Un flirteo con la inmortalidad

Por Gustavo Martinelli, Redacción de LA GACETA. Los clásicos son aquellos libros que hacen mella en la cultura universal y sus planteos siguen teniendo una pasmosa vigencia.

06 Agosto 2006
Nadie ignora (mejor dicho: todos han olvidado) que la lectura de un libro clásico es un flirteo con la inmortalidad. Tal vez por eso, las historias que siempre han poblado las desveladas noches de los hombres siguen teniendo en nuestros días tanta vigencia. El estreno de la obra de Sófocles “Edipo Rey”, que congregó anoche a un entusiasta público de todas las edades, no hace más que ratificar esta suerte de resurgimiento de la pasión por los clásicos. Una pasión que este año pegó muy fuerte en el teatro tucumano, ya que, además de “Edipo Rey”, se realizó una exitosa versión de “Doña Rosita, la soltera”, de Federico García Lorca.
 La obra, que se estrenará la próxima semana en ell teatro Cervantes, de Buenos Aires, compartió la cartelera teatral del VIII Julio Cultural con otra obra basada en un clásico mito griego: “El jardín de piedra”, que recrea la leyenda del Minotauro, el laberinto, el hilo de Ariadna y la gesta de Teseo. Además, para el Setiembre Musical, la Secretaría de Cultura de la Provincia prepara dos estrenos que darán que hablar. Se trata de la inmoral obra de William Shakespeare “El mercader de Venecia”, que estará a cargo del Elenco Estable; y de “Las bodas de Fígaro”, la ópera de Wolfgang Amadeus Mozart.
Claro que toda esta fiebre no se produjo sólo en el teatro local. También la televisión fue seducida por una de las historias de amor y venganza más legendarias de la historia de la literatura: “El conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas. Sucede que la historia ha sido adaptada a la realidad argentina en la telenovela “Montecristo”, y rápidamente se convirtió en una de las producciones más exitosas del año.
 En el cine, pasó algo similar con las versiones de “El mercader de Venecia”, “Orgullo y prejuicio” y “Los hermanos Grimm”; esta última basada en la vida de los célebres hermanos, autores de “Caperucita roja”.
Pero, en rigor, ¿qué debe tener una obra para ser considerada un clásico? Según el escritor Italo Calvino, los clásicos son aquellos libros que constituyen una riqueza para aquellos que los han leído y amado.
Así, por ejemplo, “La divina comedia”, de Dante Alighieri, o “La Eneida”, de Virgilio, fueron ponderadas por Borges como los más grandes pilares de la literatura universal. Sin embargo, no todos valoran a estos autores de la misma manera. En su libro “El canon occidental”, el famoso crítico Harold Bloom pondera la supremacía de Shakespeare y de Cervantes por sobre otros autores clásicos. Más allá de esta elemental discordia, lo cierto es que los clásicos son aquellos libros que hacen mella en la cultura universal y sus planteos siguen teniendo una pasmosa vigencia. Por eso, siempre habrá incesantes lectores que seguirán leyendo a Dickens, a James Joyce, a Leon Tolstoi, a Pablo Neruda o a Virginia Woolf, a pesar de las nuevas tecnologías desarrolladas para llenar el ocio.
Fue precisamente el mismo Stevenson quien aseguró que una biblioteca es como un gabinete mágico repleto de seres que están hechizados. Mientras el libro permanece en el estante, es una cosa más entre las cosas. Pero, cuando un lector lo abre y lee sus páginas, esos seres hechizados cobran vida y echan a volar. Tal como si recién hubieran sido creados.

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