De la increíble comarca del rey Rachid

Por Roberto Espinosa, Redacción de LA GACETA. "Algunos se quejaban por la inseguridad, por crímenes impunes y otros, porque querían más bolsones o que le aumentaran los salarios".

17 Septiembre 2006
El médico salió de la recámara reprobando con sus gestos ciertas conductas del monarca. En una de sus tantas salidas de incógnito para sentir el olor a pueblo y escuchar qué pensaba y cómo vivían sus súbditos, el rey había tenido un percance. Shahriyar hizo llamar a Scheherezade. Estaba algo deprimido. “¡Oh, rey mío, qué esmirriado se te ve! ¿Estás enfermo?”, dijo la doncella de corta cabellera y ojos amarillo verdosos, que trataba de armar rápidamente en su cabeza un relato para las mil y quince noches. “Una diarrea me está consumiendo, querida...”, respondió. “¿Y los golpes?”, replicó ella. “Esta vez, me disfracé de usurero, y partí en mi camello Almanzor a la comarca del rey Rachid. Quería enterarme de cómo vivían allí y cómo gobernaba mi colega... Al llegar a la frontera, observé que los soldados fumaban a la sombra de una palmera. Me saludaron y proseguí viaje sin que me preguntaran nada ni me requisaran. Luego de varias leguas, el camino se volvió estrecho y muy transitado. Los carros se cruzaban por cualquier parte. Me sorprendió ver la gran cantidad de camellos viejos que montaba la gente, en los que viajaban hasta siete personas... Era penoso ver a muchos animales con las patas vendadas y las jorobas gastadas, más cerca de la muerte que de la vida. Los llamaban ‘camellos rurales compartidos’”.
Scheherezade se acomodó en los almohadones. Mientras aguardaba para iniciar su historia, se sirvió vino blanco, le ofreció al rey, pero este no aceptó. “Me dijo el médico que hiciera dieta, querida”, y prosiguió: “me habían contado que aquella era una comarca privilegiada porque estaba enclavada en un oasis fértil que era la envidia de otros colegas. A la entrada de la ciudad, me causó mala impresión la basura desparramada y las chozas en estado deplorable. Me dijeron que todos ellos vivían a dieta forzosa porque eran desempleados y, de vez en cuando, los punteros del Rachid les daban bolsones, con pocos alimentos. Ya en el centro de la capital, observé un caos en el tránsito y en las edificaciones. Los camelleros particulares y públicos y los carros no respetaban a los caminantes y los ponían al borde del peligro constantemente. Estos, a su vez, tampoco respetaban nada. Cerca del hermoso palacio había construcciones que desmerecían su belleza. Até a mi fiel Almanzor frente a la plaza, y comencé a recorrer las calles. Si bien había un mercado, los vendedores ambulantes se desparramaban por doquier. Al parecer, nadie controlaba nada. Como estaba con hambre, compré una tarta de garbanzo y la engullí. Ahora me arrepiento… Vi a cientos de ciudadanos que protestaban: algunos se quejaban por la inseguridad, por crímenes impunes, y otros, porque querían más bolsones o que les aumentaran los miserables salarios”.
Scheherezade preguntó: “¿el rey o sus funcionarios los recibían y les solucionaban los problemas?” Shahriyar respondió: “me dijeron que no, que sus quejas caían, por lo general, en balde roto, que todo seguía igual; que había analfabetos y una gran cantidad de menores delincuentes; que a Rachid sólo le interesaba quedar bien con su corte y con el gran sultán. Me contaron algo extraño: así como muchos vivían de dietas forzosas, los funcionarios gozaban de dietas que curiosamente engordaban... Cuando volví a buscar a Almanzor, no lo hallé; me lo habían robado. A la salida de la ciudad, me asaltaron tres hombres y me golpearon...” “Oh, rey mío, más allá de los percances debes sentirte orgullo de que en tu comarca, nada de eso suceda”, dijo la doncella. “Comprobé que Alá les da oasis a quienes no lo merecen”, concluyó Shahriyar.

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