27 Julio 2006 Seguir en 
En estos días, hemos tocado dos caras de la realidad, en el tema de la educación. Una de ellas -tratada en la edición del martes- es la alarmante cantidad de alumnos que no se presentaron a rendir los exámenes -de diverso tipo- previstos para esta época en las escuelas medias: nada menos que un 40%, según el sondeo realizado por LA GACETA. Y muchos de los chicos que asistieron reconocieron que habían rendido dos o tres veces la materia antes de aprobarla, o que dejaron pasar una o dos mesas antes de presentarse, porque no sabían y no tenían ganas de estudiar. Un experto en el tema afirma que ello parte de un divorcio entre escuela y familia: los chicos pasan el día en la calle, en el ciber o mirando televisión, o utilizando el teléfono celular, porque en el hogar no hay quien los controle.
La otra cara de la realidad está expresada en la edición de ayer, donde habla un grupo de chicos que fueron invitados a la Casa de Gobierno para exponer su punto de vista sobre las falencias del sistema educativo. Critican la educación “fragmentada”, que muestra grandes lagunas y, por tanto, no los capacita para ingresar a la Universidad. Igualmente, hablan de la confusión creada por los cambios de planes; de las materias con un perfil tan específico que su dictado crea serios problemas; de los docentes que no saben computación y, por tanto, no usan los ordenadores. Piden que se iguale la calidad educativa, que se mejore la base para la etapa universitaria, que se evite la superposición de asignaturas, que se impartan conocimientos básicos para todas las modalidades, entre otras inquietudes.
Está claro, nos parece, que el sistema, tal como se desarrolla actualmente, exhibe problemas serios, que resulta premioso tomar en cuenta para diseñar las respectivas soluciones. Bien está que la temática se plantee, y que exista actualmente un consenso perceptible sobre la necesidad de practicar modificaciones a la Ley Federal de Educación.
Pero, además de este propósito, no debe olvidarse que el problema tiene también una vigencia actual. Sobre ella es necesario operar, ya que no puede posponerse todo hasta el momento en que la reforma buscada llegue a concretarse. En efecto, nunca es veloz la modificación de un cuerpo de normas, y mucho menos cuando estas se refieren a una temática tan complicada como la educativa. Todo hace suponer que la ley se modificará; pero todavía ha de pasar bastante tiempo hasta que tal cosa ocurra efectivamente.
Mientras tanto, los alumnos de hoy deben soportar la realidad de un sistema que, en diversos aspectos, no resulta -como se comprueba en lo que consignamos al principio- el adecuado para proporcionarles la suma de conocimientos eficaces para acometer el nivel superior de los estudios.
Así, nos parece necesario que, hasta tanto se cuente con la nueva ley, se busque el modo de ir actuando, y con urgencia, sobre los más gruesos requerimientos actuales: por ejemplo, sobre la capacitación de los docentes. Es decir que se implemente una estrategia de aplicación inmediata, de manera que en el tramo previo al nuevo sistema se asista a la corrección de sus cuestiones más notorias. Pensamos que sería un camino realista, al tener en cuenta la actualidad tal como ella se nos presenta.
Por cierto que dentro de ese camino debe entrar también la concientización de los padres acerca de la necesidad, no solamente de formar a sus hijos, sino de colaborar con la tarea de la escuela, de todos los modos posibles. Si no lo entendemos así, estaremos postergando peligrosamente las acciones concretas frente a una cuestión cuya importancia, por lo obvia, no requiere más comentarios.
La otra cara de la realidad está expresada en la edición de ayer, donde habla un grupo de chicos que fueron invitados a la Casa de Gobierno para exponer su punto de vista sobre las falencias del sistema educativo. Critican la educación “fragmentada”, que muestra grandes lagunas y, por tanto, no los capacita para ingresar a la Universidad. Igualmente, hablan de la confusión creada por los cambios de planes; de las materias con un perfil tan específico que su dictado crea serios problemas; de los docentes que no saben computación y, por tanto, no usan los ordenadores. Piden que se iguale la calidad educativa, que se mejore la base para la etapa universitaria, que se evite la superposición de asignaturas, que se impartan conocimientos básicos para todas las modalidades, entre otras inquietudes.
Está claro, nos parece, que el sistema, tal como se desarrolla actualmente, exhibe problemas serios, que resulta premioso tomar en cuenta para diseñar las respectivas soluciones. Bien está que la temática se plantee, y que exista actualmente un consenso perceptible sobre la necesidad de practicar modificaciones a la Ley Federal de Educación.
Pero, además de este propósito, no debe olvidarse que el problema tiene también una vigencia actual. Sobre ella es necesario operar, ya que no puede posponerse todo hasta el momento en que la reforma buscada llegue a concretarse. En efecto, nunca es veloz la modificación de un cuerpo de normas, y mucho menos cuando estas se refieren a una temática tan complicada como la educativa. Todo hace suponer que la ley se modificará; pero todavía ha de pasar bastante tiempo hasta que tal cosa ocurra efectivamente.
Mientras tanto, los alumnos de hoy deben soportar la realidad de un sistema que, en diversos aspectos, no resulta -como se comprueba en lo que consignamos al principio- el adecuado para proporcionarles la suma de conocimientos eficaces para acometer el nivel superior de los estudios.
Así, nos parece necesario que, hasta tanto se cuente con la nueva ley, se busque el modo de ir actuando, y con urgencia, sobre los más gruesos requerimientos actuales: por ejemplo, sobre la capacitación de los docentes. Es decir que se implemente una estrategia de aplicación inmediata, de manera que en el tramo previo al nuevo sistema se asista a la corrección de sus cuestiones más notorias. Pensamos que sería un camino realista, al tener en cuenta la actualidad tal como ella se nos presenta.
Por cierto que dentro de ese camino debe entrar también la concientización de los padres acerca de la necesidad, no solamente de formar a sus hijos, sino de colaborar con la tarea de la escuela, de todos los modos posibles. Si no lo entendemos así, estaremos postergando peligrosamente las acciones concretas frente a una cuestión cuya importancia, por lo obvia, no requiere más comentarios.







