Exhaustiva aproximación a los derroteros de Michel Foucault

MICHEL FOUCAULT: MAS ALLA DEL ESTRUCTURALISMO Y LA HERMENEUTICA, Hubert L. Dreyfus y Paul Rabinow. (Nueva Visión-Buenos Aires)

24 Marzo 2002
Al margen de su polémica estatura filosófica, puede decirse que la muerte de esa suerte de gurú de posguerra que fue Jean-Paul Sartre sobrevino cuando los estertores de su existencialismo, asimilado y refutado por sus coetáneos se encontraban en un período de franca decadencia. Por el contrario, la muerte de Michel Foucault en 1984, llegó de un modo quizá prematuro, o al menos mucho antes de que se hubiera completado una formulación sistemática de su concepción filosófica. En 1982, dos años antes de que el filósofo nacido en Poitiers, Francia, en 1926, se encontrara definitivamente con la verdad, los autores Hubert L. Dreyfus y Paul Rabinow, ambos académicos de la Universidad de California, Berkeley (donde ejercen como profesores de filosofía y antropología respectivamente) intentaron comenzar a paliar ese déficit con una exhaustiva aproximación a los sinuosos derroteros metodológicos de su obra.
El resultado es un volumen que contó con la oportuna bendición del propio pensador francés, donde se desandan cronológicamente sus escritos y se abordan los sucesivos refinamientos que fueron adquiriendo sus herramientas de análisis para concluir con una tesis paradojal: la imposibilidad de inscribir su heterogéneo trabajo tanto en el método estructuralista con el que coqueteó por ejemplo en La arqueología del saber o en Las palabras y las cosas (cuyo título original, según el propio Foucault, era precisamente Una arqueología del estructuralismo) como en el giro hermenéutico que tomó su obra a partir de Vigilar y Castigar o La historia de la sexualidad.
Es sabido que Foucault nunca abjuró de sus influencias: ni de la afinidad de su método arqueológico con el estructuralismo holístico de Lévi-Strauss ni de haber abrevado en la fenomenología trascendental de Husserl, y sobre todo, en el contramovimiento existencial que este desató luego y fue liderado por Merleau-Ponty en Francia y Heidegger en Alemania (quien, dicho sea de paso, introduce el término "hermenéutica" para el pensamiento contemporáneo en su célebre El ser y el tiempo). Tampoco renegó de la genealogía nietzscheana como punto de partida para desarrollar su célebre teoría sobre el poder, el cuerpo y las prácticas de dominación social en la cual apela a la confesión cristiana y psicoanalítica o al recurso del Panóptico de Bentham para mostrar de qué manera la cultura normaliza a los individuos tornándolos sujetos significativos y objetos dóciles.
Ocurre que, como de hecho suele suceder con las personalidades singulares de cualquier disciplina, pese al linaje que pueda vislumbrarse en su obra, el vigor y la originalidad de su pensamiento le permitieron alternar procedimientos tradicionales de análisis, primordialmente del estructuralismo y la hermenéutica, sin que los recursos de estas técnicas pudieran fagocitarlo.
El mismo Foucault expondría estas ambigüedades afirmando que nunca se consideró un estructuralista a pesar de que le resultó difícil "resistirse a los seductores avances de su vocabulario" y que igualmente tentadoras le parecieron "las atracciones de la hermenéutica", a la que también utilizó y criticó simultáneamente.
Dreyfus y Rabinow celebran esta dificultad de insertar su peculiar metodología foucaultiana en una normativa tradicional definiéndolo como "un historiador no-histórico, un científico de las humanidades antihumanista o un estructuralista contra-estructuralista, provisto de un estilo seco, chocante, que se muestra tan imperioso como dubitativo, y un método que combina la mejor reflexión filosófica con una escrupulosa atención a los detalles empíricos".
Está claro que ser inasible, elusivo o arduo de catalogar, no era una cualidad que pudiera disgustarle al filósofo francés. "No me preguntes quién soy y no me pidas que siga siendo el mismo", declaró alguna vez, para concluir: "Dejemos a nuestros policías y a nuestros burócratas vigilar que nuestros papeles estén en orden; al menos que nos ahorren su moralidad cuando escribimos". Era de esperar, por tanto, que para avalar lo dicho colaborara personalmente con ambos exégetas y coincidiera con los postulados que estos esgrimen en su investigación. Incluso que aportara al libro dos pos-scriptum de su rúbrica: "El sujeto y el poder", acerca de la naturaleza de las relaciones de poder y sus estrategias, y "Sobre la genealogía de la ética", una lúcida y extensa entrevista que puede oficiar de excelente fuente a la hora de observar cómo concibió su proyecto total sobre la historia de la sexualidad.

(c) LA GACETA

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