Verdades de hace 200 años, hoy
Por Juan Carlos Di Lullo, redacción de LA GACETA. En el campo educativo el desafío es mayor, porque los cambios se suceden de manera vertiginosa.
30 Julio 2006 Seguir en 
En la charla que pronunció hace pocos días en el marco del ciclo organizado por LA GACETA, el historiador Luis Alberto Romero señaló al retroceso de las instituciones republicanas como uno de los más serios problemas que enfrenta la democracia que se vive en el país desde 1983. Puntualizó que las casi tres décadas transcurridas entre 1955 y 1982 -signadas por las dictaduras militares y por los gobiernos surgidos de elecciones condicionadas por las proscripciones- abrieron una expectativa desmesurada sobre las bondades intrínsecas del sistema democrático. El especialista señaló que la desilusión que produjo la falta de soluciones inmediatas a partir del gobierno de Raúl Alfonsín se debió en gran medida a la imposibilidad de advertir que el país ya había cambiado irreversiblemente: se habían esfumado las épocas de pleno empleo y de la promesa de movilidad social y se había producido la licuación del Estado.
El panorama actual es preocupante, porque los integrantes de las nuevas generaciones -las que tendrán la responsabilidad de la conducción de los destinos del país dentro de pocos años- muestran un peligroso desinterés por involucrarse activamente en la discusión de las políticas que moldearán a la comunidad en la que habrán de pasar el resto de sus días. Devaluado el concepto de participación, todo se reduce a delegar en unos pocos esclarecidos la tarea de definir los destinos de todo un cuerpo social.
“El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien: él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal; a que sus pasiones tengan un dique más fuerte que el de su propia virtud; y que -delineado el camino de sus operaciones por reglas que no estén en sus manos trastornar- la bondad de un gobierno derive no de las personas que lo ejercen, sino de una constitución firme, que obligue a sus sucesores a ser igualmente buenos que los primeros, sin que ningún caso deje a estos la libertad de gobernar mal impunemente”. Este es el pensamiento de un hombre que murió hace casi dos siglos, cuando tenía 32 años. La vigencia de la cita asombra y hace pensar que Mariano Moreno fue un clarividente; pero, al mismo tiempo, desalienta comprobar que las experiencias recogidas a lo largo de casi dos centurias no han alcanzado para esclarecernos y para hacer avanzar la calidad de nuestras instituciones al punto de volver saludablemente obsoletos los conceptos del fundador de la “Gazeta de Buenos Ayres”.
En el campo de la educación, el desafío es mayúsculo, en un mundo en el que los cambios se suceden de manera vertiginosa. A pesar de las declaraciones públicas y de las preocupaciones que manifiestan los funcionarios, el sistema sigue en crisis y las respuestas no aparecen. “Hay que enseñar el oficio de aprender”, dijo esta semana en Tucumán el secretario de Educación de la Nación, Juan Carlos Tedesco. Y también señaló que la enseñanza tiene que ocuparse de promover la solidaridad, la responsabilidad con respecto al otro y el respeto a la diferencia. Si los hechos se ponen en línea con estos conceptos, habrá lugar para la esperanza.
“Si los pueblos no se ilustran; si no se vulgarizan sus derechos; si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y, después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”. También lo dijo Mariano Moreno. Tampoco ha perdido vigencia.







