31 Marzo 2002 Seguir en 

Poco después de publicado este libro, Albert Calsamiglia Blancafort moría en Barcelona, a los 51 años. Era abogado, profesor y director del Area de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra, entre cuyos fundadores se contó y de la que llegó a ser vicerrector. Venía de la jurisprudencia, desde luego, pero a la vez de la filosofía, gracias al pathos filosófico que aprendió en su padre.
De entrada aborda el gran problema de las sociedades contemporáneas: la corrupción. Suele decirse que si ciudadanos, gobernantes y funcionarios actuaran cumpliendo las reglas éticas, la corrupción dejaría de existir. El autor señala que tal supuesto no es realista, pues la dificultad del Estado para defenderse de la corrupción reside en la atomización de individuos en la sociedad actual. Ante la marcha triunfal del modelo del homo economicus egoísta que vive pensando sólo en obtener siempre las máximas ganancias, Calsamiglia opone un freno eficaz: la lealtad.
El concepto de lealtad es relacional, pues designa un vínculo que, además de generar obligaciones, implica una especial consideración por los intereses de otra persona, grupo o institución y de ello resulta un trato diferenciado, en razón del valor que se concede a esa relación. La lealtad es algo más que un hábito, es el reconocimiento de una obligación.
Y no es necesariamente una virtud, sino que cabe incluirla en la familia de conceptos como la benevolencia, el patriotismo y la amistad. Es, pues, un concepto dependiente de valores y por tanto normativo, y es a un tiempo un concepto controvertido, pues caben en su seno valores diferentes y hasta contrapuestos; ejemplos clásicos de conceptos controvertidos son la justicia y la igualdad.
Ahora bien, la lealtad no se presenta como una relación universal sino como una relación particular. Decimos que Ernesto es leal a su mujer, Andrea es leal a su profesión, Gustavo es leal a sus amigos y Marcela es leal a su patria. El liberalismo desconfió de la lealtad porque el Antiguo Régimen, en el medioevo, descansaba en una red de lealtad.
Calsamiglia, si bien no ignora que suelen presentarse conflictos a causa del pluralismo valorativo, argumenta -a mi juicio con razón- que la lealtad no tiene por qué ser contraria a los componentes básicos del liberalismo, en la medida en que el liberalismo eduque en la lealtad a la democracia, a la cooperación, a la solidaridad y a la equidad. No pocas veces los Estados Liberales han sido demasiado neutrales en el ámbito educativo. (La posibilidad de integrar la lealtad en el marco del liberalismo universalista también es defendida, entre otros, por el eminente filósofo John Rawls en el prefacio a su obra El Liberalismo Político, 1993.)
¿Y qué debe hacerse para ser leal? El mínimo de lealtad, en tanto condición necesaria, es la obligación de no traicionar; el máximo de lealtad es la identificación total. Entre ambos extremos, el autor se inclina, con sesgo aristotélico, al término medio: la auténtica lealtad exige algo más que evitar la traición y algo menos que la obediencia ciega.Un punto interesante es la lealtad crítica. Permanecer, por ejemplo, en una organización porque todavía se cree posible llegar a ver a dicha organización defendiendo los intereses que uno piensa que debería defender. Lealtad crítica es luchar con argumentos y una de sus funciones esenciales es ofrecer alternativas ante la situación de crisis, y aquí resalta la importancia de la voz, pues los regímenes que ahogan las voces, ahogan también, con ellas, la capacidad de generar soluciones.En el tema del nacionalismo, el autor encuentra en la noción de nosotros un concepto clave; aceptarla, dice, es dividir el mundo en "nosotros" y "ellos", mas esta distinción no tiene por qué ser belicosa. Calsamiglia no oculta su simpatía hacia un nacionalismo liberal: "en la cultura liberal caben el pluralismo de los valores y una actitud más humilde acerca de las posibilidades de la razón". Resuenan los sensatos ecos de Alexis de Tocqueville e Isahia Berlin.
