31 Marzo 2002 Seguir en 

Cada cultura genera hábitos (gustos, actitudes, preferencias) que diseñan su fisonomía propia. La filosofía francesa de los dos últimos tercios del siglo pasado ha ido progresivamente afinando su gusto por una solemne frivolidad.
Asumió en tono declamatorio de quien describe el apocalipsis y el hábito singular de los virajes intelectuales hacia cualquier rumbo en el mejor estilo de la moda y sus pasarelas femeninas.
El libro que comento se inscribe en ambas prácticas. Por ejemplo, luego de mostrar con buenas razones (en contra de J. Derrida y sus seguidores) que el nazismo de Heidegger no puede ser un humanismo, los autores se inclinan hacia la defensa de un Sartre comprometido con la defensa de muchos de los crímenes comunistas: "como todos sabemos, ?más vale equivocarse con Sartre que tener razón con Aron?, una fórmula que ilustra perfectamente los valores en los cuales se reconoce y se autolegitima la corporación de los intelectuales" (p 22). ¿Por qué reconocer "autoridad moral" a Sartre y desconocerla a un nazi como Heidegger cuando ambos seguían la lógica del "intelectual comprometido"?
Otro ejemplo. Los autores acusan a los heideggerianos franceses de cometer "contorsiones intelectuales y manipulaciones de la historia de la filosofía literalmente alucinantes" (p 17). Pero están lejos de advertir las propias.
Como esta: toda vez que aluden a la democracia occidental, la califican despectivamente como "irracionalismo inherente a un mundo por completo dominado por esta razón irracional que es la razón instrumental o técnica" (p 24); "sociedad burocrática, represora, disciplinaria y consumidora de Occidente" (p 28); hablan de "salvar el pensamiento ante el hundimiento general de la humanidad en el mercantilismo norteamericanizado" (p. 29). ¿Qué contorsión intelectual es preciso ejecutar para pretender ubicarse ante la barbarie totalitaria comunista y el estado liberal occidental, y juzgar desde allí que ambos son "dos rostros del totalitarismo"? ( p128)Por momentos despunta en el libro el móvil real de semejante acrobacia: "el individualismo democrático" posee una dinámica que "es la erosión progresiva de los contenidos tradicionales de la religión y de la filosofía... de los contenidos de la política y de la historia... implica la disolución progresiva de las referencias heredadas del pasado o... su permanente revolución... al mismo tiempo que se desdibuja el mundo de la tradición, tanto más numerosos son los aspectos de la vida intelectual, pero también cotidiana, que se incorporan en la esfera de la interrogación individual" (p 122). Este certero diagnóstico del occidente libre revela el vértigo intolerable que produce, en el "intelectual comprometido" con utopías (nazis, comunistas o talibanas) la realidad de hoy: lo real excede los límites de la utopía, se muestra abierto indefinidamente a una exploración libertaria. ¿Y no era acaso ese el argumento de los autores para descalificar -con razón- al nazismo como humanismo, ya que el nazismo defiende "un modo esencial" del ser del hombre ("la raza aria", el resto no es humano y merece el exterminio), mientras que el humanismo es el reconocimiento del ser humano como libre, sin esencias, al que su sola existencia le ha sido dada y él debe construir su humanidad? ¿Acaso no es ese el camino que empezó a recorrer con tantas dificultades nuestro occidente libre?
Es patético ver las acrobacias intelectuales para no ver lo que hay y para ver lo que no hay; para ocultar sus añoranzas por tiempos premodernos en ficciones utópicas que nada tuvieron de "ideales" sino mucho de concretas monstruosidades.
En todo caso, el libro que comento no presenta un tercer síntoma ampliamente difundido entre la autodenominada "intelligentsia" francesa: la niebla conceptual heredada de Alemania. El libro es claro y por momentos estimula a repensar asuntos centrales del mundo actual.
(c) LA GACETA
Asumió en tono declamatorio de quien describe el apocalipsis y el hábito singular de los virajes intelectuales hacia cualquier rumbo en el mejor estilo de la moda y sus pasarelas femeninas.
El libro que comento se inscribe en ambas prácticas. Por ejemplo, luego de mostrar con buenas razones (en contra de J. Derrida y sus seguidores) que el nazismo de Heidegger no puede ser un humanismo, los autores se inclinan hacia la defensa de un Sartre comprometido con la defensa de muchos de los crímenes comunistas: "como todos sabemos, ?más vale equivocarse con Sartre que tener razón con Aron?, una fórmula que ilustra perfectamente los valores en los cuales se reconoce y se autolegitima la corporación de los intelectuales" (p 22). ¿Por qué reconocer "autoridad moral" a Sartre y desconocerla a un nazi como Heidegger cuando ambos seguían la lógica del "intelectual comprometido"?
Otro ejemplo. Los autores acusan a los heideggerianos franceses de cometer "contorsiones intelectuales y manipulaciones de la historia de la filosofía literalmente alucinantes" (p 17). Pero están lejos de advertir las propias.
Como esta: toda vez que aluden a la democracia occidental, la califican despectivamente como "irracionalismo inherente a un mundo por completo dominado por esta razón irracional que es la razón instrumental o técnica" (p 24); "sociedad burocrática, represora, disciplinaria y consumidora de Occidente" (p 28); hablan de "salvar el pensamiento ante el hundimiento general de la humanidad en el mercantilismo norteamericanizado" (p. 29). ¿Qué contorsión intelectual es preciso ejecutar para pretender ubicarse ante la barbarie totalitaria comunista y el estado liberal occidental, y juzgar desde allí que ambos son "dos rostros del totalitarismo"? ( p128)Por momentos despunta en el libro el móvil real de semejante acrobacia: "el individualismo democrático" posee una dinámica que "es la erosión progresiva de los contenidos tradicionales de la religión y de la filosofía... de los contenidos de la política y de la historia... implica la disolución progresiva de las referencias heredadas del pasado o... su permanente revolución... al mismo tiempo que se desdibuja el mundo de la tradición, tanto más numerosos son los aspectos de la vida intelectual, pero también cotidiana, que se incorporan en la esfera de la interrogación individual" (p 122). Este certero diagnóstico del occidente libre revela el vértigo intolerable que produce, en el "intelectual comprometido" con utopías (nazis, comunistas o talibanas) la realidad de hoy: lo real excede los límites de la utopía, se muestra abierto indefinidamente a una exploración libertaria. ¿Y no era acaso ese el argumento de los autores para descalificar -con razón- al nazismo como humanismo, ya que el nazismo defiende "un modo esencial" del ser del hombre ("la raza aria", el resto no es humano y merece el exterminio), mientras que el humanismo es el reconocimiento del ser humano como libre, sin esencias, al que su sola existencia le ha sido dada y él debe construir su humanidad? ¿Acaso no es ese el camino que empezó a recorrer con tantas dificultades nuestro occidente libre?
Es patético ver las acrobacias intelectuales para no ver lo que hay y para ver lo que no hay; para ocultar sus añoranzas por tiempos premodernos en ficciones utópicas que nada tuvieron de "ideales" sino mucho de concretas monstruosidades.
En todo caso, el libro que comento no presenta un tercer síntoma ampliamente difundido entre la autodenominada "intelligentsia" francesa: la niebla conceptual heredada de Alemania. El libro es claro y por momentos estimula a repensar asuntos centrales del mundo actual.
(c) LA GACETA
Lo más popular






