Escuchar no sólo lo que nos conviene

09 Agosto 2006
Escuchar no es oír, simplemente. Escuchar es atender, querer entender, valorar, respetar, salvar la proposición ajena. Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir. Esta reflexión la expresó el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, al hablar durante la homilía principal de la celebración de San Cayetano en Buenos Aires. El cardenal primado de la Argentina señaló otros conceptos profundos: “Dios escucha el clamor de su pueblo… no es como los ídolos, que tienen oídos pero no escuchan. No es como los poderosos, que escuchan lo que les conviene. El escucha todo. También las quejas y los enojos de sus hijos”; “Nuestro Padre escucha todos nuestros gritos de dolor, pero escucha de manera especial los gritos de dolor provocados por la injusticia. Hay dolores y dolores. Los del salario retenido, los de la falta de trabajo, son de los dolores que claman al cielo”. También expresó: “los dolores que van con injusticia claman al cielo, porque son dolores que se pueden evitar, simplemente siendo justos, privilegiando al más necesitado, creando trabajo, no robando, no mintiendo, no cobrando de más, no ventajeando”; ¿Cómo puede ser que haya gente que diga que Dios no habla, que no se entiende bien lo que quiere decir? Claro, es gente que no escucha a los pobres, a los pequeños, a los que necesitan. Gente que sólo escucha las voces machaconas de la propaganda y de las estadísticas y no tiene oídos para escuchar lo que dice la gente sencilla”.
Las palabras del arzobispo en el Día de San Cayetano, una de las celebraciones religiosas con mayor adhesión de la gente, fueron oportunas para reflejar una realidad, jaqueada por la desocupación, el trabajo en negro y la desigualdad que generan desesperanza en vastos sectores del país, incluyendo a Tucumán. La miseria y la marginalidad, el incremento del índice de menores delincuentes y drogadictos son consecuencia de una sociedad injusta, cuya realidad debería ser revertida por aquellos que nos gobiernan o que motorizan económicamente una provincia.
De acuerdo con el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos de junio pasado, el desempleo en Tucumán y sus alrededores fue de un 13,4%, lo cual significa una baja de 0,8 puntos respecto del primer trimestre de 2005. A menudo, nuestros representantes se obnubilan cuando las cifras señalan alguna mejoría y pierden la perspectiva de la realidad de miles de comprovincianos que viven bajo la línea de pobreza. Los planes sociales y el bolsonerismo sólo han profundizado la indignidad que siente una persona a la que no le alcanza para alimentar y educar a su familia. Una enfermedad grave no se cura con aspirinas. Pensemos, por ejemplo, en aquellos niños que comienzan a drogarse a los 4 o a los 5 años; en los 63 menores alojados en el Instituto Roca, de los cuales el 93% son adictos dependientes; en los chicos que a diario se detienen con drogas o con armas; en sus padres, que viven en taperas y que carecen de educación y de trabajo.
En contraste, parte de nuestra clase dirigente, encaramada en el poder, pocas veces se acerca a escuchar estas voces de la desesperanza, que no tienen posibilidades de cambiar su destino. Tal vez porque está más entretenida en pensar cómo lograr una migaja de poder para atornillarse al lugar que ocupa, en lugar de buscar la forma de generar trabajo digno para sus comprovincianos. “Dios no es como los poderosos, que escuchan lo que les conviene”, dijo Bergoglio. Sería conveniente que quienes conducen el destino provincial lo recuerden siempre y actúen en consecuencia.





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