El frío exige medidas que eviten sus efectos

01 Agosto 2006
En nuestra provincia, no es usual que el invierno se manifieste crudamente. Es más, quienes aquí vivimos estamos acostumbrados a sólo unos pocos días de baja temperatura, que siempre se ve atemperada por el sol. Paul Groussac, que residió más de una década en el medio, hablaba del “tibio y perfumado invierno tucumano, que es su verdadera primavera”. Por ello es que las edificaciones de nuestra ciudad están diseñadas más para el largo verano que para la breve estación invernal.
Actualmente, estamos en un tramo de frío intenso -al menos para nuestras costumbres-, y ello hace oportuno arrimar algunas reflexiones. Por escasas que sean esas jornadas, no puede olvidarse que el frío es algo que debe mirarse con respeto, por los daños que puede producir en la salud de los habitantes. Catarros, gripes, congestiones alérgicas, serían las más comunes y relativamente leves. Pero están también las graves afecciones de tipo pulmonar, cuyas consecuencias pueden resultar fatales, sobre todo en el caso de los niños y de las personas añosas o enfermas.
Sin duda que el público debe adoptar, como primera medida, las obvias precauciones del abrigo, de evitar la exposición innecesaria y prolongada a la intemperie, y de dotar a sus domicilios de alguna forma de calefacción, en la medida de las posibilidades. Ello, además de acudir a los médicos, y de abstenerse de la ingestión de remedios autorrecetados, según lo recomiendan hasta el cansancio las autoridades sanitarias y los profesionales de la salud. Pero, por otra parte, hay recaudos que son de la órbita del poder público y de la empresa privada. Lo decimos porque, en muchos ámbitos donde se trabaja a diario, distan de existir las condiciones mínimamente confortables para afrontar las bajas temperaturas. La mayoría de las escuelas no están adecuadamente equipadas para estos trances, lo que se refleja negativamente en la salud de los alumnos. Muchas veces nos hemos referido a esa cuestión, que es urgente solucionar.
Sabemos que algunos centros comerciales o bancarios cuentan con calefacción central. Pero se trata de excepciones. Lo común es que, en las oficinas estatales,   no existan estufas de ningún tipo, en muchos casos porque la instalación eléctrica no las tolera, o porque no existe presupuesto para adquirir las garrafas de gas. Como consecuencia, los empleados deben  soportar el frío durante largas horas, con las consecuencias conocidas en materia de dolencias que se reflejan en ausentismo laboral. Esta riesgosa exposición a las bajas temperaturas afecta también, obviamente, al público que acude a esos lugares para realizar algún trámite, o que debe aguardar, a veces por largo rato, el resultado de sus diligencias.
En otro terreno, es preciso referirse al transporte. Con demasiada frecuencia, los colectivos tienen ventanillas cuyos cristales no descorren adecuadamente, si es que los tienen. Y qué decir de la inmensa mayoría de los taxis y remises. Su pésimo estado se manifiesta tanto en lo recién comentado, como en desperfectos en el cierre adecuado de sus puertas, lo que somete al pasajero a chorros de aire helado durante el trayecto.
Todo esto muestra una realidad de desamparo de la población frente al invierno, por breve que este sea en nuestra provincia. Nos parece que se trata de cuestiones para nada menores, por sus consecuencias conocidas en la salud pública. Muchas de tales situaciones debieran ser previstas con anticipación al invierno, lo que, a esta altura, no es posible: debe entonces planificarse para el futuro. Pero otras pueden ser solucionadas de inmediato, y corresponde poner manos a la obra, en beneficio de todos.



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