experimenté la noche del miércoles 20 de marzo, en que me avisaron, desde Buenos Aires, que ya no volvería a estar entre nosotros el doctor Máximo Etchecopar. Durante más de treinta años, si no cuento mal, me honró con su amistad, sus confidencias, su generosidad. Creo que eso me autoriza a decir algo sobre el gran tucumano y gran argentino a quien mucho quise y mucho admiré.
Supongo conocidos los datos biográficos de este abogado nacido en 1912, que prefirió el cuerpo diplomático a los Tribunales, y que representó brillantemente a la República como embajador en los más importantes destinos. Igualmente sabido es el hecho de que, desde las filas del nacionalismo, tuvo una desvelada preocupación por el país.
Rastreó su identidad y le propuso nuevos rumbos, a través de una multitud de ensayos de mirada profunda y de pensamiento ajustado. Tales escritos son de consulta obligada a la hora de estudiar las ideas de la derecha argentina. Nunca dejó de acercar su aporte a todo lo que significara pensar francamente al país con sus luces y sus sombras. Fue una preocupación a la que su espíritu se mostró fiel sin desmayos, como que los últimos escritos de Etchecopar datan de los meses inmediatamente previos a su nonagésimo cumpleaños.
Debe marcarse el hecho de que, a diferencia de la mayoría de los escritores de su ideario, la prosa de Etchecopar pudo prescindir saludablemente tanto de los fragores de la barricada como de las sucesivas jergas universitarias de moda. Era siempre medida; buscaba la precisión de la idea y no le interesaban los "efectos especiales". Tenía aquel don que un historiador percibió en uno de nuestros grandes políticos del siglo pasado: el de decir "cosas fuertes con voz suave".
Es que así era su persona. Era un hombre exquisitamente educado, incapaz de molestar al interlocutor, aunque su pensamiento estuviera en las antípodas. No tenía miedo a las ideas, pero le parecía que los seres siempre podían hallar un punto de coincidencia, si dialogaban para tratar de entenderse y no para quedar cada uno orgullosamente encerrado en su verdad. Por eso sabía escuchar con paciencia y con atención. Y por eso fue considerado y respetado por todos aquellos con quienes trató en el devenir de su larga vida.
Etchecopar tenía una vastísima cultura. En "Historia de una afición a leer" contaría su primera inmersión en los libros de la rica biblioteca paterna, en Tucumán. Después formaría la propia. Un fantástico conjunto que alcancé a ver desplegado en las paredes de su casa de la calle Dardo Rocha, en ese escritorio que se abría sobre el jardín de la planta baja. Después, al enviudar y luego trasladarse a un departamento, se vio forzado a reducir ese caudal, tras una selección que le sirvió -me contaba- para definir la pulpa de sus intereses intelectuales. Aunque siempre conservó ciertos tesoros de bibliófilo que, ante el pedido insistente, accedía a mostrar con íntima complacencia.
El gusto por los libros lo acercó a José Ortega y Gasset, en 1939. En páginas ejemplares por la discreción y por la ausencia de autombombo, ha narrado aquel episodio de 1939.
Asistía a las conferencias porteñas del filósofo, en el local de los Amigos del Arte. Allí escuchó a Ortega lamentarse de no tener a mano una buena edición de Cicerón.
Sucedió que Etchecopar guardaba en su casa las "Obras Completas" del gran orador, en la cotizada edición de Firmin Didot, que había pertenecido a su padre. Sin pensarlo dos veces, puso los cinco tomos en un paquete y lo dejó, con una tarjeta, en la portería de la casa donde residía el disertante. El gesto conmovió a este, y fue el comienzo de una amistad que Etchecopar atesoraría como algo invalorable. Así, a las 27 años, vivió la formidable experiencia de recorrer a diario las calles de Buenos Aires conversando con Ortega y Gasset.
El caso me trae a otra característica del trato de Máximo Etchecopar. Me refiero a su discreción, a su instintivo rechazo hacia todo lo que significara ponerse en primer lugar, o alardear de la gente importante que había tratado. Su vida lo había llevado a ser conocido y estimado por hombres y mujeres de gran significación. Sin embargo, cuando se mencionaba a estos últimos, jamás mentaba su vinculación. Tenía que estar muy en confianza y muy presionado por amigos para hablar de tales cosas.
Así es que, por ejemplo, pocos sabían que cuando concluyó su destino de embajador en México, los más destacados politólogos de ese país escribieron un libro de ensayos en su homenaje. Se titulaba, precisamente, "Máximo Etchecopar en México".
Me consta su enorme generosidad para dedicar tiempo y preocupación sincera a la tarea intelectual ajena, que alentaba con espíritu abierto y entusiasta. Su conversación era la de un hombre de mundo. Ningún tema dejaba de interesarle, y sobre todos era capaz de decir cosas inteligentes. Muchas veces, los asuntos aparentemente más superficiales obraban sobre su conversación como disparadores de cuestiones profundas. De tanto en tanto, enviaba a LA GACETA Literaria alguna colaboración: notas breves que mostraban el ancho arco de sus preocupaciones y lo profundo de su sensibilidad.
Si había en Máximo Etchecopar una impar distinción intelectual, la había también, y no podía ser de otro modo, en su apostura física, en su vestimenta, en sus hábitos, en sus maneras, en su modo de actuar. No creo haber conocido nunca -y sospecho que ya no conoceré- a un hombre con esas condiciones, que resultan doblemente esplendorosas en un mundo caracterizado por la chabacanería. El rey Jaime I de Inglaterra decía: "Puedo hacer un Lord, pero solamente Dios Todopoderoso puede hacer un caballero". Sin duda alguna, Máximo Etchecopar lo era en toda la dimensión del término.
Cada vez que viajaba a Buenos Aires, visitarlo era uno de los grandes placeres. Me llegaba hasta lo más profundo la ancha cordialidad de su abrazo de bienvenida: después, venía esa conversación donde tocábamos todos los temas y de la cual saqué tantas enseñanzas sin que él se propusiera impartírmelas. De tantos encuentros, de tantas caminatas juntos, de tantos largos y decidores almuerzos, tengo un recuerdo gratísimo. No sería capaz de ponerlo en palabras pero lo conservo junto a mi corazón.
Tuvo la fortuna de poseer un excelente estado físico hasta hace unos tres años, es decir hasta sus 87 primaveras. En 1997 hizo una última visita a Tucumán, con motivo del centenario de su tío abuelo, el ilustre sacerdote Augusto Etchecopar, dilecto discípulo de San Miguel Garicoits. Poco después, empezó a flaquear su movilidad, aunque jamás declinaron su lúcida inteligencia ni su capacidad para comunicarse, con el entusiasmo de siempre, con los fieles amigos que visitaban casi diariamente su casa.
Así tuve el enorme gusto de verlo, en los últimos meses del año pasado, siempre hospitalario y encantador. Tanto, que ingenuamente pensé que podríamos encontrarnos todavía muchas otras veces, para reanudar ese diálogo tan grato, tan estimulante. Dios dispuso otra cosa y sólo me es posible escribir estas líneas que contienen un adiós, triste y agradecido, al inolvidable amigo.

(c) LA GACETA

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