31 Marzo 2002 Seguir en 

El Nino, obra que inicia esta tercera entrega de las obras de teatro de Rodolfo Modern, pinta con trazos seguros a un personaje típico de la sociedad argentina: el inescrupuloso. Admirado por sus amigos del café (la primera escena es la más lograda por su manejo del lenguaje popular), Nino trabaja en un bar en donde logra ascender mediante un chantaje. Más tarde seduce a Rita, una jovencita de la cual está enamorado su hermano menor, Fermín, fingiéndose ser un militar.
La mentira es descubierta por La Tana, amante del fabulador. El epílogo -una glosa del refrán "Quien mal anda, mal acaba"- muestra a Nino, pobre y arruinado, compartiendo su licor con un mendigo y haciéndose detener por la policía para tener esa noche abrigo y un poco de comida.
Estructurada como el clásico triángulo amoroso "mujer-marido-amante" la acción Cuarteto de cámara transcurre en la suite de un lujoso hotel de Buenos Aires. Fedor Rogoshin, talentoso violinista ruso, a quien acompaña desde hace treinta años su compatriota, el pianista Vladimir Krasinski, está en la cumbre de su carrera. Pero su mujer, Irina, ex dama de corte en el régimen zarista, lo engaña y lo ha engañado desde hace tres décadas con Krasinski. Rodión, hijo de Fedor e Irina, sorprende a los amantes y se suicida.
Contaminados, otra de las obras de esta colección, tiene también tintes melodramáticos y un nuevo triángulo amoroso. Nada más que los personajes pertenecen a una clase media baja. Elena, mujer de Mario, no puede soportar el despotismo de su marido, empleado en una empresa de aguas corrientes, y lo engaña con don Claudio, un pensionista y jubilado que le sirve de consuelo. Para completar el cuadro familiar, Delfina, una hija adolescente, se prostituye para lograr mejorar la economía familiar y corromper a su hermano mayor, Fabricio, un vago al que sólo le interesa leer. El final se desencadena cuando el padre de familia comete un error técnico y contamina las aguas de la ciudad. Madre, amante, e hijos lo abandonan sumido en la desesperación.
Los reinos e Interludio celeste tienen un tratamiento especial. La primera es una fábula donde dialogan un laurel, un olivo, un cerezo, una hormiga reina y un pedazo de hierro. La hormiga hace la apología del estado totalitario donde vive y los árboles (los actores deben llevar carteles que los identifiquen) ponderan sus virtudes simbólicas. Finalmente, el hombre, el gran depredador, los destruye a todos. Tanto esta pieza como la última carecen mayormente de acción. Sus diálogos son lo que en dramaturgia se llaman "falsos diálogos", es decir que no vectorizan a los actantes que componen el sistema de fuerzas de las situaciones y por ello en escena sólo se dicen cosas, muchas de ellas interesantes y hasta poéticas.
(c) LA GACETA
La mentira es descubierta por La Tana, amante del fabulador. El epílogo -una glosa del refrán "Quien mal anda, mal acaba"- muestra a Nino, pobre y arruinado, compartiendo su licor con un mendigo y haciéndose detener por la policía para tener esa noche abrigo y un poco de comida.
Estructurada como el clásico triángulo amoroso "mujer-marido-amante" la acción Cuarteto de cámara transcurre en la suite de un lujoso hotel de Buenos Aires. Fedor Rogoshin, talentoso violinista ruso, a quien acompaña desde hace treinta años su compatriota, el pianista Vladimir Krasinski, está en la cumbre de su carrera. Pero su mujer, Irina, ex dama de corte en el régimen zarista, lo engaña y lo ha engañado desde hace tres décadas con Krasinski. Rodión, hijo de Fedor e Irina, sorprende a los amantes y se suicida.
Contaminados, otra de las obras de esta colección, tiene también tintes melodramáticos y un nuevo triángulo amoroso. Nada más que los personajes pertenecen a una clase media baja. Elena, mujer de Mario, no puede soportar el despotismo de su marido, empleado en una empresa de aguas corrientes, y lo engaña con don Claudio, un pensionista y jubilado que le sirve de consuelo. Para completar el cuadro familiar, Delfina, una hija adolescente, se prostituye para lograr mejorar la economía familiar y corromper a su hermano mayor, Fabricio, un vago al que sólo le interesa leer. El final se desencadena cuando el padre de familia comete un error técnico y contamina las aguas de la ciudad. Madre, amante, e hijos lo abandonan sumido en la desesperación.
Los reinos e Interludio celeste tienen un tratamiento especial. La primera es una fábula donde dialogan un laurel, un olivo, un cerezo, una hormiga reina y un pedazo de hierro. La hormiga hace la apología del estado totalitario donde vive y los árboles (los actores deben llevar carteles que los identifiquen) ponderan sus virtudes simbólicas. Finalmente, el hombre, el gran depredador, los destruye a todos. Tanto esta pieza como la última carecen mayormente de acción. Sus diálogos son lo que en dramaturgia se llaman "falsos diálogos", es decir que no vectorizan a los actantes que componen el sistema de fuerzas de las situaciones y por ello en escena sólo se dicen cosas, muchas de ellas interesantes y hasta poéticas.
(c) LA GACETA
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