La importancia del mea culpa
Por Luis Mario Sueldo, Redacción de LA GACETA. No es fácil ser bueno. El estúpido orgullo que impide las reconciliaciones. Las debilidades y los sufrimientos humanos.
13 Agosto 2006 Seguir en 
Cuando se trata de asumir equivocaciones pasadas es importante que se renueven los aires, aunque resulte imposible reparar las consecuencias producidas. Sin embargo, los mea culpa pueden servir para no tropezar con la misma piedra y para alentar a una sociedad llena de vértigo a que sacuda sus hermetismos y a que flexibilice sus dogmas. También, por qué no, para que pueda volver a soñar. La gente de bien no debería avergonzarse de sacar a luz lo que hizo mal. Con posturas de esa índole se esclarecerían interrogantes y se atenuarían remordimientos. No es fácil vivir con cargas encima. Tal vez, sí, las acomoden -consciente o inconscientemente- los que no pueden espantar nefastas influencias ambientales o los que adolecen de falta de formación moral. En esos casos, la desaprensión y la insensibilidad llevan las riendas de sus existencias. Cuando las exposiciones públicas de los errores no son meros maquillajes para mantener espacios o para especular con las circunstancias y realmente brotan de los sentimientos, el hombre se dignifica. Hay familias que se desvinculan para siempre por malos entendidos o por viejas disputas que ya ni recuerdan de qué se trataban. El estúpido orgullo los priva de reconciliarse. Políticos, dirigentes, empresarios, profesionales diversos, etcétera, suelen empecinarse en defender lo indefendible. La contracara la mostró hace pocos días un famoso historiador, que confesó su arrepentimiento por haber apoyado en su momento el golpe contra Arturo Illia. “Hice mal mis predicciones, de modo que ahora me abstengo”, señaló. Un ejemplo que deberían tomar en cuenta los encorsetados, los que se creen dueños de la verdad. Un popular refrán dice: “el pez por la boca muere”. También está aquello análogo de que el hombre es prisionero de sus palabras. Esto viene a colación de las actitudes de ciertos personajes que, de pronto, aparecen como amantes de la Constitución, cuando sus historias marcan la identificación no precisamente con los postulados alberdianos. Esto es: quedaron pegados de sus dichos. Por eso, se debe tener cuidado con los que usan los aspectos formales de la democracia. Da náuseas intuir las “virtudes” que esos personajes exhiben, porque son sólo vestidos de ocasión. Una cuestión menor, si se quiere, ocurrió con un neoyorkino del mundo del cine detenido por embriaguez. El hombre -director de una película de gruesas recaudaciones y a la que algunos especialistas encontraron connotaciones antisemitas- se despachó con insultos racistas contra un policía que lo detuvo. Luego se retractó. Está bien y habría que dar crédito a sus disculpas. Lo deseable sería que no quedara titilando aquello de que el borracho dice lo que piensa en sano. Las debilidades humanas hacen que el mundo se mueva en direcciones que no contemplan los sufrimientos de millones de personas. Las intolerancias religiosas, los nacionalismos obtusos y las desmesuradas ambiciones económicas (capitalismo salvaje, que le llaman) constituyen un trípode que se ensaña con los luchadores de causas nobles. Al César lo que es del César y a la gente lo que es de la gente. La experiencia nos indica que ser bueno no es fácil. Los griegos decían que para ser felices, los hombres debemos vivir en guerra con nuestras pasiones. En la película “Las manos”, de Alejandro Doria, el actor Jorge Marrale, que personifica al cura Mario, dice, en una de las escenas clave, que el cielo y el infierno están dentro de nosotros. “La dura tarea es convertirnos en paraíso”, remarca.







