Los malos hábitos perturban el tránsito

05 Agosto 2006
Las condiciones que rodean actualmente el desenvolvimiento del tránsito de vehículos y de peatones en San Miguel de Tucumán merecen, por cierto, la preocupación de las autoridades. No se trata en absoluto de un tema menor. Por el contrario, hablamos de una realidad donde está involucrado algo tan importante como es la seguridad de las personas. Además, por supuesto, se formaliza un impacto negativo sobre la fluidez de la circulación, imprescindible en una urbe cuyo parque de automotores crece en forma exponencial. Cuando se instalaron los semáforos, se pensó que, como en todas las ciudades del mundo, ese adelanto iba a tener influencia decisiva para ordenar el movimiento de los vehículos, para evitar colisiones y para otorgar seguridad al peatón que desciende a la calzada con intenciones de cruzar. Pero sucede que tales efectos beneficiosos presuponían, de parte de automovilistas y de transeúntes, cierto básico marco de respeto a las indicaciones de los aparatos. Esto no ocurre en una alarmante mayoría de casos, como lo puede apreciar la mirada de cualquiera. Los automovilistas, en primer lugar, con acusada frecuencia atraviesan la bocacalle, a pesar de que la luz roja les indica detenerse. Esto no está generalizado en el microcentro (salvo en el caso de los ciclistas, que gozan de absoluta libertad de desplazamiento), pero es común, más allá de ese sector, y en especial en las avenidas, donde cruzan en rojo autos, camiones y colectivos. Ni qué decir que una infracción  de ese tipo es considerada la más grave en cualquier ciudad del mundo, y se la sanciona con un rigor que va desde las fuertes multas hasta el retiro del registro, en caso de reincidencia. Entre nosotros, en cambio, si se la comete con tanta reiteración, debe ser porque existe una arraigada conciencia de impunidad. Pero sucede también que en el centro, la agilización del tránsito que debía derivar de las indicaciones luminosas, no se produce, porque los conductores las respetan sólo a medias. Así, se adelantan con luz amarilla, con lo que quedan atravesados en la bocacalle, impidiendo que el tránsito avance por la otra arteria. Como resultado, se producen fastidiosos embotellamientos, que no tendrían por qué ocurrir desde que existen los semáforos. Y para potenciar tales dificultades y riesgos creados en la calzada, está la conducta de la inmensa mayoría de los peatones, que se obstinan en cruzar a cualquier altura de la cuadra, en lugar de hacerlo por la esquina, como corresponde. Ni qué decir que dicha tesitura pone en peligro su integridad física, a la vez que perturba la fluidez, ya que los conductores deben estar atentos para no arrollar a transeúntes que repentinamente aparecen delante de sus vehículos, en muchos casos hasta distraídos y mirando hacia el lado opuesto. Además, sucede reiteradamente que, cuando se disponen a cruzar por la esquina, no esperan que los autorice la luz del semáforo, sino que se lanzan a la calzada de cualquier manera, esquivando los vehículos.
Esta realidad de conductas antirreglamentarias conspira contra la seguridad de la circulación en las calles. No puede aducirse que automovilistas o peatones desconozcan las normas a las que deben ajustarse: estas son muy sencillas y harto sabidas por todos. Lo que sucede es que, repetimos, está vigente una deplorable conciencia de impunidad. Se desacatan las ordenanzas municipales, porque se está seguro de que ello no traerá aparejada finalmente sanción alguna. Evidentemente, la autoridad municipal es la llamada a terminar con semejante desorden, para lo que debe labrar, en todos los casos, las actas de infracción correspondientes. No hay otro camino para terminar con tan inaceptable estado de cosas.




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