La ley antitabaco y una obediencia a imitar

Existen aspectos sobre los cuales deberá afinarse el control, como las "fiestas privadas".

30 Julio 2006
En nuestra edición de ayer, brindamos abundante material sobre el funcionamiento concreto de la ley antitabaco en Tucumán. De esa información surge que la inmensa mayoría de la población fumadora acata la norma que le impide desarrollar su hábito en sitios cerrados.
 Si se piensa en la enorme cantidad, tanto de oficinas y de locales comerciales, como de bares, cafés, restaurantes y demás que existen en Tucumán, y se confronta ese cálculo con el hecho de que el IPLA solamente documentó 25 infracciones en el mes de vigencia que lleva la norma, queda clara la unanimidad de la observancia.
Como lo destaca nuestra nota, la ley determinó un alto grado de concientización sobre los riesgos del tabaco, que los médicos estiman muy positivo.
Sin duda, existen aspectos sobre los cuales deberá afinarse el control, como las “fiestas privadas” -que nada tienen de tales, pues se paga entrada- que son el recurso para torcer las disposiciones contra el cigarrillo y también contra la venta de alcohol. Pero esto no quita que el grado de consentimiento que se advierte sea realmente notable.
Cuando se dictó la reglamentación a la que aludimos, este comentario formuló apreciaciones elogiosas a su respecto.
Señalamos entonces, entre otras cosas, que el daño que representa para el organismo -propio y ajeno- el hábito de fumar, constituía algo indiscutible, y que todos los países del mundo coincidían en una ofensiva tendiente a desterrarlo de los espacios cerrados. Así, no puede sino señalarse como positivo que entre nosotros se opere el mismo proceso, sin fricciones de ninguna especie hasta el momento.
Pero, el acatamiento de la ley antitabaco puede ser propicio para arrimar algunas reflexiones de otra índole. Cuando se advierte la forma disciplinada en que el público fumador se pliega a lo dispuesto, cabe preguntarse la razón por la cual no se percibe una observancia similar de normas cuya importancia no cede a las relativas al tabaco.
Y es igualmente curioso que el Estado no muestre, para obtener ese cumplimiento, la determinación que ha aplicado en el rubro que tratamos al comienzo.
Es público y notorio que, en nuestra ciudad, múltiples prescripciones de órbita municipal, estrechamente vinculadas en algunos casos al orden urbano y en otros a la seguridad de vehículos y de personas, resultan obviadas a cada momento. Entre las últimas hablamos, por ejemplo, del respeto a la luz roja de los semáforos por parte de los conductores y de los peatones; de la prohibición de que estos crucen a mitad de cuadra; del uso del casco en los motociclistas, quienes además, irresponsablemente, transportan a niños en sus vehículos.
Entre las de orden urbano, hay decenas de normas incumplidas tradicionalmente: desde los puestos de venta ambulante que invaden la vereda hasta el estacionamiento en doble fila; desde el lavado de coches en la vía pública hasta el arrojo de basura en la calle; desde el descuido de los terrenos baldíos hasta la producción de ruidos molestos. Todo esto, en una enumeración sólo ejemplificativa.
Pensamos que sería conveniente que la comunidad aplicara, en el cumplimiento de disposiciones legales instituidas en beneficio común, el mismo grado de conciencia que ha destinado, positivamente, para observar la ley antitabaco. Y , al mismo tiempo, el Estado provincial o municipal debiera aplicar un rigor similar para hacer efectivo ese cumplimiento.
No puede dudarse de que, si así ocurriera, se produciría un mejoramiento sustancial en  la vida cotidiana de todos.

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