Cuando partículas de cristal se transforman en vida orgánica

EL PROCEDiMIENTO, Harry Mulisch. (Tusquets-Barcelona)

31 Marzo 2002
Hay un tema central en esta novela de Mulisch: la creación del hombre por el hombre. Se dirá que es un mecanismo prosaico y cotidiano en el que se sustenta la supervivencia de la especie, pero no me refiero a la fecundación natural o artificial del óvulo que suele preñar a la mujer, sino a la creación de vida a partir de un trozo de materia inerte. A eso se dedica el héroe de El procedimiento. Se trata de un tal Víctor Werker, científico él, que ha dado con el artificio químico capaz de transformar minúsculas partículas de cristal en vida orgánica, apodando a su criatura con el mote de eobionte.
¿Quién es este nuevo ente que habita el orbe y le ha deparado a su creador un súbito reconocimiento mundial? Pues, claro está, un descendiente ante todo de Adán, creado por el verbo de Dios, y también un remedo del Golem, ese raro espécimen creado por los cabalistas con un puñado de barro para probar el poder de las letras sagradas, y hasta quizá una variación del Frankenstein de María Shelley, o ¿por qué no? un competidor de la clonación (que, a diferencia de su invento, requiere la preexistencia de una vida para su reproducción). Lo que fuera, le sirve de excelente excusa al autor para crear un texto fascinante, lleno de reflexiones, ironías y guiños sobre las ambiciones genéticas de la civilización y "de un modo mucho más intimista" sobre la agonía y las contradicciones de un hombre que, habiendo trascendido los límites de la naturaleza, debe enfrentarse con una trágica certeza personal: su mujer ha dado a luz una hija muerta.
Pero no hay golpes bajos. Estamos ante un autor que construye una pietá plena de hondura y refinamiento, respetuosa para con el dolor de los personajes y para con las complicidades del lector. Una ética de la narración que se palpita a lo largo de toda la novela y muy vívidamente en su nudo central: la prisión emocional de Víctor Werker, cuya existencia se debate entre su exultante Génesis profesional y su desolador Apocalipsis íntimo. Porque ese es, en definitiva, el tema de El procedimiento: la capacidad del hombre para asimilar la vida y la muerte. Y esta última, tanto física como afectiva, si nos atenemos a otras dos carencias que gravitan en la zozobra interior del personaje: el abandono de su madre cuando aún era un niño y el abandono de su mujer ante las frustrantes circunstancias del parto.
Con este drama esencial, Mulisch ha elaborado una novela magnífica, donde (como ya lo hiciera en ese microcosmos de hallazgos, conjeturas y paradojas que fue su anterior El descubrimiento del cielo) incursiona con notable elegancia y habilidad en un sincretismo de procedimientos formales: el género histórico, el epistolar, la aparente dislocación posmoderna, el informe científico y un intenso thriller final que presenta todos los síntomas de una redención metafísica. Todo esto, desplegado de un modo fluido, con una prosa que elude el artificio retórico y una erudición nada jactanciosa (más bien lúdica) puesta siempre al servicio de la historia.De atenernos a su curriculum, no sorprenderá la ductilidad expresiva de Mulisch, quien ha abrevado con pareja suerte en los misterios de la poesía, el cuento, el ensayo, el teatro y el periodismo, y cuyo nombre viene sonando reiteradamente entre los candidatos al Nobel.
Curioso resulta, en todo caso, que este prestigioso autor (quizá junto a Hugo Claus y Cees Nootemboom, uno de los más leídos en lengua flamenca), sin abjurar de una obra de marcados rasgos intelectuales, goce hoy en Holanda (su país de origen) casi del mismo status popular que una estrella cinematográfica.
"Las paradojas han signado mi visión de la vida y del universo", declaró alguna vez el autor, a propósito de un dato de su biografía que suscita cierto misterio y cierto morbo: Mulisch es hijo de una madre judía y un padre ario que fue colaboracionista de los nazis, en connivencia con quienes fundó el banco donde se depositaron los bienes de las víctimas holandesas del Holocausto. "Esa ambigüedad pobló mi infancia: por un lado, el conocimiento de la conducta de mi padre; por el otro, la evidencia de que sin sus influencias mi madre y yo hubiésemos estado condenados a morir".

(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios