24 Marzo 2002 Seguir en 

Entre Fiambalá y Copiapó hay casi 500 kilómetros sin una sola población sobre el camino que cruza el paso de San Francisco a más de 4.700 metros de altura. El sol, el frío, la soledad y la polvareda en el viento no consiguen barrer la belleza amedrentadora de ese paisaje duro y alto. Vi guanacos, llamas y hasta una martineta con sus seis polluelos que cruzó la carretera muy campante como para recordar que la vida prende en esas alturas pese a todo.
El tramo Tucumán-Chumbicha está señalado por indicaciones claras. Pero de ahí en más el asunto cambia. Ante cada cruce de caminos uno debe orientarse por el sol, los mapas y alguna sospecha interior que finalmente nos ayuda a decidir pero no a resolver cuál es el rumbo adecuado. Y es molesto, muy molesto, andar cientos de kilómetros sin estar seguro de que se desplaza uno por la ruta justa y no por otra que lo conduce vaya a saber dónde. Y en esas incertidumbres va uno manejando cuando de pronto ve limpio, nuevo, nítido, un cartel de Vialidad que anuncia: "Atienda las indicaciones de las señales".
Hacer este camino sin compañía alguna serviría de terapia con efectos inmediatos en quienes han dejado crecer su ego más allá de lo conveniente. También estimula en uno manías curiosas. Como por ejemplo atender obstinadamente al cuentakilómetros del auto para averiguar cuánto falta o cuánto anduvo entre este o aquel punto del mapa. Y claro, las señales, de nuevo, no ayudan. Antes de llegar al paso de San Francisco, por ejemplo -y en contra de la información segura del cuentakilómetros del vehículo, donde Ud. computa sólo 330 km hasta Copiapó- aparece un anuncio de 430 km. Y eso desalienta porque uno entra a dudar de mapas, cuentakilómetros, señales y se queda doblemente solo en esa soledad donde no se cruzó con un vehículo en sentido contrario, ni se adelantó o fue adelantado por otro. Y los puestos aduaneros (de uno y otro lado del paso) parecen vivir en ese limbo de altura; sus miembros nada saben sobre cualquier cosa (dónde hay combustible, distancias, etc.) que uno les pregunte del lugar, el camino o los destinos próximos. Y para colmo de ironía, le sale al paso otro cartel que le indica: "Circule sin molestar a los demás", como si transitara por una autopista peligrosa. U otro con el nombre del lugar: "Cazadero grande", como si estuviese metido en una selva poblada en exceso. O un tercero que le anuncia: "Refugios". Usted busca con la mirada en ambos lados de la ruta y sólo halla una breve techumbre a dos aguas donde quizás caben dos personas que deseen tomarse todo el ventarrón de la zona que se cuela por ese pequeño recinto sin paredes.
Uno prefiere creer que está ante espejismos fabricados por los hombres y elige detenerse en la belleza sin par (siempre la misma, siempre distinta) de esa alta puna en la cordillera de los Andes. El Valle de Chaschuil, por ejemplo, cuyo río nace de un grupo de cumbres elevadas y próximas al Ojos del Salado, tiene el aire de un valle encantado, poblado por nadie. Aunque Laguna Verde (donde las cumbres nevadas del entorno se reflejan tan quietas como ellas mismas) o el salar de Maricunga (ambos en el lado chileno) se ven desde arriba como otros vastos espejismos naturales, verde una, blanco el otro.
Llegar a Copiapó es llegar al prójimo, a la civilidad con agua, gasolina y alimentos, todos ellos ausentes del desierto recién cruzado en casi 500 kilómetros.
Como si la idea de espejismo en el desierto hubiese querido seducirme del todo, me topé en el puerto de Caldera con esta historia. Es el relato de una ciudad fantasma, vista por todo el pueblo cada tanto: se instala en Cabeza de Vaca, una punta de costa a unos 15 kilómetros en línea recta desde la ciudad.
Mercedes y Herman, amigos adultos y sensatos, me cuentan que ambos estaban el año anterior en la caleta de pescadores cuando uno de los puesteros les mostró la aparición.Tuvieron tiempo de regresar a sus casas y buscar un largavista. En la imagen de la ciudad distante estaba reflejada la iglesia de Caldera (hecha por Eiffel) pero también otros edificios en altura que allí no existen, y una especie de castillo, con almenas y puerta oval enorme.
Podían ver las ventanas de los edificios altos. -¿Y vieron personas? -No, a nadie. Se esfuma de a poco y al cabo de casi una hora de instalada.
Un verdulero me dijo -¡Qué tanta cosa! Cualquiera puede verla, cada tanto aparece ahí, en el mismo lugar, si mi padre ya me contaba que desde niño la supo ver.
