12 Agosto 2006 Seguir en 
Una sociedad temerosa se inclinará mañana a agasajar a los chicos en su día. Este domingo los niños serán el centro de la escena. Ocuparán un lugar que no pueden tener todos los días, debido a la falta de tiempo de los adultos para atender sus necesidades. Los miles de problemas que aquejan a nuestros pequeños suelen pasar inadvertidos y ellos no siempre encuentran la mirada atenta de los adultos para acompañarlos en el momento de resolverlos.
En numerosas notas hechas por este diario en diferentes oportunidades se les ha consultado a los chicos sobre sus temores. La respuesta suele ser “yo les tengo miedo a los terroristas”; “me provoca temor la guerra” o “tengo terror a quedarme solo”. Ultimamente están los chicos que contestan que les temen a los remiseros. Una rápida mirada a las respuestas permiten inferir cómo los adultos transmiten sus miedos, sus preocupaciones a los más pequeños. Cada vez más los chicos se refugian -y se alejan de la mirada del adulto- en los juegos cibernéticos o en la misma televisión. Allí no suelen abrevar en la calma. Por el contrario, es común que se encuentren jugando a la “guerra” con un amigo o participando de episodios que cargan tanto dramatismo con los que transmiten los mayores.
Hace pocos días se anunció que el Senado se apresta a dar un paso adelante al elevar un año (de 14 a 15 años) la edad de los menores que pueden realizar trabajos. No se trata de una solución definitiva, pero sí de una importante mejora en pos de que nuestros niños tengan una vida de mayor calidad.
No es la única medida para aplaudir. Así se ha impuesto un “desarme” en las jugueterías que, de alguna manera, es un impulso para que los niños puedan soltar la imaginación y encontrar diversiones que no dependan de la agresión, ni del incentivo bélico.
El artículo seis de la declaración universal del niño nos marca un camino que no debemos abandonar. “El niño, para el pleno desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y, en todo caso, en un ambiente de afecto y de seguridad moral y material; salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre. La sociedad y las autoridades públicas tendrán la obligación de cuidar especialmente a los niños sin familia o que carezcan de medios adecuados de subsistencia. Para el mantenimiento de los hijos de familias numerosas conviene conceder subsidios estatales o de otra índole”.
Esta guía que tal vez repasamos una vez al año con la llegada del Día del Niño, debería ser rectora de la conducta de toda la sociedad. Los momentos que impone la vida actual obligan a una reflexión profunda sobre el rol y la interacción que tienen los adultos con los niños.
Es hora -y esa es nuestra propuesta para estos momentos- de recuperar la candidez del niño. La necesidad de que su imaginación vuele en busca de un bienestar que deje atrás sus miedos y preocupaciones, que deben ser sólo de los mayores.
La inocencia, un valor que parece perdido cuando se ven ciertas escenas en los semáforos tucumanos o en las calles del propio microcentro, debería recuperarse para que sean los mismos chicos los que contagien su entusiasmo y alegría a los mayores que se encuentran sumidos en el vértigo del día a día.
La reflexión sobre estos temas tan importantes para la construcción de una sociedad mejor y más justa, y para su futuro deberían encontrar atención todos los días; no sólo uno cada año.
En numerosas notas hechas por este diario en diferentes oportunidades se les ha consultado a los chicos sobre sus temores. La respuesta suele ser “yo les tengo miedo a los terroristas”; “me provoca temor la guerra” o “tengo terror a quedarme solo”. Ultimamente están los chicos que contestan que les temen a los remiseros. Una rápida mirada a las respuestas permiten inferir cómo los adultos transmiten sus miedos, sus preocupaciones a los más pequeños. Cada vez más los chicos se refugian -y se alejan de la mirada del adulto- en los juegos cibernéticos o en la misma televisión. Allí no suelen abrevar en la calma. Por el contrario, es común que se encuentren jugando a la “guerra” con un amigo o participando de episodios que cargan tanto dramatismo con los que transmiten los mayores.
Hace pocos días se anunció que el Senado se apresta a dar un paso adelante al elevar un año (de 14 a 15 años) la edad de los menores que pueden realizar trabajos. No se trata de una solución definitiva, pero sí de una importante mejora en pos de que nuestros niños tengan una vida de mayor calidad.
No es la única medida para aplaudir. Así se ha impuesto un “desarme” en las jugueterías que, de alguna manera, es un impulso para que los niños puedan soltar la imaginación y encontrar diversiones que no dependan de la agresión, ni del incentivo bélico.
El artículo seis de la declaración universal del niño nos marca un camino que no debemos abandonar. “El niño, para el pleno desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y, en todo caso, en un ambiente de afecto y de seguridad moral y material; salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre. La sociedad y las autoridades públicas tendrán la obligación de cuidar especialmente a los niños sin familia o que carezcan de medios adecuados de subsistencia. Para el mantenimiento de los hijos de familias numerosas conviene conceder subsidios estatales o de otra índole”.
Esta guía que tal vez repasamos una vez al año con la llegada del Día del Niño, debería ser rectora de la conducta de toda la sociedad. Los momentos que impone la vida actual obligan a una reflexión profunda sobre el rol y la interacción que tienen los adultos con los niños.
Es hora -y esa es nuestra propuesta para estos momentos- de recuperar la candidez del niño. La necesidad de que su imaginación vuele en busca de un bienestar que deje atrás sus miedos y preocupaciones, que deben ser sólo de los mayores.
La inocencia, un valor que parece perdido cuando se ven ciertas escenas en los semáforos tucumanos o en las calles del propio microcentro, debería recuperarse para que sean los mismos chicos los que contagien su entusiasmo y alegría a los mayores que se encuentran sumidos en el vértigo del día a día.
La reflexión sobre estos temas tan importantes para la construcción de una sociedad mejor y más justa, y para su futuro deberían encontrar atención todos los días; no sólo uno cada año.







