Misiones, una prueba en el ejercicio democrático

22 Septiembre 2006
El concepto de la izquierda y de la derecha como posicionamientos en el sistema democrático no está tan claro actualmente en la clase política de nuestra sociedad como entre la ciudadanía. Nacido en las asambleas de la Revolución Francesa, donde se situaban respectivamente los sectores más radicales y conservadores, la evolución histórica de la democracia y de sus instituciones estableció un sistema de relaciones entre ambos que, mediante el diálogo hacia el consenso y la participación de las minorías, produjo el modelo de gobierno menos imperfecto de la historia. No siempre es posible el acuerdo, pero sí lo suficiente para que las sociedades políticas con más elevado desarrollo tengan en ese sistema la base de su progreso.
El pensamiento democrático, de la izquierda o de la derecha, tiene un límite muy preciso en la tolerancia recíproca, y deja de serlo cuando se lo traspone mediante la violencia ideológica del pensamiento único. La forma en que conviven actualmente decenas de Organizaciones No gubernamentales (ONG) y otras entidades muy diversas es un testimonio rotundo de madurez democrática de la sociedad. No lo es, en cambio, el discurso habitual de las más elevadas dirigencias políticas, en el que aflora la descalificación destructora del adversario.
Testimonio ejemplar ha sido el del gobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, que ha calificado a Juan Carlos Blumberg de “un cómplice de la derecha” por sus ideas sobre la seguridad, utilizando para ello una figura penal.
Con esa expresión del gobernador bonaerense culmina probablemente un estilo de democracia restringida, donde los más graves errores del pasado se atribuyen a quienes no comparten el pensamiento de las autoridades, y el diálogo y el consenso posible sólo acepta la réplica del espejo. Hasta tal punto llega la realidad política argentina que ese juego perverso se produce en el seno de los mayores partidos, cuyas divisiones y fracturas son alentadas y hasta promovidas por los poderes públicos, sedicentemente democráticos pero estratégicamente negados al diálogo.
El modelo presidencialista de gobierno sucumbe así en calidad histórica ante el parlamentarista, donde la Unión Europea y sus miembros configuran íntegramente el espectro ideológico de la democracia moderna, colectiva y respectivamente. Sorprende por ello en nuestro caso que en la provincia de Misiones, donde el oficialismo procura una reforma constitucional cuyo único punto es la reelección indefinida del gobernador, se haya producido la aparición de una vacuna salvadora de ese virus político autoritario. Así cabe definir al Frente Unido por la Dignidad, integrado por ocho partidos provinciales de muy diferentes signos, las iglesias Católica y Evangelista, la CGT y la CTA que, en una alianza ocasional sin precedentes en la Argentina, presidida por el obispo de Iguazú, se oponen a esa reforma con inspiración centralista.
Cualquiera que sea el resultado de las urnas que el 29 de octubre se abrirán en Misiones, la reacción ciudadana convocada por la dignidad de la provincia constituye un modelo ejemplar de ejercicio democrático frente al continuismo autoritario. La izquierda, la derecha y una amplia gama de pensamiento no militante ideológicamente que coinciden diariamente en el trabajo común, han reaccionado en defensa de la pluralidad democrática y de la posibilidad de construir un futuro por todos y para todos. Donde las diferencias convoquen al diálogo y los representantes del pueblo sean fieles administradores de sus intereses generales.


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