EL DOCTOR JOSE IGNACIO ARAOZ JUNTO A SU HIJO JOSE IGNACIO.
31 Marzo 2002 Seguir en 

Querida María Florencia: Gracias por el envío de tu libro José Ignacio Aráoz, una vida tucumana (1875-1941), que leí con placer y me pareció estupendo. Son muy buenas las líneas de Carlos Páez de la Torre (h), en "In memoriam" de tu padre y la bella semblanza que escribió tu hermana Elena. El libro está excelentemente editado por el "Centro cultural Alberto Rougés de la Fundación Miguel Lillo", y es expresión de la buena calidad alcanzada por la industria gráfica de Tucumán.
1) Tratándose de una biografía de tu abuelo podrían haberse deslizado algunas licencias: la acogida de datos de familia no documentados y recuerdos de transmisión oral, cuya imprecisa inmediatez sacrificaría la necesaria distancia que impone una búsqueda objetiva. Pero no fue así. El libro es una minuciosa investigación histórica con valiosos agregados documentales. Y además está escrito en una prosa sobria, vivaz y comunicativa que permite seguir con interés las peripecias de un ser muy atractivo. A través de tu dibujo echa a andar en tierras tucumanas un personaje hamletiano, casi siempre tenso entre opuestos que se empeña en armonizar. Por un lado es un conservador nato apegado a nobles tradiciones; por otro, no quiere desoír el llamado de los tiempos nuevos. La aparición del radicalismo en la vida pública le producía escozor porque veía pura demagogia populista en su lenguaje. (La misma reacción tuvo mi generación, más tarde, con el surgimiento del peronismo.) Pese a ese "escozor", su vocación por lo complementario y su sensibilidad para lo nuevo contribuyeron a que su amigo Miguel Campero (radical) hiciera una gobernación "ordenada y progresista" (p. 92).
2) Otro desgarro de José Ignacio: su lealtad a industriales azucareros porque constituyen el sostén económico de la provincia, por un lado, y su defensa de los agricultores a raíz de sentimientos de justicia, por otro. Comprendió las necesidades de ambos grupos y sus propuestas de armonización fueron -en el plano político- la "concentración agraria", luego el "partido agrario" y, finalmente, el "partido demócrata nacional". Esta evolución está trazada en tu libro con el máximo cuidado y solvencia. Además constato que tu personaje casi siempre busca conjunciones y síntesis. Hacer esto exige un ánimo creador y una visión más amplia que la opción por disyunciones y rupturas violentas. Calificar a personalidades así de "acuerdistas" -como algunos hicieron en tono despectivo- resulta bastante miope. Esto lo marcas muy bien.
3) Tu libro permite acceder a lo íntimo de una vida noble y quijotesca. Es una investigación severa, sin afeites literarios ni caídas en la complicidad familiar, y sin embargo conmovedora. Es cierto que el centro de la acción de José Ignacio fue político, pero asumido como la expresión colectiva de un interés más profundo: el de la educación. Yo estoy de acuerdo contigo en ese enfoque, siempre que se entienda educar en el sentido sarmientino de civilizar. Sólo dentro de esta tesitura es comprensible su militancia política.
4) Compartió esa vocación civilizadora con la singular generación tucumana del Centenario, de la que fue destacado protagonista. Me pareció notable tu caracterización de ese puñado de voluntades que decidieron crear Tucumán casi en todos los órdenes: ingenios azucareros, Universidad, Sociedad Sarmiento, Estación Experimental Agrícola, diario LA GACETA, Granja Modelo, los grandes Bancos, Villa Nougués, el parque 9 de Julio, el Instituto Lillo, etcétera. Y todo esto en el espacio de una generación.
Pienso que si se revisa la nómina de quienes llevaron a cabo esas iniciativas, resultarían ser casi los mismos por la asunción de roles múltiples e intercambiables. ¡No más de veinte empecinados cambiaron la fisonomía de una provincia!¿Qué convergencias se produjeron en ese momento estelar? ¿Acaso vínculos de sangre, un mandato del corazón, el orgullo de una pertenencia, intereses comunes, la eclosión de una industria, los primeros signos de una inmigración ya ganada por el arraigo, la fidelidad a un paisaje histórico que se vive como misión o destino? Atractivo tema para comprender un momento genesíaco del pasado tucumano, y también para prefigurar modelos capaces de movilizar nuevas energías en el futuro. Creo que esto último, querida María Florencia, sería una buena consecuencia de tu hermoso libro. Pusiste en marcha un arquetipo tucumano de la mejor vida argentina.
5) Leo el capítulo dedicado a la biblioteca de José Ignacio y se confirma la imagen de un lector selectivo. Es un hombre de acción necesitado de ceder a los llamados de la meditación y el recogimiento. Se comprende entonces que siendo el primer vicerrector de la primera universidad tucumana, hablara de su misión de "dar frutos y flores", que vos reinterpretas, con todo acierto, como la metáfora de una tarea universitaria que una utilidad y belleza. (Siempre el buscador de lo complementario, la unión de opuestos, la integración, la síntesis.)
Siguiendo el diseño de tu investigación, termino imaginando a un José Ignacio contemplativo esta vez, pero que busca en la acción un modo de completarse. Un hombre que también concluye armonizando lo que Kant había separado en aquella frase que le gusta citar: "Dormí, y soñé que la vida era belleza; desperté y encontré que era deber". El filósofo germano dio mayor entidad a este último. Me inclino a conjeturar que el tucumano, con todo, concedió un espacio mayor a la belleza. Prefirió pensar que todo acto moral es expresión no de una ética sino de una estética de la conducta.
