Ese excepcional legado del gran Bertolt Brecht

BERTOLT BRECHT. SU VIDA. SU OBRA. SU EPOCA, Frederic Ewen. (Adriana Hidalgo-Buenos Aires).

24 Marzo 2002
En 1967 el profesor Frederic Ewen dio a conocer, a los once años de la muerte de Brecht, su libro sobre el autor de La ópera de tres centavos. Se basó no sólo sobre estudios previos, sino también en la documentación surgida de los Archivos Brecht de Berlín y en los recuerdos de su cónyuge, la actriz Helene Weigel. A causa de su posición política, Ewen había sido perseguido por el macartismo y expulsado de la universidad de la que era catedrático.
Era un momento histórico en el que, al margen de la Guerra Fría, entonces en su esplendor, el mundo teatral entero estaba inundado por el "efecto Brecht", expandido fuera de Alemania a partir de 1950, aproximadamente, y que las presentaciones y giras europeas del Berliner Ensemble habían afirmado en su valor peculiar. Hoy día, el eje del interés por el autor de Galileo se ha desplazado en parte desde su punto de vista político, un marxismo al que sirvió con convicción desde fines de la década del veinte, aunque en los últimos tiempos con matices diversos, hasta el de disfrutar su arte como el de un creador de geniales innovaciones y puestas en escena memorables, nunca superficial, nunca casual, siempre agudo, inteligente y dotado como pocos dentro de la historia del teatro para atraer la atención del público.
En un momento dado fue para muchos como una especie de Shakespeare del siglo veinte. No sólo por sus innovaciones teóricas y técnicas, y su perspectiva estético-política, sino por su capacidad para llevar sobre la escena, puestos en clave de arte mayor, los problemas apuntados en el siglo anterior por Marx y por Engels.
El libro de Ewen, cuyo estilo y aptitud crítica deben destacarse, puede juzgarse asimismo como un hito para la ubicación y la comprensión del fenómeno Brecht. Con ademán armónico enlaza su inserción en las épocas que le tocó vivir (la guillermina, la república de Weimar, el nazismo, el exilio, la guerra, la estadía en Los Angeles, el regreso a Europa y la instalación definitiva en Berlín que se fijó, resulta incomparable por su originalidad respecto de sus precursores (el caso Piscator, por ejemplo, aunque no es el único) y por el rigor intelectual aplicado en su ininterrumpida voluntad de denunciar las lacras de todo tipo que someten al hombre inscripto en un marco económico-social determinado y forzarlo, en cierto modo, a ver más lejos, para llegar a convertirse en el propio actor de un futuro infinitamente más aceptable, para que la sociedad pueda funcionar sin necesidad de apelar a los poderes sobrenaturales o a las manipulaciones de potencias perversas en la instalación de lo auténticamente humano.
A muchos no les complacerá su mensaje, pero su lucidez, aunque deliberadamente parcializada, es tan notable como la maestría con que forjó sus piezas teatrales. Y, sin desmedro de lo expuesto, debe considerárselo también como uno de los poetas líricos más importantes de la lírica del siglo, y no sólo de la literatura alemana.
En sus piezas maduras, Madre Coraje, El Alma buena de Sezuan, Galileo Galilei y El círculo de tiza caucasiano, ya los caracteres no son blancos o negros, sino que asumen un color gris de diversas significaciones. El libro comentado viene bien porque es mucho más que una introducción o acercamiento a la obra de Brecht, quien, acallado ya el entusiasmo de su descubrimiento, persistirá como alguien capaz de superar las cambiantes circunstancias de las modas.
La traducción o impresión no siempre es afortunada. Atribuirle a Brecht haberse graduado como médico en 1917, referirse al teatro "no" sin comillas, como un adverbio de negación, o al primo de Shen Te en El alma buena como "prima", por ejemplo.
Pero estos lunares no afean decisivamente los méritos del libro. Y habrá una satisfacción generalizada por parte de los lectores y espectadores de nuestro país, que ya desde hace muchos años han acogido su refinada escritura con fervor y acatamiento.

(c) LA GACETA

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