Radicales intransigentes eran los de antes
Alperovich, Courel, Morelli, Neme Scheij, Mendía y Usandivaras integran la larga lista de quienes ya no están en el partido de Sabbatini y de Lebensohn. ¿Y el MID?. Por Federico Abel - Redacción de LA GACETA
26 Julio 2006 Seguir en 
“Yo no soy contubernista”. Esto le mandó a decir el dirigente radical cordobés Amadeo Sabbatini, en noviembre de 1944, a la fulgurante figura del coronel Juan Domingo Perón. Al parecer, este le había ofrecido todos los puestos electivos que se le ocurrieran (senadores, gobernadores, legisladores provinciales, etcétera) con tal de que la UCR se sumara a la movida que Perón, aún bajo el cobijo y con uniforme del Ejército, andaba tramando para las futuras elecciones (fueron en 1946). Un año más tarde, durante los días previos al 17 de octubre de 1945, cuando Perón estaba preso y distanciado de los militares con los que había participado del golpe de 1943, Sabbatini volvió a recibir un ofrecimiento. Pero en esa ocasión de las propias Fuerzas Armadas, para que se hiciera cargo -de facto y con gente de confianza- del poder, de manera de cerrarle el paso al ascendente y ya inmanejable Perón. El propio Arturo Frondizi, luego presidente, intentó convencerlo de que diera el sí por la oportunidad única con la que tropezaba, según recuerda Félix Luna. “Vea Frondizi. A Perón ya lo he sacado de un ala y voy a volver a sacarlo cuantas veces sea necesario. Algunos amigos nuestros están impacientes por ocupar funciones de gobierno, pero eso es inconveniente”, le contestó el “Tanito” de Villa María, como llamaban cariñosamente a Sabbatini. Además de Sabbatini, hubo otro dirigente que se mantuvo intransigente frente a las tentaciones del incipiente peronismo, que, ya voraz, pretendía que todo confluyera en esos cauces abiertos en 1943. A diferencia de otros radicales acomodados, era un abogado pobrísimo. Se llamaba Moisés Lebensohn y sus enemigos despectivamente le decían “ese rusito”. No había cumplido 40 años, pero su consecuencia -como la de Sabbatini- ayudó a mantener la leyenda del partido que había nacido a fines del siglo XIX, precisamente, para decirles que no a las componendas.
Olvidadizos
¿Por qué es necesario reiterar este viejo y romántico cuento radical que, seguramente, muchos saben, pero olvidan? Porque en Tucumán hay radicales que, pareciera, simpatizan con la causa del poder, en vez de seguir leales a la causa de Leandro Alem. Y en la lista habría que poner en primer lugar al propio gobernador José Alperovich, quien, llamativamente, en la UCR integró el Ateneo de la Libertad, ese vivero de emigrantes, del que también formaron parte Carlos Courel, Alfredo Neme Scheij, Osvaldo Morelli y el último que voló -como la paloma-, el legislador Jorge Mendía, ahora expulsado del partido junto al concejal Gustavo Usandivaras.
Durante los comicios de 2003, Neme Scheij, directamente, fue un frustrado candidato a legislador por el mismísimo y peronista Frente Fundacional. Morelli y Courel, durante las últimas elecciones para convencionales constituyentes, formaron ese apéndice alperovichiano llamado Participación Cívica. Lo curioso es que ahora Mendía, para fugarse -transfugarse, más bien, si se convierte en verbo el sustantivo tránsfuga, que acertadamente define a quien no abandona el cargo cuando abandona el partido por el que resultó elegido- pone de excusas la concertación o transversalidad kirchneriana.
Otra paradoja (y van). En noviembre, Mendía desbarató el acuerdo que el legislador Roberto Palina y el dirigente Ariel García habían tejido con Recrear y con Ciudadanos Independientes. Curiosamente, por considerar que ese entramado era funcional al oficialismo, al que ahora él se sumó.
Y Usandivaras argumenta que se va porque prefiere el proyecto de Néstor Kirchner -representado por Alperovich, claro-, antes que la intentona de que la UCR pueda apoyar el próximo año la candidatura de ese economista duhaldista: Roberto Lavagna. Habría que pedirle al edil que esfuerce más su ingenio porque, si esa fuera la verdadera razón, jamás podría pasarse al equipo de José, porque, a fines de 2002, cuando la desnutrición hacía estragos en la provincia, como muy buen anfitrión, Alperovich alojó en su casa durante más de 40 días a la esposa del propio Eduardo Duhalde, Hilda González, por entonces primera dama que piloteaba en Tucumán el plan Rescate.
El MID, ese hijo desarrollista e industrioso que le salió al radicalismo allá durante los años 50, sigue fiel al viejo tronco en eso de parir dirigentes que, a la primera de cambios, emigran hacia donde enceguece el poder, principalmente peronista. Basta recordar el caso de Carlos Gallardo, candidato a legislador por un sublema radical -el que encabezaron Alperovich y Courel- en 1995 y por otro que apoyaba la postulación a gobernador de Esteban Jerez, en 2003, cuando compitió contra Alperovich. Hoy es asesor, con rango de subsecretario, de este último.
¿Qué cara pondrían Sabbatini y Lebensohn si vieran dónde terminaron sus retoños radicales?