También lo imagino siendo leal a una estirpe que, aunque visitada por la tragedia, nunca perdió la certeza de que la existencia humana es lucha y fiesta a la vez, el ejercicio de una sabia "joie de vivre". Entre sus virtudes, acaso esta no haya sido la menor.
(c) LA GACETA
1) Tratándose de una biografía de tu abuelo podrían haberse deslizado algunas licencias: la acogida de datos de familia no documentados y recuerdos de transmisión oral, cuya imprecisa inmediatez sacrificaría la necesaria distancia que impone una búsqueda objetiva. Pero no fue así. El libro es una minuciosa investigación histórica con valiosos agregados documentales. Y además está escrito en una prosa sobria, vivaz y comunicativa que permite seguir con interés las peripecias de un ser muy atractivo. A través de tu dibujo echa a andar en tierras tucumanas un personaje hamletiano, casi siempre tenso entre opuestos que se empeña en armonizar. Por un lado es un conservador nato apegado a nobles tradiciones; por otro, no quiere desoír el llamado de los tiempos nuevos. La aparición del radicalismo en la vida pública le producía escozor porque veía pura demagogia populista en su lenguaje. (La misma reacción tuvo mi generación, más tarde, con el surgimiento del peronismo.) Pese a ese "escozor", su vocación por lo complementario y su sensibilidad para lo nuevo contribuyeron a que su amigo Miguel Campero (radical) hiciera una gobernación "ordenada y progresista" (p. 92).
2) Otro desgarro de José Ignacio: su lealtad a industriales azucareros porque constituyen el sostén económico de la provincia, por un lado, y su defensa de los agricultores a raíz de sentimientos de justicia, por otro. Comprendió las necesidades de ambos grupos y sus propuestas de armonización fueron -en el plano político- la "concentración agraria", luego el "partido agrario" y, finalmente, el "partido demócrata nacional". Esta evolución está trazada en tu libro con el máximo cuidado y solvencia. Además constato que tu personaje casi siempre busca conjunciones y síntesis. Hacer esto exige un ánimo creador y una visión más amplia que la opción por disyunciones y rupturas violentas. Calificar a personalidades así de "acuerdistas" -como algunos hicieron en tono despectivo- resulta bastante miope. Esto lo marcas muy bien.
3) Tu libro permite acceder a lo íntimo de una vida noble y quijotesca. Es una investigación severa, sin afeites literarios ni caídas en la complicidad familiar, y sin embargo conmovedora. Es cierto que el centro de la acción de José Ignacio fue político, pero asumido como la expresión colectiva de un interés más profundo: el de la educación. Yo estoy de acuerdo contigo en ese enfoque, siempre que se entienda educar en el sentido sarmientino de civilizar. Sólo dentro de esta tesitura es comprensible su militancia política.
4) Compartió esa vocación civilizadora con la singular generación tucumana del Centenario, de la que fue destacado protagonista. Me pareció notable tu caracterización de ese puñado de voluntades que decidieron crear Tucumán casi en todos los órdenes: ingenios azucareros, Universidad, Sociedad Sarmiento, Estación Experimental Agrícola, diario LA GACETA, Granja Modelo, los grandes Bancos, Villa Nougués, el parque 9 de Julio, el Instituto Lillo, etcétera. Y todo esto en el espacio de una generación.
Pienso que si se revisa la nómina de quienes llevaron a cabo esas iniciativas, resultarían ser casi los mismos por la asunción de roles múltiples e intercambiables. ¡No más de veinte empecinados cambiaron la fisonomía de una provincia!¿Qué convergencias se produjeron en ese momento estelar? ¿Acaso vínculos de sangre, un mandato del corazón, el orgullo de una pertenencia, intereses comunes, la eclosión de una industria, los primeros signos de una inmigración ya ganada por el arraigo, la fidelidad a un paisaje histórico que se vive como misión o destino? Atractivo tema para comprender un momento genesíaco del pasado tucumano, y también para prefigurar modelos capaces de movilizar nuevas energías en el futuro. Creo que esto último, querida María Florencia, sería una buena consecuencia de tu hermoso libro. Pusiste en marcha un arquetipo tucumano de la mejor vida argentina.
5) Leo el capítulo dedicado a la biblioteca de José Ignacio y se confirma la imagen de un lector selectivo. Es un hombre de acción necesitado de ceder a los llamados de la meditación y el recogimiento. Se comprende entonces que siendo el primer vicerrector de la primera universidad tucumana, hablara de su misión de "dar frutos y flores", que vos reinterpretas, con todo acierto, como la metáfora de una tarea universitaria que una utilidad y belleza. (Siempre el buscador de lo complementario, la unión de opuestos, la integración, la síntesis.)
Siguiendo el diseño de tu investigación, termino imaginando a un José Ignacio contemplativo esta vez, pero que busca en la acción un modo de completarse. Un hombre que también concluye armonizando lo que Kant había separado en aquella frase que le gusta citar: "Dormí, y soñé que la vida era belleza; desperté y encontré que era deber". El filósofo germano dio mayor entidad a este último. Me inclino a conjeturar que el tucumano, con todo, concedió un espacio mayor a la belleza. Prefirió pensar que todo acto moral es expresión no de una ética sino de una estética de la conducta.
También lo imagino siendo leal a una estirpe que, aunque visitada por la tragedia, nunca perdió la certeza de que la existencia humana es lucha y fiesta a la vez, el ejercicio de una sabia "joie de vivre". Entre sus virtudes, acaso esta no haya sido la menor.
(c) LA GACETA
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