Un millar de días con la moral pública fracturada

La concepción reduccionista de que la política consiste sólo en empujar, terminó por convertir a la provincia en un gigantesco San Fermín. Uno que nunca se acaba. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

27 Julio 2006
Acerca de la palabra moral se barajan dos orígenes. El más difundido la ancla en el latín mos - mores, que, propiamente, quiere decir costumbre. La segunda, menos conocida pero más defendida, la deriva de modo -moderatio. Concretamente, moderación. Y, también, equilibrio. Debe advertirse que no se trata de acepciones antagónicas, sino complementarias: la moderación es tal con arreglo a las costumbres. Sin embargo, sí hay entre ambas concepciones una distinción no menor: la costumbre es dada, mientras que el equilibrio es buscado.
Es desde esta perspectiva etimológica (y, cabe ponerlo en claro, sin entrar en el plano axiológico), que los 1.000 días de gestión del oficialismo parecieron caracterizados por una profunda fractura de la moral pública. Un millar de días carentes de moderación estatal.
Durante ese lapso, la prometida reforma constitucional del consenso devino en una enmienda hecha en la casa del gobernador, mientras él afirmaba, a quien quisiera oírlo, que los constituyentes eran suyos porque él los había puesto.
El Poder Judicial terminó avasallado y se creó un Consejo Asesor de la Magistratura y un Jurado de Enjuiciamiento copados por el poder político. Fueron 1.000 días de crítica desembozada y en varios tramos injuriosa, contra miembros de la Corte Suprema de Justicia.
En el balance aparecen también comportamientos reñidos con las normas más básicas de la democracia, como son el respeto del disenso y la búsqueda del consenso.
Como represalia contra la causa que objeta los sistemas de selección y remoción de magistrados desde los despachos de Casa de Gobierno, se desató una implacable persecución contra el Colegio de Abogados de Tucumán. A la par, quieren anular a la Cámara en lo Contencioso Administrativo, poniéndole un inaudito tribunal de apelaciones por encima.

Ni moderación
Fueron 1.000 días en los cuales el gasto público se disparó, al punto que durante el primer cuatrimestre de este año, en comparación con el de 2005, se incrementó el 56%. Sobre todo, por el giro de recursos a las administraciones del interior. Entre ellas están la mitad de las comunas rurales, que deben explicarle aún, al Tribunal de Cuentas, en qué gastaron los dineros del pueblo el año pasado.
Fueron 24.000 horas con funcionarios que cobran sueldos primermundistas mientras los empleados públicos ganan salarios del tercer mundo. Con cerdos disfrutando como manjar toneladas de polenta que debió estar en la mesa de los pobres. Con una vocación irrefrenable por inundar la capital de maquinitas tragamonedas.
Dos años y nueve meses de ver a muchos dirigentes que se rasgaban las vestiduras como opositores, probarse el saquito de alperovichistas de último vagón. Pisoteo doctrinario, mediante. De ver batir todos los récords de dictado de decretos de necesidad y urgencia. Y todos los récords de vetos en contra de leyes consensuadas en el Poder Legislativo. Con los primeros se ningunea al Poder Legislativo. Con los segundos, se lo amordaza. Fueron 1.000 días de denuncias incesantes de avasallamientos a la libertad de expresión. Presuntas, claro está.

Ni equilibrio
Fueron el “Caso Ibri”. Y el “Caso Macías”. Y la Policía reprimiendo a los dirigentes municipales que quieren asumir la conducción del gremio, para lo cual fueron electos por sus representantes, tal como lo admite el propio Ministerio de Trabajo de la Nación. Complementariamente, el fracaso en materia de política de seguridad pública es indisimulable.
Fueron un millar de jornadas sin equilibrio estatal. O de proyección de una república desequilibrada.
Tanta desmesura terminó por atentar contra los logros de esta gestión. Hubo grandes mejoras en la prestación de servicios referidos a la salud y a la educación públicas. Y una incontestable puesta en marcha de la obra pública.
Pero, en lo particular, los atropellos en la adjudicación de Lomas de Tafí terminaron haciendo que la Nación interrumpiera el envío de fondos. Y en un plano general, la reactivación del Estado promete ser demasiado onerosa para los ciudadanos. Porque, por momentos, el trato que ofrece el Estado parece consistir en canjear pavimento por institucionalidad.

Puro encierro
Fueron 1.000 días de creer que la política es sólo empujar. De lo que resultó que Tucumán parece un “San Fermín”, que nunca termina. Y como en aquella tradición que se cumple año a año en Pamplona (concluye los 21 de julio), el Gobierno embiste. Y la oposición corre como puede. Algunos mozos se esmeran por ir al lado de los toros, alentándonos. Otros, rezan y piden no terminar corneados o pisados. Pero todos llegaron ahí por voluntad propia.
Para los corredores es una fiesta. Una que, para mayores semejanzas, concluye con la gente cantando una única canción: “Pobre de mí”. ¿Vendrá San Fermín a sacar al pueblo del encierro?




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