Nociones de oposición
En la provincia sí hay opositores y sus propuestas no son atentidas por el Gobierno. Lo que no hay es alternativa a esta gestión. Y eso no es responsabilidad del oficialismo. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.
10 Agosto 2006 Seguir en 
El deporte del Poder Ejecutivo es ningunear a los opositores. El campo de la pelotera es amplio: va desde que no tienen propuestas hasta que sólo saben criticar. La dialéctica gubernamental, así, mezcla muchos elementos y confunde. Ese es el juego.
En rigor, la “oposición” es un concepto que admite varias acepciones. Tal vez no en lo semántico, pero sí en lo político. La primera, y más literal, refiere a los que están en otra posición. A los que están en frente. A los que enfrentan. Y, en el caso local, a los que ofuscan al jefe del Ejecutivo. Precisamente, el discurso oficial busca equiparar “oposición” con “propuestas” para luego, a fuerza de decir que no hay proyectos, concluir que tampoco hay oposición. Pero el planteo alperovichista es doblemente falaz.
En primer lugar, sí hay opositores. No son muchos (el camaleonismo hizo estragos), pero aún hay dirigentes, representantes y movimientos que se paran en frente. Que piden informes. Que denuncian los actos estatales reñidos con la ley. Y que presentan proyectos.
Justamente, esta es la segunda falacia oficial: los opositores tucumanos, en muchos casos, sí aportan propuestas. Pero el Gobierno no las considera. Ni siquiera atiende las iniciativas del peronismo. La prueba directa es que esta gestión rompió el récord de vetos a leyes impulsadas tanto por la oposición como por el PJ. La prueba indirecta es el récord de decretos: pueden ser aceptados o rechazados, pero no pueden ser modificados. No se les pueden agregar propuestas, sean del PJ o la oposición.
Lo que, en cambio, no hay, es alternancia. Según el politólogo Vicente Massot, muchas veces, al hablar de oposición, en realidad se hace referencia a alternativas de gobierno. Eso no se consigue en Tucumán. No logró erigirse, hasta hoy, un esquema político capaz de disputarle el poder al alperovichismo. Y de lo inerme de la oposición no se puede culpar al gobernador.
A la indefensión opositora contribuyen varios factores. En un nivel casi doméstico, la falta de grandeza de las aspiraciones de la dirigencia ha sido un denominador común. En otro plano, cabe advertir que buena parte de los autores que postulan que Occidente vive una nueva época (posmodernidad, o como se llame) describe como una de sus características la profundización de la crisis de los valores burgueses. El alperovichismo lo advirtió: no es la gestión del puritanismo. Pero sí es una gobernación de acciones. Una que no repara en la institucionalidad y que -dice el mandatario- contesta críticas con obras. No es un gobierno de consensos, sino una democracia pavimentadora.
La oposición, en cambio, sigue aburguesada. Y en el sentido peyorativo del término.
Finalmente, hay una tercera acepción de oposición: la de poder alternativo. La de contrapeso. Si se quiere, la de contrapoder. Y apunta a la Legislatura. Sobre todo, cuando están en danza los proyectos para anular el Colegio de Abogados y el fuero administrativo.
Las polémicas iniciativas (para llamarlas de un modo elegante), representan una prueba para la Cámara. Hasta aquí, desempeñó un papel aperturista, lo que le deparó mejor suerte en materia de imagen pública, comparada con anteriores composiciones legislativas. Avalar estas normas, inspiradas en el revanchismo alperovichista contra el freno a sus sistemas de selección y remoción de jueces, la haría devenir mero verdugo del Ejecutivo.
En el bloque del PJ, muchos firmantes de las propuestas admiten en voz baja sus reparos. Pero advierten que el mandatario, con su escalada verbal, llevó la situación a tal punto, que es impensable el rechazo, por las consecuencias políticas del desaire. Surge así, como tercera vía, congelar el tratamiento de los proyectos. Por ahora.
Querer y poder son la progenie de toda oposición.
En rigor, la “oposición” es un concepto que admite varias acepciones. Tal vez no en lo semántico, pero sí en lo político. La primera, y más literal, refiere a los que están en otra posición. A los que están en frente. A los que enfrentan. Y, en el caso local, a los que ofuscan al jefe del Ejecutivo. Precisamente, el discurso oficial busca equiparar “oposición” con “propuestas” para luego, a fuerza de decir que no hay proyectos, concluir que tampoco hay oposición. Pero el planteo alperovichista es doblemente falaz.
En primer lugar, sí hay opositores. No son muchos (el camaleonismo hizo estragos), pero aún hay dirigentes, representantes y movimientos que se paran en frente. Que piden informes. Que denuncian los actos estatales reñidos con la ley. Y que presentan proyectos.
Justamente, esta es la segunda falacia oficial: los opositores tucumanos, en muchos casos, sí aportan propuestas. Pero el Gobierno no las considera. Ni siquiera atiende las iniciativas del peronismo. La prueba directa es que esta gestión rompió el récord de vetos a leyes impulsadas tanto por la oposición como por el PJ. La prueba indirecta es el récord de decretos: pueden ser aceptados o rechazados, pero no pueden ser modificados. No se les pueden agregar propuestas, sean del PJ o la oposición.
Lo que, en cambio, no hay, es alternancia. Según el politólogo Vicente Massot, muchas veces, al hablar de oposición, en realidad se hace referencia a alternativas de gobierno. Eso no se consigue en Tucumán. No logró erigirse, hasta hoy, un esquema político capaz de disputarle el poder al alperovichismo. Y de lo inerme de la oposición no se puede culpar al gobernador.
A la indefensión opositora contribuyen varios factores. En un nivel casi doméstico, la falta de grandeza de las aspiraciones de la dirigencia ha sido un denominador común. En otro plano, cabe advertir que buena parte de los autores que postulan que Occidente vive una nueva época (posmodernidad, o como se llame) describe como una de sus características la profundización de la crisis de los valores burgueses. El alperovichismo lo advirtió: no es la gestión del puritanismo. Pero sí es una gobernación de acciones. Una que no repara en la institucionalidad y que -dice el mandatario- contesta críticas con obras. No es un gobierno de consensos, sino una democracia pavimentadora.
La oposición, en cambio, sigue aburguesada. Y en el sentido peyorativo del término.
Finalmente, hay una tercera acepción de oposición: la de poder alternativo. La de contrapeso. Si se quiere, la de contrapoder. Y apunta a la Legislatura. Sobre todo, cuando están en danza los proyectos para anular el Colegio de Abogados y el fuero administrativo.
Las polémicas iniciativas (para llamarlas de un modo elegante), representan una prueba para la Cámara. Hasta aquí, desempeñó un papel aperturista, lo que le deparó mejor suerte en materia de imagen pública, comparada con anteriores composiciones legislativas. Avalar estas normas, inspiradas en el revanchismo alperovichista contra el freno a sus sistemas de selección y remoción de jueces, la haría devenir mero verdugo del Ejecutivo.
En el bloque del PJ, muchos firmantes de las propuestas admiten en voz baja sus reparos. Pero advierten que el mandatario, con su escalada verbal, llevó la situación a tal punto, que es impensable el rechazo, por las consecuencias políticas del desaire. Surge así, como tercera vía, congelar el tratamiento de los proyectos. Por ahora.
Querer y poder son la progenie de toda oposición.







