15 Agosto 2006 Seguir en 
Es por todos conocido el hecho de que entre las atracciones, digamos obligadas, que una provincia debe ofrecer a quienes la visitan como turistas, están los museos. No es extraño que así ocurra, ya que el patrimonio de tales centros ilustra a los forasteros acerca del pasado del lugar en que se encuentran, así como sobre hechos y circunstancias de su historia cívica y cultural. Por esa razón es que los países extranjeros más importantes del mundo aplican especial preocupación no solamente al constante mejoramiento del servicio de sus museos, sino también a la fundación de otros nuevos.
Días pasados, nos referimos al mal estado del museo de la Casa del Obispo Colombres: un hecho sorprendente, cuando se tiene en cuenta que integra los clásicos atractivos del parque 9 de Julio, y que por ello su existencia está ampliamente difundida en la folletería de todo el país. En la edición de ayer, dedicamos una extensa nota a la situación existente en dos instituciones nuestras de este tipo. Hablamos del museo de la Fundación Miguel Lillo y del Museo Arqueológico de El Cadillal.
Ocurre que ambos estuvieron cerrados a lo largo de la temporada turística. En el caso del de la Fundación Lillo, la razón es que se encuentra en un proceso de remodelado, que incluirá la habilitación de un espacio de mucho mayor tamaño que el actual, además de incorporarle la tecnología moderna apropiada para exhibir sus objetos. En el caso del Arqueológico, ocurre algo parecido. El Ente Tucumán Turismo informó que se está trabajando para restaurarlo, aunque todavía no se tiene una fecha determinada para la iniciación de las obras.
Además, en El Cadillal hay otro problema que conspira contra el atractivo del lugar. Sucede que el catamarán, que fue incorporado hace ocho meses al lago, no ha funcionado tampoco durante la temporada.
El organismo oficial aduce que falta reglamentar aspectos de seguridad para la navegación, y adecuarse a las normas relativas a la preservación del agua. Por todo ello, no se tiene aún fecha fija para que el catamarán empiece a navegar.
Tenemos, entonces, que estuvieron canceladas tres posibilidades de incremento de las atracciones de la oferta turística en Tucumán, justamente durante las semanas en que nuestra provincia recibe la afluencia mayor de visitantes.
No se nos escapa la validez de las razones esgrimidas para justificar los inconvenientes que comentamos; ni tampoco que, cuando las tareas en trámite concluyan, los servicios mejorarán sensiblemente. Pero no puede dejarse de apuntar que debiera haberse tenido la previsión suficiente para acelerar los trabajos, de modo que los dos museos y el catamarán pudieran ponerse al servicio de los forasteros.
Puesto que se insiste en el propósito oficial de incrementar sustancialmente la afluencia de turistas a Tucumán, ello presupone colocarse en las condiciones que favorezcan dicho objetivo.
Si el turismo es una prioridad, toda tarea que se relacione con el mismo debe tener un trámite más veloz que el que caracteriza la obra pública. Esto porque, de otra manera, quedamos en situación de desventaja respecto de jurisdicciones que a este tema lo tienen muy claro, y obran en su consecuencia.
Hay que recordar, asimismo, que la mantención de una apreciable corriente turística tiene un fuerte impacto en la vida económica de la provincia. Y que, al mismo tiempo, ese aspecto se perjudica cuando la cantidad de viajeros disminuye.
En suma, estamos ante una cuestión que debe colocarse efectivamente entre las prioridades de nuestro quehacer.
Días pasados, nos referimos al mal estado del museo de la Casa del Obispo Colombres: un hecho sorprendente, cuando se tiene en cuenta que integra los clásicos atractivos del parque 9 de Julio, y que por ello su existencia está ampliamente difundida en la folletería de todo el país. En la edición de ayer, dedicamos una extensa nota a la situación existente en dos instituciones nuestras de este tipo. Hablamos del museo de la Fundación Miguel Lillo y del Museo Arqueológico de El Cadillal.
Ocurre que ambos estuvieron cerrados a lo largo de la temporada turística. En el caso del de la Fundación Lillo, la razón es que se encuentra en un proceso de remodelado, que incluirá la habilitación de un espacio de mucho mayor tamaño que el actual, además de incorporarle la tecnología moderna apropiada para exhibir sus objetos. En el caso del Arqueológico, ocurre algo parecido. El Ente Tucumán Turismo informó que se está trabajando para restaurarlo, aunque todavía no se tiene una fecha determinada para la iniciación de las obras.
Además, en El Cadillal hay otro problema que conspira contra el atractivo del lugar. Sucede que el catamarán, que fue incorporado hace ocho meses al lago, no ha funcionado tampoco durante la temporada.
El organismo oficial aduce que falta reglamentar aspectos de seguridad para la navegación, y adecuarse a las normas relativas a la preservación del agua. Por todo ello, no se tiene aún fecha fija para que el catamarán empiece a navegar.
Tenemos, entonces, que estuvieron canceladas tres posibilidades de incremento de las atracciones de la oferta turística en Tucumán, justamente durante las semanas en que nuestra provincia recibe la afluencia mayor de visitantes.
No se nos escapa la validez de las razones esgrimidas para justificar los inconvenientes que comentamos; ni tampoco que, cuando las tareas en trámite concluyan, los servicios mejorarán sensiblemente. Pero no puede dejarse de apuntar que debiera haberse tenido la previsión suficiente para acelerar los trabajos, de modo que los dos museos y el catamarán pudieran ponerse al servicio de los forasteros.
Puesto que se insiste en el propósito oficial de incrementar sustancialmente la afluencia de turistas a Tucumán, ello presupone colocarse en las condiciones que favorezcan dicho objetivo.
Si el turismo es una prioridad, toda tarea que se relacione con el mismo debe tener un trámite más veloz que el que caracteriza la obra pública. Esto porque, de otra manera, quedamos en situación de desventaja respecto de jurisdicciones que a este tema lo tienen muy claro, y obran en su consecuencia.
Hay que recordar, asimismo, que la mantención de una apreciable corriente turística tiene un fuerte impacto en la vida económica de la provincia. Y que, al mismo tiempo, ese aspecto se perjudica cuando la cantidad de viajeros disminuye.
En suma, estamos ante una cuestión que debe colocarse efectivamente entre las prioridades de nuestro quehacer.







