La alfombra roja que oscurece

Las inversiones que se materializan en Tucumán se limitan a la construcción y a emprendimientos ya en marcha. El gran capital teme ante el "ruido" de la política. Por Fernando García Soto - Redacción de LA GACETA

31 Julio 2006
El dato sobre el crecimiento del PBI provincial -del 14% en 2005-, que dio a conocer el jueves pasado el gobernador Alperovich, dejó atónitos a los economistas consultados por LA GACETA, quienes expresaron sus dudas sobre la veracidad del anuncio oficial. El porcentual citado, que supera en cinco puntos a la marca nacional del año pasado, plantea que en Tucumán se habría producido en 2005 una verdadera revolución en la economía provincial, con inversiones por doquier. Sin embargo, tal vez la cifra esté algo "abultada" por la creciente participación del Estado provincial en la economía, y no tanto por la inversión, que más que nada estuvo orientada a la construcción y a actividades ya en marcha y favorecidas por la coyuntura, como ocurre en el sector azucarero, por ejemplo. ¿Qué determina el interés que podría tener una gran empresa en invertir en Tucumán? El proceso que lleva a una compañía a tomar una decisión trascendental de este tipo no es sencillo ni rápido, y conlleva un análisis minucioso de diversos factores que darán pautas sobre si vale la pena o no encarar un emprendimiento.
Primero y principal, se evalúa la distancia del potencial lugar en cuestión con los principales centros económicos del país, y si el punto elegido resulta favorable para la colocación del producto o servicio. En esto, Tucumán tiene cosas a favor y en contra: ubicada en el centro del NOA, la provincia está definitivamente a "trasmano" del movimiento económico de importancia de la Argentina, lo que incide negativamente en cualquier cálculo de costos de fletes que se realice. Pero nadie puede desconocer que nuestra provincia es una de las plazas de consumo más importantes del país, y es precisamente por este aspecto que Tucumán resulta atractiva para negocios como los que proponen los hipermercados o las empresas que instalan máquinas tragamonedas. En el comercio hay inversión, pero se trata fundamentalmente de empresas instaladas en la provincia, que destinan partidas de dinero en mejoras de lo que ya poseen. Tampoco les importa la distancia a los puertos a una empresa como Atanor -propietaria de tres ingenios tucumanos-, o a los dueños de fábricas azucareras o citrícolas, que necesitan que sus plantas procesadoras de caña o de limón estén cerca de los lugares donde se cosecha esta materia prima.
Un aspecto clave que estudia una potencial inversión es la cuestión fiscal del lugar donde planea instalarse. En este punto, Tucumán resulta la segunda provincia menos favorable del país -sólo por detrás de Santiago del Estero-, por la elevada presión impositiva que aquí existe. Más allá de las promociones que se ofrezcan para la radicación de grandes empresas, lo cierto es que en Tucumán se paga un 2% de impuesto por cada sellado que se deba efectuar, y un 2,5% de impuesto a la salud pública, lo que encarece la planilla salarial. Además, acá algunas empresas -en especial las del campo- se ven obligadas a tributar hasta en dos y tres etapas el impuesto a los Ingresos Brutos, reclamo que insiste en desoír el Gobierno provincial. Pero lo más grave es que las compañías que pagan impuestos en este distrito sienten que no reciben de manera satisfactoria la contraprestación a este esfuerzo por parte del Estado, al menos en lo que a seguridad, justicia y obras de infraestructura se refiere.
En el estudio previo a la radicación de un gran emprendimiento, también se evalúa el clima de negocios que presenta la provincia en cuestión. La imagen, en este caso, se puede distorsionar por el "ruido" que surge desde lo social, desde lo político y desde lo económico. Precisamente, el ruido político que emite Tucumán parece ensordecer a los grandes inversores, según afirman consultores de Buenos Aires.
En concreto, los grandes capitales temen a una dirigencia que diseña y aprueba una Constitución provincial a medida de sus intereses -para concentrar poder-, y sienten también gran preocupación cuando la clase política pretende digitar las acciones de la Justicia. Además, no gusta que la informalidad -en todas sus expresiones- esté instalada con toda firmeza en el lugar objeto de una gran inversión. En Buenos Aires, algunos empresarios tampoco ven con buenos ojos lo que consideran actitudes autoritarias del máximo gobernante de la provincia. Consideran inapropiado -por ejemplo- el esfuerzo constante de Alperovich por ampliar el parque de máquinas tragamonedas, o los continuos enfrentamientos que este mantiene con la prensa. Al igual que sucede en gran parte del sector privado nacional con el humor cambiante del presidente Kirchner, parte de los grandes capitales siente miedo de que algún arrebato de ira de Alperovich termine cayendo sobre ellos.
En definitiva, no sólo con declamaciones o con datos económicos favorables se tienta a la inversión. La tan mentada "alfombra roja", que desde el Gobierno aseguran que se tiende a los capitales externos a Tucumán, se oscurece ante sucesos cotidianos y ante desinteligencias oficiales, y lo único que se termina logrando es amedrentar y ahuyentar a potenciales inversores de fuste que podrían recalar en la provincia.




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