Es el desierto de Atacama, donde el sol hostiga y la dura presencia de la piedra convive con la irrealidad de señales, gentes y ciudades.
(c) LA GACETA
El tramo Tucumán-Chumbicha está señalado por indicaciones claras. Pero de ahí en más el asunto cambia. Ante cada cruce de caminos uno debe orientarse por el sol, los mapas y alguna sospecha interior que finalmente nos ayuda a decidir pero no a resolver cuál es el rumbo adecuado. Y es molesto, muy molesto, andar cientos de kilómetros sin estar seguro de que se desplaza uno por la ruta justa y no por otra que lo conduce vaya a saber dónde. Y en esas incertidumbres va uno manejando cuando de pronto ve limpio, nuevo, nítido, un cartel de Vialidad que anuncia: "Atienda las indicaciones de las señales".
Hacer este camino sin compañía alguna serviría de terapia con efectos inmediatos en quienes han dejado crecer su ego más allá de lo conveniente. También estimula en uno manías curiosas. Como por ejemplo atender obstinadamente al cuentakilómetros del auto para averiguar cuánto falta o cuánto anduvo entre este o aquel punto del mapa. Y claro, las señales, de nuevo, no ayudan. Antes de llegar al paso de San Francisco, por ejemplo -y en contra de la información segura del cuentakilómetros del vehículo, donde Ud. computa sólo 330 km hasta Copiapó- aparece un anuncio de 430 km. Y eso desalienta porque uno entra a dudar de mapas, cuentakilómetros, señales y se queda doblemente solo en esa soledad donde no se cruzó con un vehículo en sentido contrario, ni se adelantó o fue adelantado por otro. Y los puestos aduaneros (de uno y otro lado del paso) parecen vivir en ese limbo de altura; sus miembros nada saben sobre cualquier cosa (dónde hay combustible, distancias, etc.) que uno les pregunte del lugar, el camino o los destinos próximos. Y para colmo de ironía, le sale al paso otro cartel que le indica: "Circule sin molestar a los demás", como si transitara por una autopista peligrosa. U otro con el nombre del lugar: "Cazadero grande", como si estuviese metido en una selva poblada en exceso. O un tercero que le anuncia: "Refugios". Usted busca con la mirada en ambos lados de la ruta y sólo halla una breve techumbre a dos aguas donde quizás caben dos personas que deseen tomarse todo el ventarrón de la zona que se cuela por ese pequeño recinto sin paredes.
Uno prefiere creer que está ante espejismos fabricados por los hombres y elige detenerse en la belleza sin par (siempre la misma, siempre distinta) de esa alta puna en la cordillera de los Andes. El Valle de Chaschuil, por ejemplo, cuyo río nace de un grupo de cumbres elevadas y próximas al Ojos del Salado, tiene el aire de un valle encantado, poblado por nadie. Aunque Laguna Verde (donde las cumbres nevadas del entorno se reflejan tan quietas como ellas mismas) o el salar de Maricunga (ambos en el lado chileno) se ven desde arriba como otros vastos espejismos naturales, verde una, blanco el otro.
Llegar a Copiapó es llegar al prójimo, a la civilidad con agua, gasolina y alimentos, todos ellos ausentes del desierto recién cruzado en casi 500 kilómetros.
Como si la idea de espejismo en el desierto hubiese querido seducirme del todo, me topé en el puerto de Caldera con esta historia. Es el relato de una ciudad fantasma, vista por todo el pueblo cada tanto: se instala en Cabeza de Vaca, una punta de costa a unos 15 kilómetros en línea recta desde la ciudad.
Mercedes y Herman, amigos adultos y sensatos, me cuentan que ambos estaban el año anterior en la caleta de pescadores cuando uno de los puesteros les mostró la aparición.Tuvieron tiempo de regresar a sus casas y buscar un largavista. En la imagen de la ciudad distante estaba reflejada la iglesia de Caldera (hecha por Eiffel) pero también otros edificios en altura que allí no existen, y una especie de castillo, con almenas y puerta oval enorme.
Podían ver las ventanas de los edificios altos. -¿Y vieron personas? -No, a nadie. Se esfuma de a poco y al cabo de casi una hora de instalada.
Un verdulero me dijo -¡Qué tanta cosa! Cualquiera puede verla, cada tanto aparece ahí, en el mismo lugar, si mi padre ya me contaba que desde niño la supo ver.
Es el desierto de Atacama, donde el sol hostiga y la dura presencia de la piedra convive con la irrealidad de señales, gentes y ciudades.
(c) LA GACETA
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