24 Marzo 2002 Seguir en 

Aunque no resulta por supuesto obligatorio que así sea, a las obras de algún modo significativas no se las suele percibir tan sólo en forma aislada, sino que es factible también adscribirlas a un contexto, si es que no a una tradición. A la cual pueden, es claro, confirmar o desmentir, acentuar o desviar, modificar o someterse.
Al encarar, ahora, este nuevo libro del autor, que por otro lado se mantiene en el cauce de los anteriores, no conseguí dejar de lado aquella vieja sensación que me hizo imaginar, como blasones posibles de nuestra literatura, a la "sombra terrible" con que Sarmiento abre el Facundo por tantos motivos inaugural, y a la "sombra doliente" con que Rafael Obligado aludió tan bellamente a su indeleble visión de Santos Vega cruzando, a caballo, por supuesto, "la pampa argentina".
Entre la historia siniestra y el acabarse individual, dos sombras parecieran señoras de nuestro destino, obviamente trágico.
Más cerca de aquella segunda imagen (para mí acaso por lo menos tan heráldica como la otra, si es que no ineludiblemente entrelazadas) que va desde la íntima melancolía hasta la más desesperada conciencia de nuestra ineludible condición perecedera, no es difícil rastrear en la lírica local cierta línea que relaciona por ejemplo a Enrique Banchs con Olga Orozco, a Horacio Castillo y a Joaquín O. Giannuzzi con Horacio Preler, por citar sólo algunos, y donde el aire -cuando no el aura- que se respira pareciera no poder apartar sus ojos de la muerte.
Se me dirá, sin duda con razón, que, siendo raigalmente humana, tal actitud no debería ser adjudicada tan sólo a lo que antaño podíamos imaginar todavía como literatura nacional (si es que aún queda algo nacional en estos tiempos). Pero también podría considerarse aceptable que no todas las literaturas contemporáneas tienen, como la nuestra, tal cantidad y tanta intensidad de obras más o menos orientadas en ese sentido.
Claro que, como se sabe, lo que importa -en estas lides- no es de qué se trata sino qué se hace con eso. En el caso de Rodolfo Godino (1936), resulta evidente aquí la seca intensidad de un lenguaje exigido hasta la desolación, de un exasperado si es que no exasperante trabajo con el tuétano del lenguaje, ya que es de la flauta de hueso (y no de la carne de la palabra) de donde logra -o es impulsado- extraer la angustiada música de su escritura, casi ácida en su desencantada e hipnotizadora desnudez. Su precisión tanática es a la vez matriz y testimonio de una alta experiencia trágica, a veces casi al borde de la accesis, pero que sin embargo no deja de erguir, como el viejo Horacio, algún intento de mínimo consuelo: "En el poema duras".
No es casual que uno de los pocos poetas argentinos recordado en este libro, que ya desde el título se bautiza como elegíaco, sea el desde una perspectiva semejante paradigmático Alberto Girri. Pero acaso tampoco es dable obviar que a partir del poema que abre el volumen: Joven con alas, donde se alude como "el que vuela sobre los valles", el autor reincide en fantasías aéreas, acaso hipotético consuelo de lo que no se atreve o permite imaginarse ángel. Así puede decir, significativamente, al aludido creador de El tiempo que destruye: "has dejado de volar / sobre la ciudad sin héroes". Y en el texto inmediato siguiente: "imagen que se ordena para volar / o ceder el alma".
Como tan agudamente percibió, y no es casual, Carlos Mastronardi ya en 1964 ("La voz elegíaca de Godino resuena con majestad y delicadeza en un templo cuyos fieles no conocemos, en un templo de día en día más solitario y desierto"), es nuestra propia dignidad la que nos exige respetar, cuando no reverenciar, y especialmente en épocas como esta, de abrumadora y estridente banalidad, tanta grandeza sombría.
(c) LA GACETA
Al encarar, ahora, este nuevo libro del autor, que por otro lado se mantiene en el cauce de los anteriores, no conseguí dejar de lado aquella vieja sensación que me hizo imaginar, como blasones posibles de nuestra literatura, a la "sombra terrible" con que Sarmiento abre el Facundo por tantos motivos inaugural, y a la "sombra doliente" con que Rafael Obligado aludió tan bellamente a su indeleble visión de Santos Vega cruzando, a caballo, por supuesto, "la pampa argentina".
Entre la historia siniestra y el acabarse individual, dos sombras parecieran señoras de nuestro destino, obviamente trágico.
Más cerca de aquella segunda imagen (para mí acaso por lo menos tan heráldica como la otra, si es que no ineludiblemente entrelazadas) que va desde la íntima melancolía hasta la más desesperada conciencia de nuestra ineludible condición perecedera, no es difícil rastrear en la lírica local cierta línea que relaciona por ejemplo a Enrique Banchs con Olga Orozco, a Horacio Castillo y a Joaquín O. Giannuzzi con Horacio Preler, por citar sólo algunos, y donde el aire -cuando no el aura- que se respira pareciera no poder apartar sus ojos de la muerte.
Se me dirá, sin duda con razón, que, siendo raigalmente humana, tal actitud no debería ser adjudicada tan sólo a lo que antaño podíamos imaginar todavía como literatura nacional (si es que aún queda algo nacional en estos tiempos). Pero también podría considerarse aceptable que no todas las literaturas contemporáneas tienen, como la nuestra, tal cantidad y tanta intensidad de obras más o menos orientadas en ese sentido.
Claro que, como se sabe, lo que importa -en estas lides- no es de qué se trata sino qué se hace con eso. En el caso de Rodolfo Godino (1936), resulta evidente aquí la seca intensidad de un lenguaje exigido hasta la desolación, de un exasperado si es que no exasperante trabajo con el tuétano del lenguaje, ya que es de la flauta de hueso (y no de la carne de la palabra) de donde logra -o es impulsado- extraer la angustiada música de su escritura, casi ácida en su desencantada e hipnotizadora desnudez. Su precisión tanática es a la vez matriz y testimonio de una alta experiencia trágica, a veces casi al borde de la accesis, pero que sin embargo no deja de erguir, como el viejo Horacio, algún intento de mínimo consuelo: "En el poema duras".
No es casual que uno de los pocos poetas argentinos recordado en este libro, que ya desde el título se bautiza como elegíaco, sea el desde una perspectiva semejante paradigmático Alberto Girri. Pero acaso tampoco es dable obviar que a partir del poema que abre el volumen: Joven con alas, donde se alude como "el que vuela sobre los valles", el autor reincide en fantasías aéreas, acaso hipotético consuelo de lo que no se atreve o permite imaginarse ángel. Así puede decir, significativamente, al aludido creador de El tiempo que destruye: "has dejado de volar / sobre la ciudad sin héroes". Y en el texto inmediato siguiente: "imagen que se ordena para volar / o ceder el alma".
Como tan agudamente percibió, y no es casual, Carlos Mastronardi ya en 1964 ("La voz elegíaca de Godino resuena con majestad y delicadeza en un templo cuyos fieles no conocemos, en un templo de día en día más solitario y desierto"), es nuestra propia dignidad la que nos exige respetar, cuando no reverenciar, y especialmente en épocas como esta, de abrumadora y estridente banalidad, tanta grandeza sombría.
(c) LA GACETA
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