Trabajo atractivo y muy bien documentado, esto no hace sino aumentar nuestra pena por su temprana muerte. A veces las tesis de autores se acumulan y la prosa semeja las entradas de términos de un diccionario, pero la concisión -que acaso bebió en su lectura de los ingleses- salva cualquier exceso.
(c) LA GACETA
De entrada aborda el gran problema de las sociedades contemporáneas: la corrupción. Suele decirse que si ciudadanos, gobernantes y funcionarios actuaran cumpliendo las reglas éticas, la corrupción dejaría de existir. El autor señala que tal supuesto no es realista, pues la dificultad del Estado para defenderse de la corrupción reside en la atomización de individuos en la sociedad actual. Ante la marcha triunfal del modelo del homo economicus egoísta que vive pensando sólo en obtener siempre las máximas ganancias, Calsamiglia opone un freno eficaz: la lealtad.
El concepto de lealtad es relacional, pues designa un vínculo que, además de generar obligaciones, implica una especial consideración por los intereses de otra persona, grupo o institución y de ello resulta un trato diferenciado, en razón del valor que se concede a esa relación. La lealtad es algo más que un hábito, es el reconocimiento de una obligación.
Y no es necesariamente una virtud, sino que cabe incluirla en la familia de conceptos como la benevolencia, el patriotismo y la amistad. Es, pues, un concepto dependiente de valores y por tanto normativo, y es a un tiempo un concepto controvertido, pues caben en su seno valores diferentes y hasta contrapuestos; ejemplos clásicos de conceptos controvertidos son la justicia y la igualdad.
Ahora bien, la lealtad no se presenta como una relación universal sino como una relación particular. Decimos que Ernesto es leal a su mujer, Andrea es leal a su profesión, Gustavo es leal a sus amigos y Marcela es leal a su patria. El liberalismo desconfió de la lealtad porque el Antiguo Régimen, en el medioevo, descansaba en una red de lealtad.
Calsamiglia, si bien no ignora que suelen presentarse conflictos a causa del pluralismo valorativo, argumenta -a mi juicio con razón- que la lealtad no tiene por qué ser contraria a los componentes básicos del liberalismo, en la medida en que el liberalismo eduque en la lealtad a la democracia, a la cooperación, a la solidaridad y a la equidad. No pocas veces los Estados Liberales han sido demasiado neutrales en el ámbito educativo. (La posibilidad de integrar la lealtad en el marco del liberalismo universalista también es defendida, entre otros, por el eminente filósofo John Rawls en el prefacio a su obra El Liberalismo Político, 1993.)
¿Y qué debe hacerse para ser leal? El mínimo de lealtad, en tanto condición necesaria, es la obligación de no traicionar; el máximo de lealtad es la identificación total. Entre ambos extremos, el autor se inclina, con sesgo aristotélico, al término medio: la auténtica lealtad exige algo más que evitar la traición y algo menos que la obediencia ciega.Un punto interesante es la lealtad crítica. Permanecer, por ejemplo, en una organización porque todavía se cree posible llegar a ver a dicha organización defendiendo los intereses que uno piensa que debería defender. Lealtad crítica es luchar con argumentos y una de sus funciones esenciales es ofrecer alternativas ante la situación de crisis, y aquí resalta la importancia de la voz, pues los regímenes que ahogan las voces, ahogan también, con ellas, la capacidad de generar soluciones.En el tema del nacionalismo, el autor encuentra en la noción de nosotros un concepto clave; aceptarla, dice, es dividir el mundo en "nosotros" y "ellos", mas esta distinción no tiene por qué ser belicosa. Calsamiglia no oculta su simpatía hacia un nacionalismo liberal: "en la cultura liberal caben el pluralismo de los valores y una actitud más humilde acerca de las posibilidades de la razón". Resuenan los sensatos ecos de Alexis de Tocqueville e Isahia Berlin.
Trabajo atractivo y muy bien documentado, esto no hace sino aumentar nuestra pena por su temprana muerte. A veces las tesis de autores se acumulan y la prosa semeja las entradas de términos de un diccionario, pero la concisión -que acaso bebió en su lectura de los ingleses- salva cualquier exceso.
(c) LA GACETA
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